
El caso merece un estudio exhaustivo, una investigación del mismísimo CONICET o de alguna facultad de Lingüística y Filología. Es más: debería tomarse como ejemplo en alguna cátedra en la que se ejemplificara la vigencia y reconversión de un fenómeno. Hay un cuento de Luis Landriscina subido a Tik Tok que tiene casi un millón de reproducciones.
Entre los otros recortes que habitan perdidos en el mar digital, el cuentacuentos que en diciembre cumplirá 90 años suma billones de visualizaciones. Puede sonar extraño, pero el tipo es el verdadero influencer de la Argentina. Su arte nació cuando los celulares no eran ni embriones y la TV argentina no llegaba ni a la mayoría de edad. ¿Quién otro logró esas métricas a más de 60 años de su debut profesional?
“El médico me aconseja que la muerte me encuentre sano”, lanza su primera humorada y se ríe de la parca fallida. El año pasado se viralizó la noticia falsa y el hijo de Luis no tuvo mejor idea que responder con un video del “falso finadito” haciendo Gancia casero. El tema musical elegido: No andaba muerto, andaba de parranda.
Sabe lo que es no respirar, “irse del mundo por un rato”: “En 1990 estuve clínicamente muerto durante tres minutos”, jura. Fue después de una operación por un adenoma de próstata. Internado en una clínica de Puiggari, Entre Ríos, sufrió un paro cardiorrespiratorio. “Salí airoso gracias a los médicos. Y en 2010 llegó otro tumor maligno (garganta), lo enfrentamos con rayos y lo hemos vencido”.
Los días de Luigi transcurren en gran medida en la cocina de su casa en Olivos. Los lunes, religiosamente, prepara puchero. Su otra gran especialidad son las empanadas de pollo. Sin embargo, los amigos caen a comer cuando Landriscina consagra buena parte de una jornada al rito del guiso carrero.
Anda solicitado en estos días el rey del relato criollo. Aunque intente el reposo, siempre hay un compromiso que lo lleva a desandar una ruta rumbo a algún homenaje o acción solidaria. Acaba de regresar de Santa Fe, a donde se apareció para sorprender a la comunidad de la Escuela 6231 Prilidiano Pueryrredón, en Campo Rocchia, distrito rural de Humberto Primo.
La institución cumplía 100 años y el hombre plantó bastón y se despachó con un discurso sobre la identidad rural, el valor de la cultura del trabajo, la pujanza de los inmigrantes de comienzos de siglo XX y el coraje de la tarea docente en la Argentina más profunda. Horas antes, había sido agasajado en la Fiesta Nacional de la Soja, en Arequito, con La Sole y Nahuel Pennisi.
Ya pasó las bodas de oro, de esmeralda, de diamante y platino y va por las de titanio. Este año cumple 64 de casado con Guadalupe “Betty” Mancebo, a quien conoció de niña en la parroquia de Villa Ángela, Chaco. Luis, cinco años mayor, bromeó con que en unos años pediría su mano.
“Que Dios no me castigue”, redobló con humor la gurisa.
Betty y Luigi se pusieron de novios en secreto cuando ella tenía 14 y él, 19. Durante el servicio militar, la relación fue exclusivamente epistolar. Al año, él regresó a los pagos, se casaron, tuvieron dos hijos y atendieron una pulpería. Todavía ven televisión tomados de la mano. “El temor íntimo de los dos es quién se va a ir primero, porque le va a faltar esa mano”, lanza el dilema y sobreviene el silencio.
-¿Y usted prefiere irse antes?
-Los dos nos quisiéramos morir antes que el otro.
-¿A pesar de dejar al que queda con un gran dolor?
-Sí, porque el otro se va a morir enseguida de la tristeza… ¡Son 70 años de novios! Más que matrimonio, somos compañeros. Cuando se termina naturalmente la pasión, y vos no elaboraste el compañerismo y la necesidad de estar con el otro, se acaba esa sociedad.
No siempre que el rey del cuento campero arrancaba carcajadas y su vida era una expresión de algarabía. Su don de la narración pausada y de la exacerbación del detalle acompaña su capacidad para camuflar dolores.
Cuenta que en los ‘70, después de un proyecto fallido para el que salió de garante, llegó a pensar en el suicidio, obnubilado por el drama económico que se avecinaba.
“Un director, al que no voy a nombrar, me propuso hacer una película y después me avisó que no tenía el dinero para el proyecto. Yo estaba reunido en un piso 11 y, confieso, miré cómo tirarme, pero finalmente no lo hice”, cuenta. “Hablé con un amigo y me dijo: ‘Luis, ¿te dieron malas noticias los médicos?’. Le respondí que eran temas de plata, y me retó: ‘Amigo, ¡eso se soluciona!’ Así, gracias a mis amigos, salí. Entre ellos, José Froilán González, el piloto. Me llevó al Banco Río a resolver el problema”.
En 1984 la muerte volvió a rondar… Fierrero desde aquel TC de los cuarenta que se disputaba en rutas abiertas con cupecitas que rozaban al público, Landriscina decidió meterse en el automovilismo junto a su hijo Dino. Corrieron el rally argentino y esquivaron la desgracia “por un pelo”. El Peugeot 504 desbarrancó más de cuatro metros y Luis sufrió aplastamiento de vértebras cervicales.
Quien quiera lograr un doble enojo en el campechano chaqueño debería pedirle que cuente un chiste rápido. Desde hace décadas, Don Luis corrige: lo suyo no es el chiste, ni la sinopsis. Su especialidad es la crónica parlante, la experiencia integral del cuento con olor, tacto y sabor agregado. Luis cuenta y en ese racconto agrega escenografía, reflectores, tridimensionalidad…
“Propongo un viaje, y si al pueblo al que vas no es lindo, el viaje se te hace más largo. Lo que la gente me agradece es perder, porque al final, lo que imaginaban no es y yo los sorprendo”, reconoce. “El humor es sorpresa o no es humor”.
“Nunca una guarangada”, se jacta el que debutó en Cosquín en 1964 y enseguida explica los motivos de esa elección. “Hubo un hecho con mi madre adoptiva que me marcó. Un señor hacía parodias subidas de tono con tangos conocidos. Era en una plaza y ella se ponía colorada. ‘Vámonos que este es un sinvergüenza al que habría que meter preso’, me dijo. Me quedó grabado y me propuse que ninguna abuela se pusiera incómoda con mi humor”.
-¿Alguna vez lo tentaron para que quebrara ese principio?
-Sí, yo estaba ajustado y con un hijo. Y un representante me dijo: “Te salvás”. Me ofertaron un platal para hacer cuentos verdes.
-¿Y qué respondió?
-Que no, porque no iba a poder volver a mi provincia con la cabeza en “Sos un pelotudo”, me dijo ese representante. Esperé el tiempo que hubo que esperar, gambeteé el hambre dos años. Iba gratis a las peñas para que me conocieran.
Tenía menos de dos años cuando perdió a su madre biológica, Filomena Curci, quien murió en el parto del octavo hijo. “Un hijo más y se muere”, le había advertido el médico después de parir a Luigi, y la italiana respondió con tranquilidad: “Si es la voluntad de Dios…”.
A los 89, Luis nombra a su madre incesantemente, la sueña y hasta imagina “el reencuentro”: “No quiero tener deudas con San Pedro. Pienso mucho en cómo será volver a escuchar la risa de mi madre”.
Su padre, un italiano cosechador de algodón en Chaco, reubicó a sus hijos en distintas familias cuando enviudó. Luisito fue criado por Santiago y Margarita, sus padrinos, españoles, de quienes aprendió “la honradez, la mejor almohada para la noche”.
Los primeros años de Luis estuvieron atravesados por desgracias. A la muerte de su otra madre, Margarita, la adoptiva -cuando él tenía 22-, se sumó el adiós a Pascual, el hermano mayor, quien murió trágicamente en 1955, en el bombardeo a Plaza de Mayo. “Era tornero, venía a Buenos Aires a pagar una cuota a un banco y el destino lo encontró”, cuenta.
En sus primeros años laborales fue arreglador de cocinas y lavarropas. Y tuvo un grupo folklórico, Los Cardenales, donde mechaba cuentos entre canción y canción.
En 2005, como esos rockstars que anuncian su falsa despedida con conciencia de que el público no dejaría jamás que sucediese, llegó el comunicado oficial. Después de actuar hasta en la Antártida, Estados Unidos y Australia, anunció una pausa que en cierta forma todavía no pudo cumplir. Allá va, pueblo por pueblo, cuando hay una causa solidaria. Sin quererlo, termina ejerciendo ese oficio que nada tiene que ver con las ciencias económicas: contador público nacional.
Calcula que serán 60 personas las que reunirá el 19 de diciembre para la celebración de 32.873 días de vida. Serán de la partida su mujer, sus hijos Gerardo y Favio, sus tres nietos, los más de 20 sobrinos directos y los amigos de Corrientes, Córdoba y otros puntos.
-¿Cómo conjuga su lentitud para contar con el vértigo del público hoy?
-Se puede. Me sorprenden las nuevas generaciones, y me desasnó un pibe de 16 años en el Museo Fangio de Balcarce. “Vinimos por usted”, me dijo el chico. Pensé que era por los fierros, pero no.
“¿Cómo me conocés?”, me sorprendí. Y el pibe me dijo “¿cómo se lleva usted con la tecnología?”.
Y me mostró algo que se llama YouTube. “Sé de memoria sus cuentos porque lo veo por acá”.
-¿Qué cree que nos deja a los argentinos?
-Haber enseñado cómo eran las provincias y quiénes estaban adentro de ellas.
-¿O sea que en parte la suya fue una tarea educativa?
-Eso me dijo un ministro de educación. “Pero yo tengo apenas sexto grado”, le aclaré. Y me contestó: “Dije educador, no maestro”. Y me dejó tiritando. Los argentinos no nos conocíamos, la mayoría de los salteños no sabían cómo eran los patagónicos ni los riojanos cómo eran los porteños. Yo iba a cada provincia y después de la siesta me ponía a estudiarlos.
Marina Zucchi/Clarín-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón