
La nostalgia a flor de piel. De eso se trató el concierto de Maná en la noche del martes, en la primera de sus cinco fechas en Buenos Aires, ante un Movistar Arena colmado de bote a bote.
Pasaron ocho años de su última visita: fue un reencuentro amoroso del grupo mexicano con sus fanáticos. En su arribo a la ciudad porteña, el grupo que nació a fines de los años ‘80 en Guadalajara demostró lo vigente que sigue a través de sus canciones, cuyas temáticas nunca envejecen y se añejan a través de realidades de amores imposibles, roturas de corazones o enlaces que tienen finales felices.
El público de Maná no es del rock, pero alguna pizca de eso existe dentro de su ambiente, pues toda la lista de música ochentosa que sonó hasta que empezó el recital casi se lo sabía de memoria. Desde gente de treinta años hasta cincuentones e incluso mayores de sesenta hicieron de la velada un programa casi familiar.
Maná llegó al país dentro de su “México Lindo y Querido Tour 2024”, con el que está recorriendo el mundo. Desde que se apagaron las luces, el show fue contundente. En una pantalla horizontal que ocupaba todo el ancho del escenario, lo que sobresalió fue una imagen reivindicativa del pop mexicano y de su cultura ancestral: una calavera (tan evocada en el Día de los Muertos) con un sombrero de mariachi, además de rosas en los ojos y a sus costados.
Enseguida apareció Fher Olvera en el centro de la escena, bien al frente y con una guitarra Telecaster plateada. Irrumpió directamente con el canto, eligiendo empezar con Manda una señal, secundado por sus tres compañeros de siempre, más un tecladista, un percusionista y una guitarra.
El frontman lucía su clásico cabello largo y llevaba puesto una remera con una calavera abrillantada, pantalón oscuro y una camisa beige de seda. Pasaron algunos hitos como De pies a cabeza y Corazón espinado (escrita para Carlos Santana), hasta que dijo: “¡Muy buenas noches, Buenos Aires, Argentina, qué emoción estar de vuelta después de tantos años! Fueron ocho y parece que fue hace un siglo, incluso con la pandemia. Tenemos tan buena conexión con ustedes que me gustaría vernos más seguido”.
Y anunció: “Vamos a tirar la carne al asador, como dicen aquí en este país”. En consonancia con sus dichos, las canciones que los consagraron por completo no pararon de sonar, hasta que en ¿Dónde jugarán los niños? sucedió un acontecimiento impactante: arriba de las tablas montaron un elefante gigante, en alusión a la naturaleza y el dejo por parte de la humanidad.
“Argentina: los Maná hemos hablado mucho acerca de cuidar a la naturaleza, la que nos da el día, el oxígeno, la luz, el calor. Por un lado, hace 24 años que estoy con este tema y estamos tristes por el maltrato a la misma; por otro lado, vemos a jóvenes despertando y defendiéndola”, reflexionó Olvera.
Y siguió: “La disyuntiva es cómo convencer al planeta de que recapacite. E incluso cómo cuidar a esa gente que está hablando de estos temas tan serios. En mi caso, doy testimonio porque soy un hombre de fe. Les digo algo: exíjanles a los políticos y empresarios que no jodan la Argentina, que respeten a la tierra”. Fue ovacionado.
Acto seguido, el cantor apareció con una manguera con humo, como si se tratara de un pesticida dañino. Luego de algunas canciones y tras brindar con tequila con su gente, entonó Mariposa traicionera, cuyas imágenes de una mujer con alas a través de la pantalla hipnotizaron por completo al público.
A posteriori, la felicitación para los futboleros no demoró en llegar: “¡Felicidades por el campeonato mundial, cabrones! ¡Qué chingón que se quedó en América y aún más que chingón que se quedó en Argentina!”. Después nombró a Lionel Messi y recordó a Diego Armando Maradona.
Hacia la mitad del espectáculo hubo un solo impresionante del baterista Alex González, que duró casi diez minutos y fue algo parecido a una masterclass.
Luego, entre Huele a tristeza y Eres mi religión, el cantante invitó al azar a una chica a subir al escenario. Ella permaneció al lado de los músicos por un largo rato, hasta que recibió un abrazo profundo de Olivera y bajó.
Con muchas ganas de contar anécdotas, el cantante recordó a una novia que lo dejó por un hombre adinerado en sus épocas de universitario. Todos sus relatos servían para introducir alguna canción y explicar las letras.
Hubo piropos y elogios por doquier al público argentino y además un simulacro del Muelle de San Blas, con maderas y sogas sobre la pasarela, justo cuando fue el turno de la composición tan esperada por gran parte del auditorio.
Y llegó el fin, pero las sonrisas de ambos lados nunca dejaron de existir. Hoy, este sábado, el domingo 3 y el martes 5 de marzo se repetirá este reencuentro porteño.
Sebastián Duarte/Especial para Clarín
MG Radio 24 Villa Pueyrredón