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Ramón Navarro, el legendario folclorista argentino, cumple 90 años

Navarro compuso La Chayita del Vidalero e integró Los Cantores de Quilla Huasi.

Rayos, truenos y centellas retumban en el octavo piso del edificio de la calle Arenales, donde Ramón Navarro –gloria del folklore nacional- atraviesa sus días de hoy. La semana presagia tormentas bravas, pero él, incólume ante el clima hostil, ajusta detalles en torno a una fecha clave: este jueves cumple 90 años. Pensaba festejarlo en La Rioja, porque justamente la fecha coincide con el casamiento de una sobrina, pero ciertos mareos que sufre desde los 85 le hicieron cambiar de parecer. “Lo voy a festejar entre música y familia, rodeado de gente que escribe, sueña y piensa… mi hija Cecilia, que es artesana; mi nieto ‘Monchi’, director de la Orquesta Angelelli; Fernando Rabih, gran músico, en fin, jóvenes que seguramente son mejores de lo que éramos nosotros a esa edad”, sostiene ante PáginaI12, quien creó perlas telúricas que habitan el acervo criollo. Basta recordar entre ellas “Mi pueblo azul”, “A Don Rosa Toledo”, “Chayita del vidalero”, “Leopoldo Silencio” y “Coplas del valle”.

Y no solo. Ramón Navarro –urge recordarlo en estos tiempos de memorias lábiles y olvidos fáciles- fue la  voz solista que le puso canto y alma a la obra conceptual Los Caudillos de Félix Luna y Ariel Ramírez, en 1965. Fue también uno de los Cantores de Quilla Huasi. Fue uno de los que en 1985 dio luz a la formidable Cantata Riojana –el otro fue el poeta Héctor David Gatica- que juntó a la quintaesencia del folklore de la provincia, corporizada en su hijo Ramón, “Chito” Zeballos, Pancho Cabral, “Colacho” Brizuela, y Luis Chazarreta, entre otros. Y fue quien entregó, como solista, discos clave del norte profundo. Entre ellos, Homenaje a la tierra, donde el mencionado Ramírez y Domingo Cura lo acompañaron. Arraigo, en dúo con su hijo Ramón. Y Tributo a Ariel Ferraro que, además de Navarro hijo, contó con la participación de su hermano Lucio, fundador del grupo Huerque Mapu.

“Para cualquiera que llegue a los 90, bueno, significa un número ¿no?, no solamente para mí. Y si me preguntan cómo me siento, digo que bien. A veces tengo algún mareo, alguna flojera, pero es algo más físico que de la cabeza. Puedo razonar, sobre todo cuando hablo de música. Y si me preguntan qué es la música para mí, hoy, contesto que ella ya no es para divertirme, sino para emocionarme. Si la canción que escucho no me mueve las pestañas, no pasa nada”, afirma Ramón. “He llegado a la conclusión que mi vida, a pesar de acontecimientos fulerísimos que he tenido que atravesar y que prefiero no contar, ha sido buena. La balanza da que he sido un tipo feliz”. Como se ve, casi no hace falta empujar con preguntas para que el compositor, cantor e intérprete nacido en el bello paraje riojano de Chuquis, el 14 de marzo de 1934, se interne en su historia. “Cuento mi vida así, como una nebulosa, porque la viví con mucha intensidad…he andado siempre por andariveles difíciles”.

-¿Cómo arrancó esa vida tan intensa, entonces?

Cuando me enamoré de las guitarras y la chaya, en mi pueblo de Chuquis. Al verme entusiasmado con eso, producto en buena parte de la admiración que tenía por referentes como José Oyola, los hermanos Albarracín y el cantante Antonio Benítez, recuerdo que mi padre, odontólogo, me decía «hacé lo que quieras, pero tené un título de algo, porque la música no es fácil». Luego me vine a La Plata a estudiar Agronomía, porque pensé que esta disciplina tenía una relación más directa con el campo, las vacas, el folklore y las lechuzas (risas). Pero después vi que no era tan así, y me decidí por abogacía. En eso, cuando andaba por el segundo año de la carrera, me nació “Chayita del Vidalero”. Me cayó un día del año ’53, porque me moría de nostalgia por mi pueblo. Recuerdo que la tuve que repetir varias veces porque, claro, yo no sabía escribir música.

No solo aquella chayita que se convertiría luego en un clásico del folklore argentino, sino también “Vidala del Chango” –otra de sus composiciones primigenias- lo acompañaron durante los momentos bravos que atravesó en el servicio militar –justo le tocó en 1955-. Ambas piezas acreditaron su condición de músico compositor, cuando se mudó a Venezuela, luego de casarse con su primera mujer, a fines de la década del ’50. “No se conocía nuestro folklore en Venezuela. Sí a Gardel… hablar de él era hablar de Dios. Pero yo no era ni Gardel ni Gardelito”, ríe fuerte Navarro que, de todas formas, se las arregló para realizar algunas actuaciones en la Tv venezolana, con guitarristas prestados por un amigo. “No más pasó que eso, y me volví”.

-¿Y qué hiciste al retorno?

Además de mi labor en SADAIC quise cantar en el Cosquín del ’65, pero no pude.

Sin embargo, el riojano estuvo allí como espectador, y le tocó presenciar uno de los más imborrables momentos de la historia del festival: la secuencia en que Jorge Cafrune hizo debutar a Mercedes Sosa en la Próspero Molina, pese a la resistencia de los organizadores. “No la querían dejar actuar a Mercedes ¡qué perspectiva la de los organizadores!”, ríe otra vez, Navarro. “Cafrune, que era generoso y buena persona, le dio un lugarcito a ella durante su recital y le pasó la guitarra, pero como Mercedes no sabía tocarla, terminó tocando el bombo. La ovación cuando terminó de cantar ´Canción del derrumbe indio` fue tremenda, inolvidable. Ya se veía que su voz era imposible de igualar”.

-¿Y la tuya?

(risas) Bueno, la mía estaba cerca de ser la de Los caudillos, la obra de Ariel Ramírez y Félix Luna. Cuando la estrenamos nos dieron con un hacha, lamentablemente, porque le cantamos a los caudillos en sus momentos finales. Era como una elegía, una cantata épica ¿no? Pero algunos la tomaron como un elogio a ellos, cosa que de todas formas sigo pensando. Yo soy un tipo que piensa en La Rioja, y piensa en Felipe Varela, en Facundo Quiroga, en el “Chacho” Peñaloza. Tengo desde chango esa impresión del federalismo, esas ganas de que el país sea federal siempre. No solamente desde lo que dice la Constitución, sino de verdad.

-Problemática actual si las hay…

Por supuesto. Hay provincias que no se pueden abastecer solitas, como se pretende. Yo, como soy un animal político además de musical, estoy muy atento a lo que está pasando. Y sobre todo muy preocupado, porque en vez de ir para adelante, estamos yendo para atrás. Siempre he pensado que la voz del pueblo, la voz de los necesitados, son las voces que hay que oír… hay mucha gente que está pasándola mal.

-¿En qué radica puntualmente la preocupación de la que hablás?

En que no veo un camino claro. No sé. Tal vez, el encierro de la pandemia nos alteró… nos hemos puesto muy expectantes y dudosos. Hay que pensar en las personas a las que les sobra el mes. El Estado tiene que hacer cosas por ellas, porque quienes están bien no tienen dificultades. Ojalá pase pronto.

Retomando la trama histórica que lo habita, otro momento que Navarro detecta como cardinal en su vida es la gira por España y Francia que hizo junto a Atahualpa Yupanqui, no bien se integró a Los Cantores de Quilla Huasi, a principios de la década del setenta. “Atahualpa tuvo la delicadeza de tocar primero que nosotros, y presentarnos como número principal. Era un tipo muy valiente, él, y muy querido. Lo paraba la gente por las calles de España y de Francia, para pedirle autógrafos”, evoca.

La experiencia de los Quilla Huasi en Europa con Navarro como una de las voces (así fue entre 1970 y 1981) quedó registrada en el disco Le Chants D´Argentine Le Chant du monde, publicado en la Argentina por el sello Columbia, en 1973. “Fuimos, creo, el único conjunto folklórico que tocó en Hong Kong, donde además enseñamos al público qué era el charango, o cómo se tocaban el bombo y la caja chayera. Una chica traducía qué significaba la chaya, y los chistes de Oscar Valles (otro de los cantores) hacía reír a la gente. Nos hermanaba la música porque, aunque no entiendas la letra, ella emociona igual.

Cristian Vitale/Página 12-Espectáculos

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