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Patti Smith regaló una noche inolvidable en el Luna Park

La cantante y poeta estadounidense deleitó a la multitud que colmó el estadio de Lavalle y Bouchard.

Suele pasar: hay que arrancar por el final. Por esa imagen potentísima de Patti Smith arengando a un Luna Park de pie y en estado de combustión, Patti con una wiphala enrollada en la muñeca y un pañuelo verde colgando de su bolsillo“Creo que todo lo que soñamos / puede llegar a través de nuestra unión / Podemos cambiar el mundo / Podemos hacer la revolución en la Tierra / Tenemos el poder”, canta y desemboca en el estribillo-himno “People have the power” y el Luna retiembla, todo gritos y puños en alto, con energía redoblada porque siguen llegando imágenes de espanto de Bolivia y de Chile y ahora Colombia que se levanta, y porque acá acaba de producirse otro giro retrógrado con el protocolo de aborto no punible y hay tanto por lo que luchar tras cuatro años de devastación macrista.

Sí, se sabe que la realidad es algo más complicada que enarbolar una consigna rockera, pero esta noche a quién carajo le importa. También podría dudarse de que esa mujer esté a punto de cumplir 73 años bien vividos, porque la energía que transmite es arrolladora. Y no se trata de sus escupitajos, de electricidad o potencia de banda –que también hay-, porque cuando Patti hace una delicadísima versión del “After the Gold Rush” de Neil Young, solo acompañada por el piano de Tony Shanahan, también irradia una potencia que se mete en el espíritu de todos. Las manos de Smith flotan en el aire, su voz atraviesa las eras.

s casi inevitable tender el puente: hace apenas un mes y medio, en el mismo estadio, un veterano llamado Robert Fripp comandó junto a King Crimson un viaje a los años ’70 que no tuvo nada de nostálgico. En la lista de Patti Smith se cuelan varios títulos de la misma década pero que se conjugan en presente. Porque cuando habla de las masacres de pueblos originarios antes de “Ghost Dance” –enorme canción escrita junto a Lenny Kaye para Easter– es inevitable pensar en el golpe de Estado boliviano. Porque, lo dijo antes de la apremiante versión de “Beds Are Burning” de Midnight Oil, el mundo está prendido fuego, y no solo por las llamas en el Amazonas, en California o en Australia. Porque “Beneath the Southern Cross” proviene de Gone Again, de 1996, pero está dedicado “a los desaparecidos, que siguen en nuestra memoria”. Smith es setentista pero no setentosa. Las canciones de Patti siguen teniendo fuerza y significado, y será por eso que parece dejar el alma al cantarlas y aunque las lleve cantadas mil veces.

Bien flanqueada por una banda que toca de memoria, con camaradas de tantos años como Kaye y Jay Dee Daugherty como sostén, Patti le da curso así a un material que fluye con naturalidad. Puede abrir la noche con viejas glorias como “Dancing Barefoot” y la juguetona “Redondo Beach”, y volver sobre el seminal Horses (1975) al tocar “Free money”, que eleva la intensidad desde el minimalista comienzo de piano y voz. Pero también desplazarse hasta el Trampin’ de 2004, colgándose la guitarra por primera vez para dedicar “My Blakean Year” a todos los trabajadores del mundo, con las tareas físicas o con el arte. O tomar “Beneath the Southern Cross” para llamar a levantarse contra la injusticia, y luego invitar a Jimmy Rip para enzarzarse en un mix de “I’m Free” de los Stones y “Walk on the Wild Side” del viejo Lou. Y de allí caer en la agridulce “Pissing in a River” y, entonces sí, descerrajar la andanada final.

Porque el show habrá clavado apenas hora y media pero la intensidad es lo que cuenta, y cuando Patti salta otra vez al pasado más lejano para retomar su lectura del “Gloria” de Van Morrison y dedicar otra vez “Because the Night” a su eterno boyfriend Fred “Sonic” Smith, el estadio está a punto caramelo. Mal que les pese a los acomodadores que insisten en el absurdo de querer hacer sentar a gente que ya está electrificada. Es el final, y a Patti alguien le alcanza la wiphala y no duda en levantarla como antes al pañuelo verde, y lucirla en la muñeca como explícito homenaje a los masacrados por la dictadura boliviana. Alguien alienta la ilusión de que, como hizo en Chile, vuelva para hacer “My Generation” como bis fuera de programa. Pero no, los equipos se apagan, las luces se encienden y el Bajo se inunda de gente extasiada. No importa. Hace poco más de un año, el Centro Cultural Kirchner quedó chico. Por fortuna hubo que esperar poco para una revancha multitudinaria, otra comprobación de que a esa señora de cabellera blanca le basta su flaca humanidad para arrasar con todo. Y a la vez construir un universo.

Eduardo Fabregat/Página 12

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