
A Camila Sosa Villada le encanta incomodar. Ese gesto puede leerse como un ajuste de cuentas, quizás una venganza histórica o un acto de justicia poética. Mientras la microfonean para una entrevista audiovisual lanza comentarios picantes a los miembros del equipo (hay algunas risas nerviosas como única respuesta); cuando sube las escaleras del Ateneo Grand Splendid le pregunta a un desconocido si la está siguiendo, qué quiere de ella (el hombre se retira en silencio). Hay una oscura picardía en esos actos avasallantes, un peligro que también define buena parte de su literatura. En El viaje inútil –publicado originalmente en 2018 por Documenta y reeditado ahora por Tusquets– aborda algunas de estas cuestiones.
“Me hubiera matado sin la escritura”, afirma la autora en este ensayo que aborda los procesos creativos, el oficio de escribir y su vínculo con la propia genealogía. Es interesante volver a tener acceso a este libro porque era imposible conseguirlo y configura una huella del momento previo a Las malas (2019). “Es una oportunidad de que más gente me lea –dice Camila–. Creo que es uno de los mejores libros que escribí pero llegó a poca gente a pesar de que se vendió muy bien para los estándares de una editorial como Documenta. Era difícil encontrarlo en las librerías, acá y afuera. Lo tomo como una oportunidad no sólo de vender sino de que vean quién era yo antes de Las malas“.
La autora cuenta que, si bien su hitazo salió a la luz hace siete años, sigue respondiendo preguntas un tanto molestas: si es una autoficción, cuánto hay de autobiográfico, qué piensan sus papás o cómo lo leyó su familia. “En algún momento todo eso en torno a lo autobiográfico dejó de tener importancia para mí. Antes me ofendía y hasta me parecía un poco transfóbico porque esa idea supone que nosotras nunca podemos inventar, escribir o bautizar a un personaje. Siempre tiene que ser una historia basada en hechos reales, sobre todo dando cuenta del sufrimiento de las travestis. En algún momento eso tuvo importancia y después dejó de tenerla. Esto es lo que tengo a mano, le guste a quien le guste. Y también dejé de preguntarme qué querían los lectores”, confiesa.
Sosa Villada asegura que el libro fue profético. Hay un pasaje que dice: “Quisiera también escribir a todas esas travestis que conocí de joven. Pero escribirlas a todas, su hermosura, su fealdad, su violencia, sus ropas y las noches que nos ampararon en ese bosque en que nos conocimos. Esa poesía de la prostitución, de las noches acostándome con clientes en las barrancas del parque, escondiéndome de la policía en las canaletas de agua, enamorándome cada noche de un cliente diferente”. Al año siguiente se publicó Las malas.
A Juan Forn no le había gustado mucho El viaje inútil, decía que había demasiado psicoanálisis. Camila dice que eran puros celos. “No lo creo para nada. Pero sí es cierto que todos mis libros han pasado por el diván, yo consulto todo con mi analista, es parte del proceso hablar sobre el asunto: para qué estoy escribiendo un libro, por qué me está acompañando en ese momento de mi vida, qué viene a mejorar o a empeorar una narración”. La escritora empezó a analizarse en 2015 y escribió el libro en 2017, así que hay huellas de ese (auto)descubrimiento. “Para mí era algo muy nuevo el hecho de que la palabra tuviera tanto peso”, dice.
–En El viaje inútil identificás la escritura como un trabajo. Es un buen momento para reivindicar esto, ¿no?
–Sí. En este libro yo me ubico muchas veces como una trabajadora y creo que está bien recordármelo a mí: esto no es solo por placer. Por supuesto que escribir me da mucha alegría y mucho goce, aún con todas sus luces y sus sombras, pero nunca me olvido de que esto es un oficio. El peor, con los peores colegas, con los peores compañeros, con el peor gremio… Pero al fin y al cabo es un oficio y no me tengo que olvidar nunca de eso.
–Acá desmontás muchos mitos románticos del mundillo literario. Decís, por ejemplo, que no te atormenta el bloqueo, que vivís la ausencia de escritura como algo natural. ¿Qué mirada tenés sobre ese universo?
–Como vivo lejos no tengo necesidad de andar careteando. Hay algunas editoriales que funcionan casi como un colegio secundario: un autor presenta su libro y van todos. En Córdoba eso pasa mucho con los actores: algunos hacen obras para que sus colegas vayan a verlos. En Buenos Aires veo que hay muchos escritores que escriben para otros escritores, pero estoy completamente aislada de esas dinámicas. Afortunadamente no tengo que cruzarme todo el tiempo con escritores. El escritor me parece un ser insoportable, empezando por mí.
Córdoba siempre fue el lugar de Camila; viaja a Buenos Aires o a otras ciudades para hacer ruedas de prensa pero después vuelve al nido. “Supongamos que, como dice el refrán, Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires. En Córdoba te debe atender el Diablo. Allá todo se hace a pulmón: escribís un libro y no sabés si alguien te va a publicar o a leer, hacés una obra de teatro y no sabés quién la va a ir a ver. Cualquier hecho artístico en Córdoba es un salto al vacío”. Sosa Villada pondera el trabajo de creadores de su tierra como el teatrista Paco Giménez, el pintor Jorge Cuello que realiza sus obras en cajas de pizza o la poesía de Laura García del Castaño, para ella ”la mejor poeta viva de Argentina“.
El viaje inútil postula una tesis: hay escritores que escriben fantasías y otros que escriben recuerdos. Camila dice que hoy considera que solo existe la última categoría, donde ella misma se inscribe; el viaje siempre es hacia el pasado, hacia la memoria. Este ensayo, por ejemplo, comienza con dos escenas fundantes: su padre (don Sosa) enseñándole a escribir su primer nombre y su madre (la Grace) enseñándole a leer a través de historietas prestadas por los vecinos del pueblo.
Cuando se le pregunta en qué está trabajando actualmente habla de un gran tratado sobre un tema que no quiere develar y explica que son cuatro historias en cuatro cuerpos diferentes que hablan de lo mismo. “Estoy atravesando un problema serio de consumo, estoy bebiendo de más y no sé cómo salir de ahí. La única forma que encontré fue poniéndome algo tan complejo de resolver como este proyecto. Eso es lo que estoy haciendo ahora solamente para ver si no me muero en el camino”, dice.
La escritura es un oficio peligroso en muchos sentidos. Camila habla de la tendinitis –va a una fisioterapeuta una vez por semana– y de los problemas de postura (“cada vez tengo más panza y más joroba”) que surgen de esa actitud de repliegue o recogimiento que se necesita para escribir. “Es como si estuvieras protegiendo algo muy frágil. Y además está el peligro total de caer en el alcohol o en las drogas –agrega–. Quizás estás sola, muy sola, tristemente sola, desesperadamente sola en un departamento y lo único que tenés a mano para suturar lo que se rompe cuando estás escribiendo, porque se supone que se tiene que romper algo para poder escribir, es el alcohol o las sustancias. Es un oficio muy peligroso y a veces me da miedo».
En este ensayo la autora dice que, en su caso, la escritura no se trata tanto de abrirse al mundo como de llevar visitantes a su intimidad, algo que también puede ser peligroso. Cuando se le pregunta por el rol de la ficción en el contexto actual, sostiene: “Para mí la literatura no tiene absolutamente nada para hacer. Sí creo que la ciencia ficción muchas veces funciona como un oráculo. La Martel decía en una charla que la ciencia ficción predijo muchas cosas: humanoides, IA, catástrofes climáticas, cyborgs. También me parece una buena vía de escape, una buena fuga siempre que sea hacia abajo, cavando, enterrándote. La palabra es poderosa porque es peligrosa. Me da la sensación de que a veces nos olvidamos de lo poderosa que es”.
Laura Gomez/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón