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El pianista italiano Giovanni Guidi toca al Gato Barbieri gratis en el Coliseo

El pianista italiano Giovanni Guidi toca al Gato Barbieri gratis en el Coliseo

Nutrida en ese punto del conflicto donde el Tercer Mundo se subleva, la música de Leandro “Gato” Barbieri fue siempre un territorio ajeno a las formas de la complacencia. Trabajado desde de las fricciones entre el pulso europeo, la vanguardia neoyorquina y una personal manera de memoria sudamericana, el sonido del saxofonista representa el espíritu de una época en la que la música rebalsaba de sí misma para ser gesto político. Fuera de cualquier lógica de explotación nostálgica o arqueología comercial, el pianista italiano Giovanni Guidi decidió habitar ese legado en Ojos de Gato, un concierto que más que como homenaje a Barbieri se plantea como una estación de intercambio transatlántico entre las reverberaciones de su música.

El martes 30 a las 20 en el Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125), Guidi presentará Ojos de Gato al frente de un sexteto que se completa con Alessandro Presti en trompeta, Francesco Bearzatti en saxo, Joe Rehmer en contrabajo, Enrico Morello en batería y Simone Padovani en percusión. Con ellos estará como invitados Néstor Marconi en bandoneón, Ricardo Lew –colaborador directo en las agrupaciones de Barbieri durante la década del setenta– en guitarra y el saxo temperamental de Jorge Retamoza. Las entradas sin cargo se pueden retirar en las boleterías del teatro.

Crecido bajo el ala de Enrico Rava, Giovanni Guidi es uno de los pianistas creativos más interesantes del panorama europeo contemporáneo. Sus registros para el sello alemán ECM dan cuenta de una poética obsesionada por la economía del fraseo, el valor estructural del silencio y la tensión dramática de la armonía. Para Guidi, la brutalidad expresiva de Barbieri no constituye un objeto de estudio estético tanto como la posibilidad de una ética frente a la frecuente asepsia técnica que satura el circuito musical actual.

“Ojos de Gato surge de una necesidad profunda, casi física, de confrontarse con una voz que modificó las reglas del juego”, asegura el pianista en diálogo con Página/12. “No pretendía realizar un tributo museístico, una celebración nostálgica. Adentrarse en la herencia de Gato y en sus archivos equivalió a abrir una caja cargada de electricidad. Su figura está desde siempre en el trasfondo de mi formación, en gran parte debido a los relatos de Enrico Rava, que compartió con él escenarios e intuiciones históricas”, continua el pianista. “Habitar verdaderamente el universo de Barbieri significó comprender que su música más que notas es una toma de posición política, existencial y poética. En fin, un viaje fascinante y, por momentos, desestabilizador, porque su legado te obliga a una honestidad irreversible con vos mismo”, agrega Guidi.

–Entre el free jazz de los sesenta y su etapa cinematográfica o más comercial, ¿qué faceta de Barbieri destacás en la música elegida?

–No es posible priorizar una única dimensión, porque el verdadero Gato reside justamente en el cortocircuito entre esos mundos. Si tomás el free jazz, perdés la melodía; si tomás el latin jazz, corrés el riesgo del cliché. Nuestra prioridad es restituir esa tensión. Buscamos que en el concierto convivan la pulsión revolucionaria y la aspereza de los años sesenta compartida con Don Cherry, junto a ese lirismo cinematográfico, cálido y denso, que cautivó al mundo. Más que en un repertorio específico, la urgencia radica en su actitud: la idea de que la música es un flujo continuo donde la vanguardia y la tierra se tocan de frente.

–¿Cómo traducís el sonido desgarrado del saxo tenor de Barbieri a las posibilidades del piano?

–Ese fue el desafío más estimulante de este proyecto. El piano es un instrumento percusivo, geométrico, mientras que el saxo del Gato era carne, aliento, un grito ininterrumpido. Por eso no intenté imitar lo imposible. Busqué, en cambio, traducir esa expresividad trabajando sobre el peso de las notas, sobre las dinámicas y, fundamentalmente, sobre el espacio. En el piano es posible evocar ese volcán no necesariamente tocando fuerte, sino interviniendo la resonancia. Al ensamble intenté transmitirle la premisa de que nadie debe “acompañar”: cada uno debe utilizar su propio instrumento para empujar el sonido más allá de su límite físico, persiguiendo esa misma densidad emocional.

–¿Por qué te pareció interesante regresar al sonido de Barbieri?

–Porque hoy hemos caído en una trampa. Existe una obsesión geométrica por el control, por el concierto impecable ejecutado por músicos de una solvencia académica extraordinaria pero que, a veces, carecen de sangre. Regresar al Gato hoy es un acto de legítima defensa. Él nos recuerda que la música debe doler, debe conmover, debe perturbar y amparar al mismo tiempo. Su “honestidad brutal” funciona como un recordatorio categórico: el jazz no es un ejercicio de estilo para intelectuales, sino un grito de libertad. Necesitamos de su desgarro para recordar qué significa ser humanos e imperfectos, pero estar vivos.

–¿Qué vigencia tiene hoy su idea de la música como un territorio mestizo y sin fronteras?

–Su vigencia es absoluta, sobre todo hoy que el mundo parece empeñado en levantar muros por todas partes. El Gato demostró que las raíces no son una prisión, sino que son alas. Tomó la tradición argentina y la arrojó al fuego de Nueva York y a la fluidez europea, configurando un lenguaje que no dependía de un pasaporte, sino de la condición humana. Hacer música bajo esa óptica hoy implica rechazar las etiquetas de los algoritmos y del mercado. Entender la música como un territorio mestizo exige comprender que la identidad se construye siempre en el encuentro con el otro, jamás en el aislamiento. Es una lección política, además de musical.

–¿En qué aspectos del jazz contemporáneo se siente más la ausencia de esa visceralidad?

–Siento la ausencia de ese “grito primordial” principalmente en la falta de riesgo. A menudo, cuando escucho el jazz contemporáneo, percibo que todo es demasiado previsible, demasiado “educado”. Se ha perdido la dimensión salvaje, esa capacidad de subir al escenario sin saber con exactitud dónde se va a terminar, dispuestos incluso al fracaso con tal de rozar una verdad profunda. Nos hace falta ese lirismo que no le tiene miedo a ser romántico, y esa ferocidad que no teme resultar incómoda. El Gato no buscaba complacer al público ni a la crítica; perseguía el núcleo de su propia alma. Esa ausencia de cálculo, esa entrega total y visceral al “aquí y ahora” es lo que más extraño hoy y lo que con este proyecto intentamos recuperar.

Santiago Giordano/Página 12-Espectáculos

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