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Corazón de Campeón: épica victoria de la Scaloneta ante Egipto

Corazón de Campeón: épica victoria de la Scaloneta ante Egipto

Llorá, gritá, cantá, abrazate con el del lado, llamá a tus amigos, andá a festejar todo el día. Ni en la cancha sabemos por dónde arrancar. La resiliencia no se compra en una farmacia ni se pide por comercio electrónico. La épica tampoco es algo que se enseña. Se vive. Argentina vive el partido. Lo sufre, lo vive, lo pelea y no se da nunca por vencida. Le venía todo torcido otra vez y esa la eliminación llegaba con el plus de una despedida opaca de Messi. Pero nunca hay que subestimar al 10. Nunca hay que creer que no está en un buen día. Nunca hay que pensar que ya no da más.La Scaloneta dio vuelta un partido impresionante y a diez minutos del final, le metió tres goles a Egipto para seguir bien vivito y coleando. A aflojar las tensiones, a sacarse de encima los nervios que tenemos todos. Si quieren sacar al campeón del mundo de la Copa del Mundo, van a tener que hacer mucho más. Y se viene Suiza en cuartos de final.

El efecto Cabo Verde parecía que había durado más de la cuenta. Egipto se imaginaba que ese final podría seguir dando vueltas por la cabeza y buscó de entrada pelearle a la Selección la posesión de la pelota. Con Ashour recostado sobre izquierda buscando el uno contra uno con Molina, con Rabia manejando la pelota y mostrando cuál iba a ser la búsqueda: centros cruzados desde bien afuera. Y así llegó el sacudón del gol cuando Lisandro, que la había roto toda en el partido anterior, perdiendo la marca de Ibrahim.

Argentina, gran mérito, no se desordenó. Mac Allister jugaba su mejor partido, Paredes dirigía la historia, De Paul se adueñaba de la banda y Enzo hacía su mejor pase en cortada en el Mundial para que Tagliafico sorprendiera y llegara el penal que marcó gran parte de la historia.

Porque fue más allá de que Messi no lo hiciera, el tema es que a partir de ahí, el arquero egipcio tomó una dimensión inesperada. Porque la Scaloneta no se derrumbo ni anímica ni futbolísticamente y así llegaron las mejoras llegadas colectivas en la Copa del Mundo. Combinación entre De Paul y un cabezazo de Alexis a quemarropa pero a las manos. Otro encuentro entre Taglia y Julián que Shoubir volvía a tapar. Tiro libre del 10 en el palo y la sensación de que el gol debía llegar.

La ansiedad es enemiga de la paciencia. No hay vuelta. Y Argentina comenzó a tomarse menos tiempo que antes para pensar y Egipto ya no necesitó de salvadas providenciales sino de aguantar en bloque atrás y apostar a una contra.

La velocidad y precisión de Hassan fueron un dolor infernal para un Molina que pagó una y otra vez. Un foul a Lisandro en ataque le dio una vida a la Selección cuando el VAR volvió atrás lo que era en ese momento el segundo gol de Egipto.

Parecía un guiño para el equipo que no podría aprovechar cuando un par de minutos después, Salah arrancaba una contra perfecta desde casi su área, Molina no lo anticiparía y armarían un jugadón para que Hassan, esta vez sí, pudiera gritarlo sin que se lo anularan.

¿Hay tiempo? ¿No hay tiempo? Messi se empecinaba en ponerse la capa de Superman y chocaba. Pero él sabía, en su interior, que le quedaba algo de resto.

El 10 se acomodó la cinta y aceleró como en los viejos nuevos tiempos metiendo una asistencia a Lautaro que se iba cerca. En esa jugada, había gambeteado a dos a la velocidad de Leo hace diez años. En dos minutos había hecho más que toda la noche. Faltaba, faltaba un poco más.

Cuando se despida de un Mundial, será con la frente bien alta, jugando como juegan los grandes. No quería irse así con el sabor agridulce y no se fue. La pidió una vez más, la midió una vez más y su mérito mayor es que no se quedó con el centro para Lautaro. Fue a buscar la segunda pelota con esa intuición que lo diferencia. El zurdazo de volea todavía está moviendo la red. Un gol más, un golazo más, un récord más…

El alma volvía al cuerpo y Argentina aceleró sintiendo que podía liquidarlo. Arriesgando como arriesgó, con Paredes cortando uno de esos ataque que valen tanto o más que un gol. El palo y palo era un apuesta que un campeón del mundo a veces debe asumir. En definitiva, el riesgo es optimismo.

Julián Alvarez entonces decidió frenar él a Salah en la puerta del área. Le robó la pelota nada menos que al crack como si fuera el Cuti y se la jugó larga a Lautaro. Cuando el Toro no cortó la trayectoria hacia adentro y se le abrió mucho hacia la derecha dio la sensación de que no concluiría en nada. Pero a falta de goles, se puso la ropa de asistidor. Y Enzo, que andaba medio fuera del radar en el Mundial, creyó y lo acompañó. Creyó en él y fue a buscar el centro para el cabezazo de su vida con el hilo de aire que le quedaba.

Argentina lo había hecho de nuevo. Otra vez, la historia lo daba por muerto y esa resiliencia innata afloraba en la piel Messi lloraba, Scaloni lloraba, todos lloraban. Los de adentro, los de afuera. Los de Atlanta, los de Argentina. No era la despedida de nadie. No era como el triunfo sobre Cabo Verde. No era sólo la actitud ganadora del gen argentino. No era sólo Leo. Era el Cuti Romero (¿el mejor central del mundo?), eran todos y cada uno que no se siente vencidos ni aún vencidos. Era el día en el que el equipo haría enorgullecer de nuevo a todo un país. Era el día de la épica de un Scaloneta que deja la piel para seguir defendiendo su corona.

Diego Macias/Enviado Especial de Olé

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