
El 25 de abril de 1926, en la Scala de Milán se estrenaba Turandot, el último e incompleto esfuerzo lírico de Giacomo Puccini, cuya última escena terminaría Franco Alfano. Dos meses después, el 25 de junio, el drama del compositor italiano ya entrado en la leyenda llegó a Buenos Aires, protagonizado por la inolvidable Claudia Muzzio. A un siglo de todo aquello, en un mundo que cambió mucho más de lo que cambiaron la ópera y su público, Turandot se pondrá en escena en el Teatro Avenida, con un elenco de cantantes encabezado por quien se convertirá en la primera soprano trans de la historia de la lírica nacional en asumir el complejo papel de la gélida princesa de Oriente: María Castillo de Lima.
Este viernes a las 20 –con reposición el sábado 27 y el 4 de julio–, el clásico pucciniano regresará a las carteleras porteñas en una ambiciosa propuesta impulsada por la compañía Clásica del Sur y Sol Producciones, que contará con la dirección musical de César Tello y la dirección de escena de Gabriel Villalba. El tenor Fabricio Gori como el príncipe Calaf y la soprano Eugenia Coronel Bugnon como Liù, completarán el triángulo protagonista de una historia de amor, enigmas y redención que se desarrolla en la “Ciudad Prohibida”, en una Pekín de leyenda.
María Castillo de Lima tiene 40 años y una larga trayectoria en los escenarios de la lírica. En 2008 ingresó por concurso como tenor al Coro Estable del Teatro Argentino de La Plata y en 2010 superó las pruebas para entrar, en la misma cuerda, en el Teatro Colón. En la actualidad, tras consolidar su cambio de identidad de género en 2014, Castillo de Lima es soprano en el Coro Estable del Colón. En esa transición, la cantante reinventó por completo su voz mediante un intenso entrenamiento técnico que la llevó, por registro y temperamento, a convertirse en una soprano dramática, desafiando los cánones de la lírica. En 2015, por ejemplo, sorprendió en el prestigioso concurso Montserrat Caballé en España, donde se presentó como soprano, interpretando justamente fragmentos de Turandot. Hoy, con una madurez vocal e intelectual consolidada, asume el desafío de un rol clásico, sostenida por el éxito de Kassandra, la ópera de cámara de Pablo Ortiz y Sergio Blanco que estrenó en 2024 en el CETC, con la que más tarde fue aplaudida en Grecia.
– ¿Cómo se desarrolló la preparación de un personaje temido por su exigencia vocal y dramática como la princesa Turandot?
– Es un rol que me acompaña desde que escuché a María Callas en un disco, como quien escucha la música de un cuento lejano y misterioso. Más concretamente mi historia con este papel empezó en 2015, cuando viajé a España para el concurso Montserrat Caballé. Habían pasado apenas dos años de la Ley de Identidad de Género y uno de la consolidación de mi cambio registral y me presenté con mis documentos nuevos como soprano. Había mucha expectativa por la “rareza” del caso. Pero en la ópera lo que vale es el vivo y cuando me escucharon cantar muchos quedaron impactados por cómo encaraba los sonidos. Yo tenía 30 años y hoy entiendo que era temprano, porque para abordar personajes dramáticamente tan exigentes necesitás el dominio técnico y la paz mental que solo te dan los años. Hoy, a los 40, siento que tengo esa solidez y la prestancia para resistir una orquesta gigante como la de Puccini. Para esto, el entrenamiento diario con mis maestras, Graciela Alperyn y Alicia Ceccotti, resultó fundamental para llegar a este nivel.
– Estrenaste Kassandra, una ópera que fue de alguna manera escrita para vos. Turandot, en cambio, es un clásico, con una infinidad de versiones de referencia. ¿Cuáles son las que te ayudaron a construir tu mirada del personaje?
– Mis grandes referentes históricos son Birgit Nilsson y Ghena Dimitrova, pero mi mayor escuela fue la cercanía en el escenario. En 2019, como parte del Coro Estable del Teatro Colón, compartí la producción de Turandot con la legendaria soprano María Guleghina. Una cosa es escuchar un disco y otra es ver a una princesa Turandot real a centímetros tuyo. Ahí entendés cómo se balancean los elementos en tiempo real. Con Guleghina entablamos una amistad hermosa y ella misma me escuchó cantar el aria en el camarín después de la última función. Se pegó una sorpresa impresionante, me dio recomendaciones clave y su apoyo absoluto fue el detonante definitivo para que yo me animara a dar este salto.
– ¿Qué sentís que le aporta María Castillo de Lima, desde su experiencia de vida y su transición, al personaje de Turandot?
– El enfoque dramático que trabajamos con el regisseur Gabriel Villalba busca mover masas enormes de coro de forma armónica pero apuntando a la verdad actoral. Y ahí encontramos el gran punto de encuentro con mi historia: la transformación del personaje. En la ópera hay roles lineales, como Liù, que es esclava, buena y entregada al amor de principio a fin. Turandot, en cambio, vive una transición profunda de su personalidad. Ella arranca blindada en una frialdad extrema que responde a un mandato familiar. El verdadero desafío del rol, y donde mi propia vida resuena con fuerza, es mostrar cómo esa coraza de hielo inicial se va rompiendo internamente cuando ella decide rebelarse a ese mandato y se permite, por fin, sentir amor, algo que nunca había ni siquiera imaginado. Y el amor la transforma. Yo también me transformé por amor, porque un cambio de género no es solamente una cuestión de snobismo o de moda, sino que nace desde lo más profundo. Es amar ese cambio y poder llevarlo a cabo a pesar de todas las dificultades, a pesar de todo lo que la sociedad humana global todavía no entiende de las personas que llevamos a cabo este tipo de elección de vida. Y bueno, Turandot también hace su elección de vida.
– Cuando Turandot jura que jamás pertenecerá a ningún hombre, lo hace para protegerse. Siente miedo. ¿Hay un reflejo de ese miedo en tu vida personal, en tu elección y en tu propia transición?
– El miedo es una fuerza humana y en procesos de tanta exposición y transformación es inevitable sentirlo. Sin embargo no puede ser un freno; tiene que ser el motor para romper el cascarón. Así como Turandot se protege detrás de su frialdad por temor a ser vulnerable, muchas veces las personas transitamos realidades complejas donde el miedo a la mirada del otro o al prejuicio te empuja a armarte una coraza. El secreto, tanto en la vida como en el escenario, es encontrar el coraje para resquebrajar esa estructura. En esta puesta, el quiebre de Turandot no es una debilidad, es su mayor acto de valentía, y eso es algo que entiendo perfectamente desde mi propia historia.
– Después de romper el hielo con este hito absoluto que significa Turandot, ¿qué otros personajes de la lírica te gustaría encarnar en el futuro?
– Hay grandes heroínas del repertorio de soprano dramática y del verismo italiano que me fascinan y siento que van en sintonía con la madurez vocal que vengo desarrollando. Me encantaría ponerme en la piel de Tosca, otro personaje pucciniano de una fuerza dramática y una pasión arrolladora. También me atrae muchísimo el desafío de Norma, de Bellini, que requiere una pureza de línea y un control técnico absoluto, o la complejidad psicológica de Lady Macbeth de Verdi. Son roles de mujeres fuertes, complejas, que exigen entregarlo todo en el escenario, y hacia allá apunta mi camino.
Santiago Giordano/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón