Martín Caparrós pinta en BUE, su nuevo libro, a su Buenos Aires natal

Martín Caparrós pinta en BUE, su nuevo libro, a su Buenos Aires natal

Martín Caparrós nació en Buenos Aires en 1957 y nunca dejó la ciudad. La Ciudad ahora es un nombre propio, el seudónimo de ese lugar inmenso en el que él vio la primera luz. Ha viajado por todo el mundo y ha escrito más libros que nadie, de periodismo, de literatura, de su país, del extranjero, que para él es el país de al lado, o acaso, a veces, su propio país, como lo es España, donde ahora reside. Vecino de Torrelodones, a treinta kilómetros de la ciudad ruidosa a la que, de vez cuando, viaja con frecuencia, después de darle de comer a los pájaros…

Este último libro suyo, BUE (Random House), que apocopa el nombre de la capital de su ciudad natal, es un impresionante cuadro de su recuerdo y de la imaginación y la realidad que lo acompañan en Madrid (donde lo escribió) como si en la acera contigua estuviera la casa de su nacimiento…

Desde hace dos años el ELA que se le declaró lo mantiene más cerca del ordenador que del viaje. Pero la energía de su escritura, la pasión de su conversación, la alegría con la que responde o recuerda lo escribe lo mantienen como el Caparrós que ha hecho de todo, y que lo sigue haciendo. Él mismo es una ciudad, un mundo, y aquí habla como si lo escribiera.

-Este libro es Buenos Aires. En Madrid lo escribiste. ¿Cómo se juntó el argentino con el sonido español?

-Escribí sobre lo que de algún modo no está. ¿Podemos decir que escribir sobre lo que está se llama periodismo y escribir sobre lo que no está se llama literatura? ¿Podemos hacer ese tipo de definición barata? Esto sería lo que fue quedando después de tantos años de andar por ahí, de verlo, de vivirlo, y ahora de escribirlo…

-¿Cómo han sido tus reencuentros con Buenos Aires?

-En general me han gustado… En doce años, quince o veinte viajes… Me ha gustado más cuando no iba para algo preciso… Tengo una tendencia a transformar mis idas a Buenos Aires en un turismo por mi pasado… Cuando tengo cosas concretas que hacer, me da mucho gusto poder hacerlas ahí, estar allí en tiempo presente… Porque si no corro el riesgo de estar allí en tiempo pasado. Me gustó mucho cuando me nombraron ciudadano ilustre de Buenos Aires, cuando ya no vivo allí, así que fue como una especie de voto de confianza fuerte… Esta última vez, además, me dieron el doctorado de la Universidad de Buenos Aires. Fue emocionante porque tuve una fuerte relación con esa universidad. Me gusta ir cuando voy a hacer algo, aunque sea en la cancha de Boca. Eso es estar en el presente y no en la melancolía.

-Este libro es Buenos Aires. ¿Cómo sentiste que ha cambiado la ciudad?

-Creo que está como polarizada en todos sus extremos. Buenos Aires siempre fue una ciudad bastante desigual, pero su camino hacia la desigualdad se fue empinando más y más en los últimos tiempos. Cuando yo era pequeño, Buenos Aires era una ciudad mucho más compacta que ahora. Ahora se veía clarísimo cómo había una zona del centro y de las partes ricas donde encontrabas todo tipo de despliegues, muchísima gente, restaurantes caros, coches… Pedí a mi hijo que me diera algunas vueltas por otros lugares y nos fuimos a zonas un poquito menos céntricas… La verdad es que lo que se veía era muy triste, muchos comercios cerrados, mucha gente en la calle, mucha pobreza…

-Y volviste a tu lugar en el bosque, en Madrid.

-Fui un poco preocupado porque no estoy bien de salud, obviamente. Así que tenía algo de miedo por si no iba a poder aguantar ese traqueteo. Al llegar ya me olvidé de esas preocupaciones. En Buenos Aires me encontré con mucha gente que fue muy cariñosa conmigo, y pasé muy rápido los ocho días que estuvimos allí… Cuando volví a Madrid tenía el alivio de no estar ya en el centro de la tormenta. Pero con alguna frecuencia me da nostalgia, de eso, de ver a la gente que quiero, de estar en paisajes que son muy fuertes para mí… Y eso es un poco lo que la novela trata de reconstruir.

-Ese viaje tiene, en el lado de allá, que diría Cortázar, un nombre propio, Milei. Y en el lado de acá está el quilombo español.

-Yo creo que el sainete, muy a menudo, está puesto en la escena argentina para ocultar el drama. Cuando hablamos de Milei, hablamos de un señor que baila en un estrado o dice tonterías. No hablamos de los cientos de miles de personas que perdieron su trabajo en este año y medio, de las decenas de miles de pequeñas y medianas empresas que tuvieron que cerrar, de los jubilados, de los hospitales que ya no tienen recursos. Todo eso no lo contamos cuando hablamos de Milei, de su hermana, de sus problemas con los amigos… Nos quedamos en un relato tontamente costumbrista, cuando en realidad lo que está pasando es mucho más fuerte que eso. Ellos ofrecen ese espectáculo como pago por nuestro silencio, por nuestra mirada desviada. Yo vengo diciendo que cuando Milei hace alguna tontería, como las que hace tan a menudo, nuestros medios deberían decir en dos líneas: “Milei estuvo ayer cantando en tal lugar”… No habría que caer en la trampa del sainete de Milei.

-Cuando regresas a España, ¿qué sensación te produce recalar de nuevo en un país que, en cierto modo, desde hace muchos años es el tuyo también?

-Sí, totalmente, desde casi siempre, digamos, desde que empecé a escuchar el acento de mi abuelo y de mi padre, desde que empecé a hablar, España es también mi sitio. Veo un país ahora aquí sacudido por cuestiones que me parecen muy menores. Muchas veces me toca ver los programas políticos españoles… En síntesis, se reducen a dos grandes vertientes en las que hay insultos entre partidos y en torno a los jueces… Si uno ve la televisión y buena parte de los medios, se puede creer que eso es todo lo que sucede aquí. Y suceden tantas cosas interesantes, dolorosas o sumamente alentadoras. Vivimos en el país occidental con menor tasa de asesinatos por persona. No es poco en un mundo preocupado por la inseguridad. Solo Japón y alguno más tiene menos violencia que España. Y, sin embargo, tú aquí acudes a los medios y parece que estuviéramos acuchillándonos los unos a los otros. Me parece que deberíamos aprender a disfrutar un poco más.

Radicado a 30 km. de Madrid, en una zona con árboles y pajaritos, dice “es increíble porque soy una persona radicalmente urbana, pero no sé por qué he aprendido a gozar de aquella calma mucho más que de esta intensidad”.

Dice que el escritor que impregna este libro es John Dos Passos, el que “más me interesa del siglo XX norteamericano”. Y destaca de aquel ese intento de contar espacios a través de personajes, de situaciones, de distintos préstamos que él toma del lugar que lo rodea.

-El libro está lleno de gente.

-Sí, entrar en La Ciudad es entrar en la gente… Argentinos. Lo escribí fuera, pero es muy argentino… Cada vez que me imaginaba un personaje lo refería a personas que había podido cruzarme, o me los inventaba, pero eran siempre invenciones argentinas… Son inventos basados en gentes que hay por ahí…

-Es una ciudad y es un libro y también es un monstruo…

-Sí, un poquito…

-Está compuesta de niños, de viejos, de gritos, de bares… Y es un cuadro… ¿Qué cuadro sería?

-Lo primero que se me ocurre es atraer a Brüeguel a la metáfora… Este tipo de cuadro donde hay muchos personajes, levemente diabólicos, deformes unos y otros no, cada uno atendiendo a su juego en un gran lienzo tríptico que lo contiene todo… Me gustaría pensar que si fuera un cuadro sería ese estilo de cuadro…

-¿Y si fuera un viejo, una persona, un niño? ¿A qué se parecería esta Ciudad con mayúscula que has creado?

-¿Sabes que no consigo relacionarla con un viejo o con un niño? Porque me parece que lo definitorio de una ciudad, y de esta en particular, es ser absolutamente múltiple… Así que no veo que pudiera sintetizarla en una persona sola. Justamente una ciudad es todo lo contrario a eso. Es como una multiplicidad casi aterradora… Yo ya no vivo en la ciudad… Ahora estuve un rato abajo mirando, porque llegué temprano [en la calle, la Gran Vía de Madrid]… Me fui con mi silla y empecé a mirar gente y estaba como sorprendido e impresionado de la cantidad de personas que pasaban por delante… Ninguno era raro, todos eran raros… Eso es lo que más me impacta de la ciudad, la multiplicidad extrema, que ahí se mezcle absolutamente todo.

Juan Cruz Ruiz/Desde Madrid

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