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Quién Tiene mi Hambre Ahora: poemas de Gabo Ferro a cinco años de su partida

Quién Tiene mi Hambre Ahora: poemas de Gabo Ferro a cinco años de su partida

La poesía es ese salto a lo que no sabés. Por ejemplo, hasta hace poco tiempo, yo tenía una vida donde estaba en situación de péndulo, escribiendo un ensayo histórico, un versito, una canción, todo a la vez. Y ahí se ve claramente. Cuando uno escribe un ensayo histórico, estás manejando materiales duros, pretendidamente científicos. El ensayo histórico te dice ‘bueno, hasta acá, listo, llegaste, demostraste, ¿sí o no?’. La poesía, por el contrario, dice ‘¿hasta dónde sos capaz de llegar?’. Vos señalás tus límites y te desafía: ‘bueno, ahora nos corremos un poquito más’”. Esto comentaba Gabo Ferro a fines de 2019, durante una conversación en torno a su obra realizada para un grupo de estudiantes de Flacso. Allí habló una vez más de su retorno a la música a mitad de los dos mil, luego de casi una década de silencio donde se había dedicado a convertirse en historiador. También, del disco que acababa de editar, Su reflejo es el lobo del hombre: sería su último trabajo discográfico antes de su muerte repentina, en octubre de 2020. En ese disco, en esa charla, hizo mucho hincapié en el modo en que la tecnología va creando nuevas formas de subjetividad, oscura y desenfocada, a través del borramiento del cuerpo, el deseo, el amor y la historia. Por entonces también estaba terminando un libro de poemas que quedó entre sus papeles y que, finalmente, se acaba de publicar: Quién tiene mi hambre ahora.

Como si fuera un mago capaz de torcer el tiempo y devolvernos en un gesto desconcertante su palabra viva, este poemario de Gabo retoma todas aquellas cuestiones en rotundo presente. Editado por Costurera Carpintero, es un ejemplar diminuto, que cabe en la palma de la mano y que sin embargo, retumba con versos hundidos en la opacidad de una época donde el individualismo deja cada vez menos espacio para el nosotros: “Se pronuncia el guerrero./ Oigo que él mismo me habla./ Que él mismo deletrea una palabra./ ¿Acaso dije amor?/ ¿Seré yo el tú que él entrevera entre el nosotros?/ ¿Abandona el guerrero lo que ama/ por irse a la estridencia de las armas?/ ¿O abraza cada fuego/ y sale al infinito/ justamente/ por nosotrospormí?”. Y también: “El hombre/ que ahora soy/ tiembla en su fortaleza./ Ya pasará./ Buscame entre mis ruinas./ Ya va a pasar./ Ya pasa.”

POEMAS DE FRONTERA

Todos los poemas del libro fueron leídos en uno de esos vivos de Instagram que Gabo hizo a fines de marzo de 2020, cuando la lucha contra el covid era incipiente: las batallas cambian de nombre pero los guerreros saben que en el fondo, siempre libran una misma guerra. Además, el artista escribió un texto, inédito hasta ahora, en torno al poemario: “Quién tiene mi hambre ahora es un libro con doce poemas de frontera escritos dentro del territorio de un momento, desde ese punto brevísimo, pero profundo en el tiempo, donde comienza a derrumbarse una fundación amorosa. Como en todo derrumbe, como en toda frontera, el escenario es confuso. Confuso en su tono de monólogo y a la vez de diálogo con otro ‘uno mismo’, repleto de preguntas que son respondidas con otras preguntas, con imágenes enunciadas como documentos sensibles, y a la vez, durísimos”. Señalaba que en esa confusión conviven como influencias “elementos del Siglo de Oro contra las vanguardias del siglo XX, los tatuajes con los arroyuelos, el tú con el nosotrospormí”. Y que estos poemas proponen ser “una probable Constitución de un país de un solo habitante testigo de lo que se quiebra, espectador y parte de una vieja ilusión que se derrumba, de un sujeto que sabe que en soledad nunca entenderá, pero arremete con todo lo que tiene para ordenar ese primer momento de zozobra que anuncia la caída, el final”.

El cruce entre estos poemas y el último disco editado en vida es ineludible. Por un lado, porque en ambos casos Gabo insistía en la ruptura del ritmo, proponiendo una sonoridad molesta como metáfora de todo lo que, por aquella época, ya se precipitaba en caída libre. También, porque en esa conversación en Flacso de 2019, reconocía que Su reflejo es el lobo del hombre “es casi pura literatura”. “Este disco arranca con una voz y termina con una voz. La música está todo el tiempo molestando, como si no tuvieran lugar. La voz le compite y cuando aparece un instrumento, la voz le canta y le dice cosas. Es poesía, poesía, poesía o letra, letra, letra. No hay casi arreglos musicales. Si hay un arreglo, la voz lo corre o aparece una frase que dice directamente ‘fuera, salí’”.

Lo que estaba en juego ahí, en el bajo profundo, era la tensión entre naturaleza y cultura: seres carnales, situados en un punto específico de la historia, fascinados y a la vez repelidos por las imágenes de las redes como fatigoso reflejo propio que los arroja al vacío.

UN GESTO AMOROSO

Aunque la poesía fuera una constante de su obra y su pensamiento, Gabo no se sentía cómodo pensándose como poeta. No parecía suficiente que Diana Bellessi hubiera escrito en el prólogo al libro Costurera carpintero, publicado en 2014, con sus canciones reunidas: “La poesía de Gabo Ferro es la poesía de un mago: alguien que puede hacer de las palabras siempre algo imprevisto. Hablar del mal y convertirlo en bien, hablar del bien y convertirlo en dolor, hablar de la muerte y transformarla en sembradora, en dadora de vida”. Tampoco que, además de este nuevo libro, sea autor del Recetario panorámico, elemental, fantástico y neumático, publicado en 2015 y reeditado el año pasado. Así que Quién tiene mi hambre ahora, el último fragmento de obra que dejó en vida, deviene ajuste de cuentas con él mismo. Y gesto amoroso hacia nosotros.

Gabo amaba la poesía como su padre, jefe de personal de un frigorífico en Mataderos y gerente del club Nueva Chicago, con quien además tocaban la guitarra en reuniones familiares. De hecho, cuando tenía unos 13 años, su padre lo llevó al Tortoni a un encuentro de poesía organizado “por unas señoras de tapado de nutria depilada”, según contó, que le destrozaron un poema que él consideraba muy logrado sobre un mono y un árbol. “Yo me desintegré y no quise volver nunca más ahí. Mi viejo se mataba de risa como diciendo ‘Bueno, tranquilo, esto no es la poesía’”. Más tarde vendría su amistad perdurable con Alejandro Urdapilleta y Batato Barea (“con ellos aprendí la furia, la carnadura de cuánto quien dice trae al poema, el paroxismo de la poética, de la enunciación, la extravagancia de la poesía”). Y después, mientras lideraba Porco, la banda hardcore que discontinuó en 1997, participó del colectivo poético Verbonautas junto a Palo Pandolfo, Vicente Luy, Tom Lupo, Karina Cohen y Hernán, entre otros.

Vista desde lejos, su carrera como músico, como poeta, como artista curioso que indagaba en la performance, capaz de trabajar con la obra de Shakespeare, John Cage o Roland Barthes, mantiene dentro de su apertura hacia el riesgo, una coherencia compacta. “Muchas veces se cree que yo arranqué con una claridad programática y nada más lejano. Ahora, obviamente ya sé, ya reconozco mi voz. Pero no fue así siempre”, aclaraba. Lo que le interesaba, en realidad, era la inestabilidad y la reinvención como desafíos constantes: ahí hacía pie. En Quién tiene mi hambre ahora, insiste en esa necesidad de poner el cuerpo ante la incertidumbre como forma de movimiento: “Cuando el cuerpo sabe cómo debe/ sonar/ y hasta moverse./ Sea traer la leña. /Sea zurcir silencio./ Sea carnear un noble./ La sabia me ha enseñado a/ pronunciarlo/ y ya puedo decirlo./ Hago un dique del DUELE,/ viento del TIEMBLO/ y uso aquella corriente a mi favor/ ahora./ Y lo digo./ Lo digo con mi fe de caminante”.

TODO LO QUE ESTÁ OCULTO

Es que en estos poemas, y en su obra, a Gabo la interesaba lo que denominaba “la carnadura del residuo”. “Estoy más por la expresión que por la corrección”, afirmaba: “Hay mucha gente que canta bien, escribe bien y toca bien. Pero a mí me parece que la carnadura aparece en el residuo, en todo lo que está oculto, incluso en la desafinación. Entonces voy a ver ciertas cosas donde la basura y el detritus toman un primer plano y a traer de vuelta acá la obra, tanto sea en una lectura o cuando canto”. En ese tránsito, las palabras se cargaban de sonido y sentido: “Yo no puedo cantar la palabra ‘dolor’ de manera afinada. No puedo. Necesito que salga todo y que salga como salga. Hay un momento maravilloso, que es cuando uno ya no controla lo que enuncia. Es el mejor regalo que se puede hacer a quien te está escuchando: dejar que la naturaleza le gane a la cultura, aunque sea un tris”.

Consultado en aquel momento sobre si abordaba de manera distinta sus canciones y sus poemas, él explicaba que no, que es lo mismo. Que todo empieza en el silencio. “Creo que todo lo que hago después es un montón de ruidos y cosas para generar otra vez ese silencio. ¿Por qué? Porque en el silencio, en las respiraciones de la poesía o de las letras de canciones, en el espacio que se abre entre acorde y acorde cuando toco, es donde puedo estar hablando de algo que más o menos te puede tocar o atravesar a vos, que estás escuchando. O sea, yo puedo estar haciendo como una sopa contextual porque lo que digo tiene que ver conmigo. Pero en el momento donde hago silencio, aparece tu historia, aparecen las caras de los tuyos y nada más que tuyos, los nombres y las situaciones que son tuyas y nada más que tuyas”.

Si en sus discos y en sus recitales el silencio se abría paso yendo a buscar a cada quien para tomarle el corazón con una honestidad lobuna, casi insolente, otro tanto vuelve a ocurrir en este libro hecho de amor y barbarie donde escribe, sobre el final: “Pudo decir historia pero no,/ dijo cuerpo./ El cuerpo es una cosa,/ también dijo/ Y yo que dije basta”. Ahí es donde Gabo Ferro emerge en su esencia diáfana, en esa elección final donde el cuerpo se consume como manera paradójica de volver a volver. De ese modo, retorna ahora desde la espesura: con su belleza y su clarividencia, con su barro, con su voz hambrienta que habla (e interpela) en presente continuo.

Ivana Romero/Suplemento Radar de Página 12

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