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Iñaki Urlezaga regresa para hacer dos funciones de El Último Aplauso en el Ópera

Iñaki Urlezaga regresa para hacer dos funciones de El Último Aplauso en el Ópera

Su especialidad es el tiramisú. No es chef, pero se defiende en la cocina. “Se hace batiendo yema de huevos crudos, y ahora hay que tener cuidado con la salmonella”, dice, con preocupación, Iñaki Urlezaga, un virtuoso, aunque no de la repostería, sino de la danza. A pesar de haberse retirado de los escenarios hace ocho años, volverá a subirse a uno el 26 y 27 de septiembre con el espectáculo El último aplauso. Será en el teatro Opera en dos únicas funciones.

No tiene la receta de una vida perfecta. El dolor de rodilla, causado por artrosis -consecuencia de una operación en la adolescenciao las terribles secuelas del grave accidente que sufrió en Inglaterra a los 25 años, cuando en un ensayo general de Giselle, la trampa de un escenario falló y él cayó de 6 metros de altura, no son los mejores ingredientes. Sin embargo, con las cartas que le tocaron en la vida, el excelso bailarín jugó su mejor partido. Y ganó con creces.

“Tuve una carrera muy hermosa. No perfecta, como la vida misma. Y la disfruté muchísimo”, asegura. Iñaki Urlezaga vive en La Plata, su ciudad natal. Aunque los períodos de asentamiento son pocos. Fue y es esencialmente nómade. Desde su retiro de los escenarios, continuó realizando trabajos coreográficos para compañías internacionales. Anduvo por Rusia, China, volvió y volvió a irse.

Se formó en el Instituto Superior de Arte del Colón, pero bailó poco en ese teatro. “Se dio así. Los últimos dos años de la escuela, por un convenio de intercambio, la Fundación del Colón me mandó a estudiar en Nueva York. Cuando volví, entré al Colón y estuve un año, pero mi cabeza era otra, había cambiado y muy pronto despegué de allí”, repasa.

Y con 18 años voló a Inglaterra. “Los primeros seis meses fueron de mucha angustia”, recuerda. Era muy chico y enfrentarse solo al mundo no le resultó fácil. Lo notaban sus compañeros y lo aconsejaban. “Probá con flores de Bach”, le sugirió uno. Pero pronto se adaptó y ya nada lo detuvo. Después de 10 años en el Royal Ballet, se fue a Amsterdam como Principal Guest Dancer del Dutch National Ballet, donde estuvo 5 años. Y más tarde, al mundo entero. El bailarín y coreógrafo internacionalmente reconocido se retiró de los escenarios en el 2018, aunque continuó coreografiando. Por eso, su regreso es noticia.

-¿Por qué volvés?

-Porque encontré un rol muy lindo para hacer, el del coreógrafo, que es lo que yo soy. El espectáculo plantea la complejidad de la danza. Se abre el telón y hay, de manera figurada, una sala de ballet, donde hay un coreógrafo, que soy yo, los bailarines, un pianista y un asistente. Muestra cómo se gesta una obra de ballet, para que después el público vea esa representación completa que se está preparando. Y a la vez ese espectáculo que se arma es para una bailarina que se despide de su carrera.

-Esa despedida, ¿se parece a la tuya?

-No, porque se trata de una mujer. La inspiración de esta obra, genuinamente, viene de Julieta Paul, la primera bailarina. Por supuesto, está la interpretación que yo hice de lo que hablé con ella, así que inexorablemente hay algo mío. En El último aplauso la bailarina se despide de un camarín. Y yo, al haber sido tan nómade, no me despedí de un mismo camarín en el que estuve toda la vida.

“Gracias a Dios que pude jubilarme antes de la pandemia”, declara Iñaki. Tiene 50 años y, aunque debajo de los escenarios, sigue en actividad. “Jubilarse” no parece la palabra más acertada, pero él nombra así a su retiro. Jubilarse en términos reales no lo ha hecho. “Creo que ni siquiera fui a buscar mi título de bailarín al teatro Colón. Y no aporté a ningún teatro. Ni nunca cobré aguinaldo… Soy un anárquico en ese sentido. No he hecho nada de forma convencional en mi carrera”, afirma.

“Pero de los escenarios me bajé porque ya no podía bailar más con la excelencia de antes”, confiesa. Hace ocho años creyó que se bajaba para siempre; pero ahora vuelve. “No vuelvo porque me hayan quedado cuentas pendientes ni porque extraño”, expresa convencido.

“Yo dejé porque a los 15 años tuve una microcirugía de rodilla, por una ruptura de meniscos, que me hice bailando en una función en el Colón. Y eso a los cuarenta y pico devino en artrosis. Sentado no me duele nada, pero si tengo que hacer las proezas exigentes del ballet ya no las puedo hacer”, reconoce. “Eso es lo que detuvo mi carrera. Primero ensayaba menos, para poder seguir rindiendo; pero cuando me di cuenta de que no podía seguir rindiendo con la exigencia que el público merecía, me retiré”, asegura.

Retiro y pandemia

¿Dónde vivía en el 2018, el año de su retiro? “En el mundo”, así responde, sin más. Nunca se dedicó a la docencia y casi no trabajó con niños; enseña “coreografiando”. “Me gusta contar historias, hablar de cosas, crear y vivir mundos, más que estar con alumnos e impartir ejercicios de danza”, asevera.

“La pandemia me hizo parar. Fue la primera vez que tuve un gran parate. Los bailarines clásicos con un alto nivel de exposición artística sólo descansamos arriba del avión, cuando vamos de un lado al otro. La pandemia me obligó a mirar el techo de mi casa”, repasa.

Casi nació bailando. “Empecé a bailar a los 3 años. Los bailarines, en general, no tenemos una vida previa. Es como que yo a los 8 años fui a la universidad. A los 17 ya era un profesional -el secundario lo rindió libre-. Y la danza te arrastra gran parte de tu vida. Por eso hay que estar lo más lúcido posible, porque cuando te jubilás, se siente dolor. Y yo no quiero anestesiar los dolores”, afirma.

-¿Hacés entrenamiento físico?

-Voy al gimnasio. Me obligo a ir. No me gusta nada… Me parece la cosa más absurda y menor que tiene la especie humana. Me aburre, me da tedio. Pero no quiero ir a un estudio de ballet, a eso no me atrevería, porque ya no es lo mismo. Tengo dolores físicos y padezco bailar. Y lo reemplazo con actividad física. Sí me gusta pilates.

-¿Tenés amigos en el medio?

-Mis afectos son la familia y amigos. Del medio, pocos. Soy sagitariano y soy bastante privado; no soy el sagitario típico que vive de fiesta en fiesta en el medio. Tengo muy poquitos amigos en la profesión y también pocos amigos fuera de la profesión. Soy un ser inquieto. Me decían que iba a ser ‘el próximo Julio Bocca’. Si yo hubiera sido igual a él, no estaría acá sentado hablando con vos. No hubiera llamado la atención. No hay nada más horrendo en la vida que ser la copia de alguien.

-¿Tenés vínculo con Julio Bocca?

-Poco. Siempre tuvimos agendas muy distintas. Tampoco somos de la misma generación. Los artistas somos muy individuales.

“Celebro que la educación del Colón siga siendo pública. No es gratuita, porque la pagamos con los impuestos, pero es de libre acceso, como fue para mí, que tuve la dicha de que mis padres me pudieron llevar”, dice. “Pero los recortes presupuestarios… Si le recortan a la UBA, qué le queda a la cultura. Encima a la cultura se la estigmatiza como algo frívolo o liviano. Cuando la cultura es parte del acervo nacional, lo que nos distingue”, proclama.

“Yo siempre he coreografiado las obras que he bailado. Y después, seguí coreografiando abajo del escenario”, dice. En eso está ahora. Con el plus de que volverá a subirse a un escenario con El último aplauso. Pero desde que se retiró en el 2018, descubrió que abajo del escenario, “la vida tiene otro ritmo”.

“Trabajás toda una vida para llegar a ser alguien. Sobre todo las personas que trascendimos el anonimato, para nosotros es más grande la zanahoria que se persigue durante la carrera y más mentirosa. Entonces, después de ser alguien tenés que poder llegar a ser vos mismo y ahí viene el gran aprendizaje de la vida”, reflexiona.

Se construyó una casa frente al mar, sobre un médano. “Me gusta la cultura, el teatro… Pero después me gusta estar en contacto con la naturaleza. En el futuro, me veo como El viejo y el mar, de Hemingway”, sueña. “El último aplauso es una obra de teatro bailada”, la define. “Es una obra muy gestual. Es un espectáculo de danza, con 17 personas en escena, pero tiene mucha teatralidad y humor”, insiste, aunque aclara que no hay texto hablado.

“Voy a hacer movimientos gráciles, pero no me voy a poner la calza”, avisa. “No es una vuelta a lo mismo. Yo ya recibí el aplauso final. No estoy volviendo por eso”, sentencia. “Bailar como me han visto bailar no lo van a ver. Mi cuerpo se mueve muy fácilmente, así que me voy a mover en el escenario”, anticipa quien se despidió con alivio y gratitud. Y la sensación de que se terminaba una etapa hermosa.

“Me dije a mí mismo: ‘Lindo camino has recorrido, muchacho´”, y cerró el telón. Le quedaron cosas por bailar, pero tuvo logros que ni siquiera había soñado. “Nada es del todo lo que uno quiere en la carrera, es parte de la vida”, agrega. “Bajarte del escenario es bajarte de un ego enorme”, asume. Ah, la receta del tiramisú, que tan rico le sale, se la pasó China Zorrilla.

María Ana Rago/Especial para Clarín

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