Freddie De Tommaso, un tenor a la antigua, deslumbró en el Colón

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La última fecha del Ciclo Aura marcó el debut local del tenor británico-italiano Freddie De Tommaso, un cantante que, con 33 años, viene afianzándose en los escenarios líricos y de conciertos del mundo gracias a una combinación infrecuente de una figura juvenil y una voz madura de tenor lírico-spinto.

En entrevistas, De Tommaso se ha declarado admirador de los tenores a la vieja usanza, y de hecho todo en su figura parece afirmarlo, desde una postura rígidamente erguida hasta la estética de sus fotografías oficiales. Desde su primera intervención, Recondita armonia de Tosca, De Tommaso dejó escuchar un instrumento prodigioso, de gran caudal y squillo (término italiano que refiere a un determinado sonido vocal), que maneja con técnica sólida. Dentro de la primera mitad del programa, que sufrió cambios en el orden original (por la supresión del dúo de CioCio-San y Pinkerton de Madama Butterfly), su desempeño fue algo desparejo, en especial por una versión “italianizada” de la delicadísima aria de la flor de Carmen (“La fleur que tu m’avais jetée”). Aunque, tal como se afirmó, su material es excepcional, cierta tendencia fatigosa al portamento y algunas notas no perfectamente afinadas deslucieron el producto final.

La soprano estadounidense Nadine Sierra, ya bien conocida y amada por el público local, fue, más que una artista invitada, un elemento indispensable a la hora de aportar brillo, vitalidad y un manejo descontracturado de la escena, algo que claramente es uno de los puntos débiles del debutante tenor. El cambio en el orden del programa la llevó a entrar en calor con Un bel dì vedremo, que cantó con iguales dosis de inteligencia y autenticidad. Su excepcional manejo de los recursos hace que ni aún en un repertorio que le es ajeno (como el caso de Butterfly o, más adelante, Andrea Chénier) despilfarre esfuerzos ni se exija más allá de su límite, resolviendo los desafíos con una calidad artística y técnica del más alto nivel.

La segunda parte, con un repertorio más pesado, mostró lo mejor de De Tommaso: su versión de Nessun dorma (Turandot) fue convincente, al igual que Ah, sì, ben mio / Di quella pira (Trovatore). El final estuvo reservado al dúo de Maddalena di Coigny y Andrea Chénier, de la ópera homónima de Giordano. Como se dijo, el atractivo principal del concierto era (más que un repertorio exquisito o inusual) el encuentro y la celebración de dos voces extraordinarias. A juzgar por las ovaciones que de principio a fin se ofrecieron con fervor a los artistas, puede decirse que nadie salió defraudado.

Margarita Pollini/Especial para Clarín

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