
“Hablo poco español, lo siento. Debería saber más”, lamenta Tony Levin al otro lado del zoom, desde su hogar en Nueva York, rodeado por sus instrumentos musicales y fotografías. La verdad es que si se lo propusiera podría dominarlo más de lo que lo rumea. No sólo porque la ciudad en la que habita el idioma de Cervantes y Bad Bunny es el segundo más empleado (el 30 por ciento de la población lo usa), sino también porque se pasó todo el mes de octubre de 1994 viviendo en Buenos Aires, junto a sus compañeros de King Crimson. “Durante esa residencia (de 15 shows), nos sentimos en casa, lo que era sumamente agradable. También aprendimos que allá hay un gran público para la música progresiva, para la música que es diferente. En ese sentido, la Argentina es muy abierta. Todavía me quedan muchos amigos de esa época”.
A partir de ese entonces, el músico estadounidense regresó a la capital argentina de todas las formas posibles. Su experiencia más reciente fue con el supergrupo Beat, con el que ofreció un recital memorable el año pasado en el Movistar Arena. Sin embargo, este miércoles 11 de marzo a las 21 se presentará una vez más en los escenarios porteños, esta vez en La Trastienda (Balcarce 460) con el proyecto que lo trajo de la mano en la mayoría de sus desembarcos locales: Stick Men. “En los últimos 12 años, intentamos ir con Stick Men varias veces y pudimos lograrlo en tan sólo dos o tres oportunidades. Y hasta llegamos a hacer una gira dentro de la Argentina. Pero es difícil encontrar a un promotor que pueda hacer el trabajo completo, por eso en esta ocasión haremos nada más que un show. Y sin duda esto sucede gracias a ese valiente público que nos apoya”.
Stick Men es una banda de rock (principalmente) instrumental única porque su idiosincrasia gira en torno a un instrumento único: el Champman stick. Creado en los años ’70 por el músico Emmett Chapman (tocó entre otros con Tim Buckley), quien hizo carrera en el jazz, el artefacto de 12 cuerdas tiene cualidades polifónicas. O sea, pese a que forma parte de la familia de las guitarras, puede sonar en simultáneo a una viola, a un bajo, a una batería y a un piano. Eso le permitió a un vanguardista nato de la estatura de Levin encontrar todavía más posibilidades de exploración musical que las que le brinda el bajo eléctrico: su principal herramienta sonora. Tras descubrirlo y apropiárselo, en 2007 el nativo de Boston puso a girar a su sexto disco solista en torno al Chapman stick. Es por eso que tituló a aquel álbum Stick Man.
Acto seguido, hubo que armar grupo para tocarlo en vivo. Además del baterista Pat Mastelotto, compañero en King Crimson y 20 mil aventuras más (incluyendo la grabación de Stick Man), se sumó el stickista Michael Bernier. El trío plasmó el debut de Stick Men: Soup (2010), pero luego Bernier fue reemplazado por el guitarrista, stickista y luthier alemán Markus Reuter, dueño de una discografía prolífica que se paseó por el rock progresivo, el jazz, el ambient y el pop de autor. Esta formación ingresó en el estudio para registrar el EP Absalom (2011), y desde ese momento entró y salió de la sala de grabación varias veces más, hasta publicar en 2025 su más reciente trabajo: el EP Brutal, que, como bien versa su nombre, no pierde el tiempo en subordinadas. Son 25 minutos contundentes, a medio camino del King Crimson de 1974 y de los post metaleros Anchor and Burden.
“En este show en Buenos Aires tocaremos nuestra música nueva, que es algo que nos gusta mucho porque siempre estamos buscando hacer cosas riesgosas. Y la alternaremos con el repertorio clásico de la banda, temas que ya hicimos anteriormente allá”, adelanta el artista que en 1993 vino por primera vez a esta orilla del Río de la Plata, a cancha de Vélez, como bajista de Peter Gabriel en el Secret Live World Tour. “La lista de canciones la completaremos con algunas de King Crimson, porque entendemos que muchas personas nos conocen desde que fuimos allá con el grupo. Lo interesante de esto es el desafío de que nosotros tres toquemos lo que King Cimson hace con seis integrantes. También habrá improvisación de sobra y eso nos divierte un montón. Nunca repetimos un mismo recital”.
-Considerando tu apretada agenda, con todos esos proyectos de los que sos parte, ¿qué determina una gira de Stick Men o la grabación de un disco?
-Siempre es muy complicado combinar agendas porque justamente Pat y yo estamos en diferentes bandas. En mi caso, estoy con King Crimson, Peter Gabriel y Beat, con la que sigo de gira. Eso es lo que terminando marcando el enfoque. Así que tuvimos que planificar con un año de antelación esta serie de recitales. En cuanto a la grabación de nuestros discos, como fue el caso de Brutal, no lo hicimos en nuestro tiempo libre, sino en nuestro pequeño tiempo libre. En síntesis, Stick Men es mi segunda prioridad.
-¿Qué te sigue atrayendo del stick?
-Hice el disco Stick Man, junto a Pat Mastelotto, en primer lugar para divertirme. Si bien me gustó cómo sonaba la música liderada por un stick (él usa un modelo japonés), pensé que sería complicado reproducir eso mismo en un show en vivo. Sin embargo, busqué la manera de hacerlo. Después grabamos otro disco, y con el tiempo Stick Men se convirtió en una banda muy diferente a lo que hicimos en el disco Stick Man. Me satisface cuando podemos encontrarnos con otros músicos que nos desafían debido a que ayudan a medir el potencial del proyecto.
Levin desarrolló un carácter propio al momento de interpretar el instrumento mediante el “tapping simultáneo”, técnica con la que presiona con fuerza las cuerdas sobre los trastes, desatando la polifonía. Esto sucede al mismo tiempo que utiliza la mano izquierda para las líneas de bajo (frecuencias más graves), y la mano derecha para acordes, arpegios o melodías (similar a lo que hace un pianista). Aparte adoptó un estilo percusivo que tiene como protagonista a los “funki fingers”: extraños apéndices que se calza en los dedos índice y medio (estéticamente, parecen las uñas de una gárgola). Sólo usaba uno hasta que Peter Gabriel le sugirió que probara con dos, inicialmente con su bajo (gracias a la arenga del ex Genesis implementó asimismo el stick en un tour). Eso terminó de darle forma a un hit de la categoría de “Big Time”. Y más tarde trasladó ese exótico arte a su stick japonés.
“El stick japonés lo toco con un estilo particular, así que es fácil de interpretar porque no necesitás tocar la nota”, explica. “Quizá lo complejo de esto es que se parece a la manera de tocar el piano, pero con frases. Lo que me atrajo es que toco rock progresivo, y en King Crimson, particularmente, me dio una manera de acercarme a mis partes de bajo sin necesidad de hacer las mismas cuatro frases. Técnicamente, este stick japonés es muy interesante porque tiene 12 frases: seis de ellas de bajo y las otras seis de guitarra, y aparte tiene un output (salida de audio) estéreo. Con Peter Gabriel puedo elegir ser bajista, pero con King Crimson o Stick Men elegí ser guitarrista. Y Marcus Reuter puede hacer lo mismo que yo. Por eso creo que somos una banda única, porque con un mismo instrumento podemos desdoblarnos”.
-No hay duda de que son una banda única.
-Dejame agregar algo más: si bien Pat Mastelotto es baterista, en Stick Men toca la batería electrónica. Y lo hace muy bien, siempre hace cosas sorprendentes. Con tres músicos, tenés una sinfonía de opciones.
-¿Sentís que Stick Men tuvo algún tipo de influencia en la nueva generación de músicos?
-Hoy hay muchos stickistas, pero no los conozco a todos. Pero cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo, me impresionan. Sé que en la Argentina existen algunos muy buenos, que siguen renovando el instrumento. No te olvidés de que el stick es relativamente joven, no tiene aún 50 años desde que se creó, ee manera que hay espacio para que traigan algo nuevo y lo toquen de forma diferente, incluso con una técnica distinta.
-¿Qué opinás sobre el sentido de la curiosidad en la actualidad? ¿Por dónde pasa la experimentación: a través de la técnica o de la tecnología?
-Recuerdo que en 1981 decidí tener una manera diferente de hacer las cosas. Pero no soy un teórico ni tampoco estoy muy al tanto de las nuevas propuestas musicales. Sólo conozco lo que hacen los chicos con los que trabajo. Como estoy enfocado en los proyectos del año próximo, tengo cada vez menos tiempo para descubrir lo que está pasando y cómo piensan los jóvenes músicos. A los stickistas nuevos los escucho, de hecho, a través de la web, siempre que tengo tiempo. Lo que sí me di cuenta es de que en los últimos tiempos creció considerablemente la cantidad de mujeres que se animaron a tocar el stick, haciendo además cosas que ni yo podría hacer. Eso me impresiona mucho. Algo me gustaría aprender de toda esta camada.
-Con la precarización que vive la música, donde la copia de la copia se tornó en referencia, ¿qué sentido tiene para la vanguardia en este tiempo? Tomando en cuenta aparte que tu nombre esta relacionado a esa intención…
-No es una etiqueta que use mucho, pero se puede usar y está bien. Lo que escucho constantemente es lo que llamamos “música progresiva”. Incluso, no sé si esa definición es la correcta. Pero te diré lo que significa para mí: con King Crimson o Peter Gabriel no intentamos evocar al rock de los años ’60 o ’70. Lo que intentamos es progresar con nuestra música y hacer cosas que no hicimos antes, aunque seguramente algunos escuchas piensen que suena como sonaba en el pasado. Y eso es un maravilloso desafío musical. Hace poco escribí la historia de cómo me uní a King Crimson. Entré a una sala de ensayo, y ahí estaban Bill Bruford y Adrian Belew, a quienes no conocía. Y Robert Fripp, al que sí conocía. Cada uno de ellos tocaba su instrumento de una manera diferente a la de cualquiera, tanto que no sonaban como convencionalmente suenan. Entonces, ese día de 1980 supe lo que era estar en una banda distinta. No tenía nada que ver con lo que pasaba con los grupos estadounidenses, en los que el groove había que hacerlo fuerte, sobre todo el bajo y los caños. Ahora el destino me planteaba un camino diferentes al que conocía.
-¿En qué sentido?
-En el sentido de que no sólo necesitaba ser un músico bueno: tenía que ser único, al igual que mis nuevos compañeros de grupo. Debía estar a la altura de los aportes que ellos trajeron. A raíz de ese momento, que lo recuerdo como icónico y bisagra, ya nada volvió a ser lo mismo para mí. Desde entonces, sigo intentando crear con técnicas diferentes y con una idea distinta de lo que significa la música.
-¿Algún grupo nuevo o relativamente nuevo que te emocione?
-Hay un montón de grupos que me parecen buenísimos. Sin embargo, a menudo recomiendo a Sleepytime Gorilla Museum (se les conoce asimismo por sus siglas, “SGM”, y es un quinteto de rock experimental de Oakland, conocido además por su trabajo performático). Aunque no son populares, me parecen geniales y creativos. Alguna vez intenté tomar algo de ellos, no para imitarlos sino para sumar nuevas ideas. Su bajista es muy bueno y en eso recae parte de su atractivo. Como bajista, cuando escuchás música excitante como la que ellos hacen, parte de vos quiere estar nadando en ese sonido.
Como sesionista, el músico, cantante y compositor ha puesto su bajo al servicio de discos emblemáticos de la cultura rock como Berlin (1973), de Lou Reed; Double Fantasy (1980), de John Lennon y Yoko Ono; Rain Dogs (1985), de Tom Waits; Matters of the Heart (1992), de Tracy Chapman; y The Next Day (2013), de David Bowie. Eso amén de la abultada obra que sacó adelante con Peter Gabriel y Herbie Mann. No obstante, siempre se lo recuerda como el hombre de las cuatro cuerdas en King Crismon. Y vaya que se mandó un bautizo a fuego, porque sucedió con la llamada informalmente “trilogía de los ’80”, constituida por los discazos Discipline (1981), Beat (1982) y Three of a Perfect Pair (1984). Una terna que llevó al pop y la new wave hasta niveles insospechados de eruditismo, y que remojó en glamour a la experimentación musical.
Desde aquella época, King Crimson nunca se dedicó a revisitar exclusivamente esa etapa. Y como nobleza obliga, Levin y el cantante y nigromante de la guitarra Adrian Belew, dos de los cuatro músicos que los grabaron, decidieron salir a tocarlos contenidos por el supergrupo Beat, que completan el baterista Danny Caret (de la banda Tool) y el fabuloso guitarrista Steve Vai. Incluso, salió a la venta un CD doble que recoge buena parte de ese tour y que lleva por nombre Live (2025). “Ésta es una idea que le viene rondando a Adrian Bellew hace cinco o seis años”, revela su coequiper. “Tomó mucho tiempo encontrar a los músicos correctos para completar el proyecto. Ni hablar que tuvimos que sortear pandemia, confinamiento, horarios y agendas. Era tan complejo que llegar a Sudamérica nos tomó mucho tiempo”.
-Lo que dejó en evidencia el show de Beat en Buenos Aires es que esa trilogía sigue sonando moderna. Es como si el arte contemporáneo pusiera a prueba su elasticidad. ¿Qué te pasó cuando te reencontraste con esos temas?
-Para mí el desafío fue a dónde iría con esta música, si podía tocarla de la forma en que fue hecha. Francamente, al principio no podía, pero lo practiqué. Ni siquiera podía cantar tan alto. Los coros en los años ’80 eran muy altos y tuve que bajar algunos de ellos una octava. Al final me divertí muchísimo. Sigo divirtiéndome. Hicimos 74 presentaciones tan sólo en los Estados Unidos y Canadá, y antes hicimos algunas actuaciones en América latina. En el momento debía decidir, durante cada noche, si mantenía el arreglo original o si llevaba el tema hacia otro lugar. A pesar de que el estilo de Danny Carey es distinto al de Bill Bruford, me funcionó de guía. Me puso en terreno familiar, por eso pude ser experimental y progresivo.
-Previo a Beat, estuviste en la capital argentina en 2019 con King Crimson. Más específicamente celebrando los 50 años de su primer disco, In the Court of the Crimson King. Debe haber sido una faena doblemente laboriosa. ¿Cómo la viviste?
-Estar ahí con King Crimson tocando un gran show es lo mejor que me puede pasar. Esa vez fuimos seis personas, creo. Quizáz hubo siete, no recuerdo, la verdad. Pero en ese recital nos dedicamos a tocar un montón del material clásico de la banda. Además, hace rato que no sacamos nuevo álbum. Recuerdo las caras de satisfacción de la gente, así que supongo que gustó lo que hicimos. Y para nosotros fue muy divertido tener a tres percusionistas, fue emocionante e inusual. Algo muy típico de Robert Fripp (guitarrista excepcional y único integrante fundador de la banda en actividad). En ese sentido, para mí el gran desafío fue decidir como bajista qué hacer con las icónicas partes de bajo que dejaron para la historia John Wetton y Greg Lake. Antes de encarar ese proyecto me preguntaba si debía tocar exactamente lo mismo que ellos. Técnicamente podía, pero tenía la duda de si deseaba hacerlo, aunque no quería perder lo icónico y especial. Ése fue un gran desafío y, a medida que el tour continuó, me mantuve buscando la mejor forma de tocar esas parte durante la performance.
-Recién mencionaste a Robert Fripp. ¿Charlás a menudo con él? ¿Tienen planes para un futuro inmediato?
-Ahora no tenemos planes para hacer algo, pero sí nos comunicamos a menudo. Estoy escribiendo un libro, y necesito ver con él detalles de los estudios en los que grabamos y cosas así.
A sus 79 años, la elocuencia de Tony Levin es sólo comparable con su estilo para tocar el bajo, mientras que la verborragia nunca le resta finura. Posiblemente porque los silencios a los que recurre a lo largo del mano a mano tienen el mismo efecto de sus funki fingers. En tanto el artista norteamericano asoma que su mayor amor luego de la música es la fotografía (pronto verá la luz su segundo libro en ese plan, The Book of Beat, donde registró la gira del supergrupo), se anima a responder por qué eligió el bajo como instrumento base. “Cuando era joven toqué el piano por insistencia de mis padres. Tras unos pocos años me preguntaron si prefería algún otro instrumento. No elegí el bajo por una razón en especial, salvo porque me gustaba. Fue una elección con suerte, porque hoy, después de muchos años, aun disfruto tocarlo”.
Yumber Vera Rojas/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón
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