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Luis Solano, de Libros del Asteroide: «Leo malos libros para que otros lean buenos»

Luis Solano, de Libros del Asteroide: «Leo malos libros para que otros lean buenos»

Era mayo de 2005, y las librerías españolas recibían dos títulos distintos: En busca del barón Corvo y A la caza del amor, de un sello desconocido llamado Libros del Asteroide. Detrás de esos ejemplares estaba un hombre singular: de formación en Derecho, se había especializado en Administración de Empresas y había trabajado en Barcelona para Planeta. Con ese capital y algo de dinero, se lanzó a editar libros que le gustaran a él mismo. Se llama Luis Solano y dos décadas después se muestra conforme con la travesía. Ha publicado más de doscientos libros que le gustan, logró que una aventura a la que se había apostado unos ahorros sea hoy una empresa y, sobre todo, es feliz.

–¿Por qué se dedicó a los libros?

–De niño, me gustaba mucho leer y los libros siguieron siendo una cosa importante en la época en la que estudiaba Derecho. También me gustaba escribir, pero no me veía con suficiente talento. Así es que la literatura podía ser una afición y, al acabar la carrera, decidí estudiar un máster de Administración de Empresas, que me permitió trabajar durante años en consultoría y en startups relacionadas con el mundo de las telecomunicaciones. A través de ese trabajo, llegué a Planeta para ayudarles a poner en marcha el libro electrónico. Esa experiencia me sirvió para entender cuáles eran las mecánicas económicas que había detrás del mundo del libro y pensé que podría intentarlo. Después me di cuenta de que había encontrado mi vocación.

–En Planeta pudo conocer el negocio del libro, ¿cómo era ese negocio y cuánto cambió?

–La parte económica es bastante estable. En España, se trabaja con un descuento del 55%. El editor recibe el 45% restante, del que el 10% le corresponde al autor y él se queda con el 35% del precio de venta. Con eso debe pagar la edición, la impresión del libro, el anticipo a los autores de los siguientes libros y otros gastos. Si hablamos de una novela extranjera, necesitas imprimir 3.000 ejemplares y vender la mitad para que sea rentable. Si es un escritor español, con 700 u 800 ejemplares a lo mejor puedo recuperar la inversión. Sabía que no era un negocio para hacerme rico, sino para vivir de algo que me gustara. Lo que ha cambiado es el modo de difusión de los libros y la competencia que tienen: ahora casi toda la información se consume de manera digital, la televisión se ve en streaming y las redes sociales tienen protagonismo. Pero la lectura sigue siendo para las personas un refugio que les permite aislarse del ruido que lo digital genera.

–¿Quién elige qué publican?

–Trabajo con lectores, pero el que tiene que emocionarse con el libro soy yo. Busco libros narrativos y que me hayan abierto los ojos a nuevas realidades. La característica fundamental de un editor es la curiosidad, y yo soy una persona curiosa. La evolución del catálogo tiene que ver con que mi vida va cambiando y las cosas que me interesan también, aunque siempre mi trabajo como editor es leer malos libros para que otros lean buenos libros.

–¿Cómo es el vínculo con la Argentina?

–El público argentino es el más parecido al español. Por lo menos para los libros que nosotros hacemos, de literatura de cierta calidad y narrativa. Para nosotros la Argentina es el mercado más grande, aunque México tiene un mercado de libros mayor. Hay libros que sentimos que pueden tener más acogida en la Argentina porque el lector es un poco distinto, un pelín más sofisticado, más interesado en la forma, mientras que al lector español le interesa más el contenido. El tipo de comunicación que hacemos, cómo presentamos los libros, se entiende muy bien en la Argentina, mientras que a veces nuestro diseño, que me parece moderno y elegante, está fuera de los códigos de comunicación de otros países.

–¿Algún libro funcionó mejor en la Argentina que en España?

–Puedo pensar en Leila Guerrero; Claus y Lucas, de Agota Kristof, que se ha vendido muy bien en España, pero en la Argentina vendió el doble, y creo que tiene que ver con el lector argentino por el experimento formal. Otro ejemplo es Rachel Cusk, que tiene que ver con esta búsqueda de la innovación formal.

Débora Campos/Clarín-Espectáculos

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