Mañana se estrena La Traviata en el Colón, bajo la dirección de Emilio Sagi

Mañana se estrena La Traviata en el Colón, bajo la dirección de Emilio Sagi

“Soy un fan total de David Bowie”, cuenta el director de escena Emilio Sagi, a punto de estrenar La traviata en el Teatro Colón. En la solapa de su saco lleva un prendedor con el icónico rayo rojo característico del músico británico. Dice que en el Colón se siente como en su casa: hace tres años dirigió El elixir de amor y, en 1992, debutó en este escenario.

“En mi juventud era fan de David Bowie, Lou Reed, y tal, y no veo por qué un señor que adora a David Bowie no adore la ópera sólo porque son géneros diferentes. Lo mejor en la vida es disfrutar de todo lo que puedas, porque la vida es bastante perra como para no hacerlo”, completa Sagi, y agrega: “La ópera tiene una cosa grandilocuente, seria, de conservadurismo. Y no es eso. Los personajes de la ópera son personajes siempre rebeldes de la propia sociedad”.

En los primeros pasos de su carrera, Sagi tuvo a su lado a una aliada excepcional: la soprano Montserrat Caballé. Trabajaron juntos durante años y fue ella quien lo llevó por primera vez al escenario del Liceu. “Fue una gran protectora mía”, confiesa, con gratitud aún visible en la voz.

-¿Cuál es la originalidad de La traviata?

-Es una obra muy emocionante, muy emotiva. Esa es una gran originalidad: otras obras de Verdi no son tan emotivas. De la trilogía verdiana Rigoletto, Il trovatore y La traviata, las dos primeras tienen una emoción, pero no la que te lleva a las lágrimas. El personaje de Violetta te llega al corazón.

-En su carrera volvió distintas veces a Verdi, ¿cuál es el lugar que tiene La traviata en su relación con la tradición verdiana?

-Debuté como director de escena con La traviata en Oviedo, la ciudad donde nací, en el ‘80, hace 45 años, y nunca la volví a hacer. Y tenía muchas ganas. No al principio porque me costó mucho en aquel momento; era otra época. Pero últimamente sí, y fue una sorpresa cuando el Colón me la ofreció.

-¿Se siente como volver a una obra nueva?

-Sí, pero hay una cosa parecida. Yo siempre pensé que Violetta Valéry o La dama de las camelias o Marguerite Gautier -el personaje tanto en la novela como la obra de teatro y en la ópera- era una víctima de una sociedad clasista y moralista. La música de Verdi propicia esa lectura: Violetta tiene la música más maravillosa; está clarísimo que es una víctima irredenta. Algo que antes no veía y ahora sí es la dignidad de ese personaje. Tanto Alejandro Dumas como libretista de La traviata y Verdi, le propician la dignidad de esa persona que se sacrifica por una historia que no entiende: Violetta no entiende por qué tiene que dejar a Alfredo para que su hermana se case con un señor conservador.

-¿Y cómo se lleva eso a escena?

-Trabajando con los cantantes. Hoy en día los cantantes de ópera son unos actores estupendos. Quien no lo es, no hace carrera. Las tres Violettas que tengo en los tres repartos (Hrachuhi Bassenz, Zuzana Marková, Laura Pisani) son fenomenales.

-¿En qué época y espacio está ambientada?

-En los años ‘60, es una gran casa de París y todo blanco: quería que el entorno de ella fuera puro. El vestuario es blanco y negro en la primera fiesta, luego es rojo en la fiesta de Flora.

-¿Qué le ofrecía esa época para contar esta historia?

-A mí me gusta que los espectáculos sean lo más bellos posible. El feísmo no me gusta nada. Es la época de los grandes modistos de París, del gran lujo, la alta costura. El vestuario de Renata Schussheim es maravilloso. “Renata -le dijeacuérdate de Balenciaga, Yves Saint Laurent, de todo eso”. Y quería hacer algo muy actual, que se viera que eso podía pasar ahora. -¿Cuán actuales pueden ser esas tensiones morales hoy día? -Una familia conservadora y rica, si ve que su hijo o su hija tiene una relación con una persona que tiene una moralidad dudosa, va a hacer lo posible por quitársela de delante. No estamos en el siglo XIX, pero quiero contar lo que está ahí.

-¿Y qué es lo que está ahí?

-La víctima de una sociedad cerrada, clasista, moralista. Está en Verdi: hay un feminismo clarísimo en él y una defensa de la mujer. No tengo que inventar nada. Me apetece que sea una mujer fuerte: algunas veces ves La traviata muy hundida. En la escena del final ella está desesperada, como cuando dice “si la vuelta de Alfredo no me curó, ya no hay nada que hacer”.

-Qué difícil crear verosimilitud en esos finales cuando el personaje está moribundo y de repente canta un aria enérgica.

-Quiero que ella tenga fuerza, porque la tiene. Y la tienen las cantantes de los tres elencos. Impresiona mucho, sobre todo en el final, cuando intenta ponerse el vestido y no puede, lo tira al suelo. Y al final quiero que ella muera sola.

-¿Por qué?

-Los otros personajes quedan atrás. Quería que fuera una cosa muy exagerada, como que ella es un personaje distante de los otros, del padre, y del propio Alfredo.

-¿Cómo es su visión de Alfredo?

-Es un señor que no le pregunta nada, que no entiende… Es muy unívoco, como el padre, es un producto de su padre y de su familia.

-La fiesta de Flora suele ser un momento de tentación visual y exceso. ¿Cómo evitó el cliché y encontró su propio tono?

-Es una fiesta de finto española, spanish fake. Se hace con abanicos y todo eso que tiene gracia porque en el París de los años sesenta todas las criadas eran españolas. Entonces, la alta sociedad hace una fiesta a la española, un poco riéndose de sus criadas que bailan flamenco. No me gustaba que en el número salieran ocho bailarinas a bailar flamenco. No es que Flora encargó ocho bailarinas. No. Son ellos mismos, y lo hacen de mala manera, sin coreografía, porque tiene ese carácter de burla.

-¿Qué le gustaría que descubra el público en esta producción?

-No creo que vayan a descubrir. A mí lo que más me gustaría sería que se emocionaran. Hay una frase de Borges que me gusta mucho que dice: “Me gustaría que mis cuentos entretuviesen y emocionasen”. Es lo que me encantaría de mis puestas en escena.

-No parece preocuparle que lo acusen de anticuado…

-No me gusta dar clase. Hay una frase que vi pasar por Instagram: “I was a conceptual artist. But now I’m OK”. Hay que volver a la conexión con la vida, con lo que une, y tiene que ver con los sentimientos. Muchas veces huimos del sentimiento y es importantísimo, es lo que te hace vivir el alma.

Laura Novoa/Especial para Clarín

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