La directora española Helena Pimenta presenta Esperando a Godot en el Alvear

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Helena Pimenta sigue tomando notas en libretitas y muestra algunos apuntes con bella caligrafía. Dice que el ritmo del trazo la ayuda a pensar y recuerda que su colega Juan Mayorga tiene la misma costumbre. Con la misma paciencia que se necesita para escribir con lapicera, la directora y dramaturga española busca la respuesta justa ante cada pregunta sobre el proyecto que la trajo nuevamente a Buenos Aires, después de su recordada puesta de La vida es sueño en 2013 en el Teatro San Martín. La obra que la convoca esta vez es nada menos que Esperando a Godot, de Samuel Beckett, que acaba de subir a escena en el Teatro Alvear, con protagónicos de Luis Ziembrowski y Daniel Aráoz.

Pimenta tiene una trayectoria que incluye más de cincuenta espectáculos, fue la primera mujer en liderar la Compañía Nacional de Teatro Clásico en su país y es una de las principales referentes en el trabajo con plumas clásicas: por su tamiz pasaron autores como Shakespeare, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Valle-Inclán, Molière, Beckett, Ionesco y otros más contemporáneos como Enzo Cormann, Claudio Magris o el citado Mayorga; además, montó varios textos de su autoría. Sentada frente al enorme ventanal del primer piso del Alvear, sus palabras suenan con eco de fondo en el salón vacío: “Yo tengo una vocación tardía en el teatro porque estudié filología inglesa y francesa, tenía mi plaza como profesora en Rentería y me fui allá para trabajar. Era un momento muy intenso en la educación, se habían incorporado muchos profesores jóvenes y todos queríamos cambiar el mundo con la enseñanza”.

En aquellos años el teatro fue para Helena un instrumento de enseñanza: montó con sus alumnos un Molière y un Beckett. “Es una edad de grandes preguntas existenciales: por qué estamos en el mundo, qué pasa con la violencia en el País Vasco. Eran unos muchachos muy comprometidos socialmente y decidí hacer Beckett con el grupo que mejor hablaba, que era de chicas. Hicimos la obra completa en idioma original y fue un proyecto maravilloso, tuvimos ayuda de varios equipos teatrales y compañías del norte de Europa; ellos nos daban su aporte y nosotros estábamos muy abiertos”. Aquel montaje recibió el Premio Nacional a la Innovación Educativa: esa fue la primera señal.

“Apareció la vocación y comprendí que ya no podía compaginar la educación con el teatro”, confiesa la directora, que optó por renunciar y hacer una apuesta personal fuerte. “Si no me arriesgaba, nunca iba a aprender a dirigir. Fue difícil pero nunca me he arrepentido”, explica. En aquel momento Pimenta leyó la obra de una manera pero con el tiempo esa lectura fue enriqueciéndose con nuevas experiencias: “Yo era muy joven y los alumnos también. La cercanía a Beckett establecía un diálogo para comprendernos como individuos desde un lugar muy vital; ahora el peso del discurso es mayor y creo que duele más. No era tan consciente de lo que significaba esa obra en profundidad y ahora sí, pero siempre quedó ese rasgo vitalista y esperanzado para lograr un encuentro a través del teatro”.

–¿Cómo fue el trabajo con los actores argentinos?

–Siempre he admirado la actuación de los actores y las actrices argentinos, tengo una querencia. Veo muchas películas y teatro: he venido aquí en varias ocasiones y también los he visto en España. En este caso, el encuentro fue en la intimidad de una sala de ensayo, me ha sorprendido para bien la pasión, la intensidad. Nos hemos estado batiendo unos con otros y es muy fascinante. En el Siglo de Oro español el teatro era magia: la gente aceptaba ver en el escenario una situación y con dos elementos se construía la convención. Detecto esto en el público y en los actores argentinos. Es fascinante y no es tan fácil encontrarlo.

–¿Cómo se abordan textos escritos hace tantos años pensando en el público actual? Siempre se destaca que sos muy fiel al original, pero no dejás de ser audaz en tus abordajes.

–Al estudiar filología tengo cierta tendencia a estudiar la palabra muy a fondo desde muchos puntos de vista: literario, sintáctico, fonético. Si el autor ha puesto ese texto y no otro, se trata de una elección consciente, son textos muy depurados. Se elige una palabra y no otra, se construye una imagen, una metáfora particular. Me resulta difícil prescindir del aporte del autor y por eso tengo un enorme respeto. A la vez, he sentido que tengo permiso para ir más a fondo y desafiar los textos, podemos ser atrevidos y dialogar con ellos. Esa mezcla de respeto y atrevimiento unida al lenguaje teatral me permite ir hacia otras zonas. Me gusta mucho el trabajo con el cuerpo y soy muy fan de la danza.

Cuando montó La vida es sueño, Pimenta comentaba que durante el proceso creativo rondaba una pregunta: ¿quién escribe nuestras vidas? En el caso de Esperando a Godot, ella dice que aparecieron muchas. “Una de las preguntas que se hace el hombre contemporáneo es si estamos despiertos o estamos soñando. A veces lo que nos rodea es tan incierto, tan ajeno y tan violento que parece antinatural. Esta es una inquietud de época y el personaje de Vladimir la hace al final de la obra. Esa duda permanente sobre el tiempo y el espacio es propia de la actualidad. Cuando lo que nos rodea es violento, tenemos dificultad para reconocernos como identidad, como personitas, como sociedad”.

¿Estamos solos o acompañados? Esa es, según la directora, otra pregunta central de la obra y se anima a esbozar una respuesta: “Somos seres colectivos; la soledad es relativa. El ser humano siempre podrá tener a otro para que lo acompañe, obligatoriamente debemos mirar a los otros porque esa es nuestra esencia”. ¿Qué esperamos? Ese es otro interrogante y Pimenta advierte que “es un peligro esperar cosas que nos ocupan la vida sin cuestionarlo” porque ”podemos esperar algo absurdo que nos impide protagonizar nuestra propia vida”.

Vladimir y Estragón son protagonistas pero por momentos parecen personajes secundarios (sus nombres ni siquiera fueron contemplados en el título). Esperando a Godot tiene mucho humor y la directora intenta no perder de vista esa ironía. “Al principio se leía esta obra desde un punto de vista existencial y muy dramático; a medida que nos distanciamos podemos ver con toda claridad el papel del payaso, un artista popular muy admirado por Beckett. En el error del payaso está nuestra propia vida. Nos reímos porque reconocemos nuestra gran dificultad para ser libres. El lenguaje que plantea Beckett es brutal porque exige ir a las profundidades y, de repente, salir a la superficie”.

La artista aclara que no se trata de un payaso silencioso sino de uno que razona y dice cosas terribles todo el tiempo; para trabajarlo se inspiraron en algunas reflexiones de la filósofa española María Zambrano, “ese payaso que refleja el agujero de la condición humana”. Por otra parte, adelanta que no será una versión juvenil porque el casting contempló actores maduros más cercanos a la edad que había imaginado Beckett para sus personajes. “Todo el tiempo vamos a lo esencial y decimos ‘menos, menos’. Beckett es capaz de contarnos con gran sentido el sinsentido de la vida. No es absurdo, tiene una lógica pero hay que escarbar todo el tiempo para encontrarla. El texto está plagado de sentidos”, reflexiona Pimenta, y celebra que en poco tiempo pudieron llegar a un material “muy humano y con mucha ternura”, algo verdaderamente necesario en estos tiempos.

  • Esperando a Godot se presenta de miércoles a sábados a las 20 y los domingos a las 19 en Teatro Alvear (Av. Corrientes 1659). Entradas por Ticketek.

Laura Gómez/Página 12-Espectáculos

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