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María Negroni: «El celular y las redes nos empujan a ser meros consumidores»

María Negroni: «El celular y las redes nos empujan a ser meros consumidores»

“Las palabras son criaturas vivas, pero tramposas”, dice María Negroni, poeta, ensayista y directora de la Maestría en Escritura Creativa de la Untref. Tras el impacto de El corazón del daño –un libro de duelo sobre la muerte de su madre, que funcionó como un sismo tanto en Argentina como en España y tuvo su versión teatral–, su obra encuentra hoy un nuevo público.

-Tus libros están viviendo una suerte de redescubrimiento en España. ¿Cómo leés ese interés en un público que no pertenece estrictamente al ámbito poético?

-Hace mucho tiempo que escribo y siempre tuve presencia en España, sobre todo como poeta, publicada por editoriales prestigiosas. Pero cuando apareció El corazón del daño, la recepción fue muy fuerte y eso despertó un interés más amplio por el resto de mis libros.

-Todavía persiste un malentendido con la poesía.

-Se la suele ver como algo “exigente”, sin atender a la complejidad del lenguaje. El verdadero diálogo poético es entre quien escribe y la lengua: cómo bailan las palabras, cómo chocan. La poesía –tiene razón Paulo Leminski– se niega a servir para algo. Aspira a la inadhesión, a mostrar lo incompleto.

-En algún momento usaste una imagen muy bella y precisa: las palabras como piedras lanzadas a un estanque.

-Es una colaboración entre quien escribe y quien lee. Esa piedra genera círculos cada vez más amplios, porque la palabra no es unívoca: tiene múltiples sentidos. Un poema, cuando funciona, es eso: tirar una piedrita al agua y ver cómo se expanden los círculos. Se amplía lo que entendés o lo que apenas intuís. Ahí la poesía se vuelve más interesante: cada lector entra con lo suyo y arma otra cosa. Es, en cierto modo, lo contrario de lo que busca el poder: que el sentido no se mueva, que quede fijo. Cuando uno no se corre de ahí, todo suena igual.

-Vivimos tiempos de velocidad frenética, dictados por el celular y las redes. ¿Cómo impacta eso en la capacidad de reflexión?

-Es un momento difícil, incluso triste. El sistema nos empuja a ser meros consumidores. La persona inquieta, en cambio, mantiene contacto con las grandes preguntas: por qué nada permanece, de dónde venimos, qué significa morir. Cuando estás en contacto con eso, dejás de ser un consumidor pasivo. Me preocupa especialmente la juventud: están armando su identidad en medio de mucha mediocridad, violencia verbal y confusión. -Hablás del “mal de la banalidad”. -Estamos ametrallados por cosas que no importan. En el medio literario, además, se pierde la idea de qué vamos a buscar en un libro. Hay editores que creen que la literatura debe ser entretenida, fácil –para no “espantar” al lector–, o responder a una agenda que a los seis meses ya no existe. Pero comprar libros no es leer literatura. La literatura tiene algo de desafío; los buenos libros rara vez son fáciles. No buscamos entretenimiento, sino a alguien que ilumine una zona y nos haga pensar distinto. Mi temor es que el carril de lo fácil, con mucho respaldo económico, termine ocupándolo todo.

-¿Se privilegia lo digerible?

-Se privilegia lo rápido, como los posteos de redes sociales que, si son largos, no se leen. Recuerdo una entrevista a Willem Dafoe: hablaba de un exceso de narratividad y decía que prefiere libros menos narrativos porque cuando entra demasiado en una historia y se identifica con un personaje, se distrae de pensar. Plantea una disyuntiva interesante: narratividad o pensamiento. La creación, en todo caso, aparece cuando uno sale de la zona de confort y busca lo que no está ahí.

-Tu llegada a Nueva York, a mediados de los 80, parece haber sido un punto de inflexión. ¿Cómo fue ese contraste tras la dictadura?

-Yo viví la dictadura acá. Tuve militancia política y sobreviví de milagro, en un exilio interno en Lanús; guardo un recuerdo horrible de esos años. Cuando surgió la posibilidad de ir a Nueva York con una beca para el padre de mis hijos, no dudé. Llegar allá fue sentir que me abrían la puerta de una jaula. En ese entonces, la ciudad iba más rápido que el arte: un contraste de lujo, obscenidad y una escena artística desplegada en la calle.

-¿Qué lectura hacés, a 50 años del golpe, frente al avance de las nuevas derechas?

-Me preocupa y me vuelve pesimista. Ese avance está ligado al fracaso de nuestra generación y de sus proyectos revolucionarios. El siglo XX fue un período de efervescencia y utopías, pero ese impulso fracasó y dejó el campo libre. Hay que atravesar este “infierno” intentando hacer crecer algo dentro de él.

-¿Qué función política le queda a la literatura? ¿El arte debe ser “comprometido”?

-La política se hace en la calle. El arte tiene una función política enorme, pero no es la más evidente: alertar contra el pensamiento dogmático y unívoco. La literatura es antidiscursiva; se escribe con lo que uno no sabe, desde la duda. Aceptar el “no sé” es aceptar nuestra vulnerabilidad y finitud: una vacuna contra los discursos gritones. El arte hace un gesto de retorno para recuperar ese espacio de libertad de la infancia, previo al mundo carcelario de los adultos.

-Vuelvo a Nueva York, porque ahí aparece Joseph Cornell. ¿Qué te atrajo de su universo?

-Me fascinó su mundo de miniaturas y objetos del siglo XIX. Cornell era un solitario que vivía en Queens con su madre y su hermano paralítico; vendía heladeras y recolectaba objetos en tiendas de segunda mano para armar sus cajas. Descubrí que hacía películas caseras con rollos viejos para entretener a su hermano, cambiando el orden de las imágenes para que siempre fueran nuevas. Ese gesto de amor y creación me impactó. Logré que en la Cinemateca de Nueva York me dieran un fotograma original de sus películas. El collage, para mí, es la gran innovación del siglo XX: borra la frontera entre arte y vida.

-Ese descubrimiento derivó en Elegía Joseph Cornell. En ese libro, como en Archivo Dickinson y Objeto Satie, trabajás con la pieza mínima y lo fragmentario.

-La poesía es el género donde el lenguaje tiene mayor conciencia de sí: de sus límites, de sus trampas. Es un concentrado, una miniatura del mundo. En el caso de Cornell, intenté mostrarlo desde la emoción que me provoca. En el libro mezclo elementos de su biografía con poemas en prosa sobre una nena que vi en un fotograma y con su universo de influencias, como su vínculo con Marcel Duchamp.

-Trabajaste el imaginario gótico, sobre todo en Museo negro.

-El gótico es una “fisura negra” que aparece en el siglo XVIII como respuesta al iluminismo. Mi acercamiento, que inicié en 1998 con Museo negro, no tiene que ver con las modas actuales. En el corazón de ese museo, donde desfilan fantasmas, vampiros y golems, se esconde el germen inefable de toda literatura. Es un recordatorio de que existe el deseo: algo que no se deja domesticar.

-¿Cómo dialogan las artes en tu obra?

-Estoy convencida de que dialogan todo el tiempo. Los griegos hablaban de un “coloquio de las artes”. No se puede ser artista visual sin ser lector, ni sin entender algo de música. Mirar un cuadro, escuchar una ópera o una sinfonía: todo está en relación, porque el arte trabaja sobre el mismo enigma.

-¿Se puede escribir sin leer?

-Es imposible; es el abc. Querer escribir sin ser lector es como querer pintar sin haber pisado un museo. La página en blanco no existe: está llena de todo lo que se escribió antes. Uno es apenas una brizna en esa tradición. Para escribir un poema no alcanza el instante: es toda tu vida. Lo que sufriste, lo que gozaste, lo que pensaste. Recuerdo que Juan Gelman decía que “la poesía es la ceniza que cae del pucho”: la vida que se consume.

-¿A qué autores volvés?

-A Ingeborg Bachmann, Agota Kristof, Sara Gallardo y Libertad Demitrópulos. Río de las Congojas, de Libertad, es un libro extraordinario, a la altura de Zama, de Antonio Di Benedetto, o El entenado, de Juan José Saer, pero no se lo menciona lo suficiente. Este año, en la Maestría, en agosto, vamos a hacer un tributo a Juan Gelman; es un autor muy nombrado pero poco leído, como Borges.

Fabiana Scherer/Especial para Clarín

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