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La rusa Natalia Osipova bailará hoy y el domingo Giselle en el Colón

La gran bailarina está radicada actualmente en Londres.

Hoy y el domingo la bailarina rusa Natalia Osipova interpretará el rol de Giselle en la obra homónima con la que el Ballet del Colón inició hace una semana su actual temporada. Osipova es una de las diez primeras bailarinas del Royal Ballet de Londres y una artista inmensamente admirada en todo el mundo.

En los primeros minutos de la entrevista, su actitud un poco distante provoca cierta inquietud. Pero casi inmediatamente la tensión se afloja y todo discurre de la manera más fluida, aun con la barrera del idioma: si bien vive en Londres desde casi diez años y su marido, el bailarín y coreógrafo Jason Kittelberger, es estadounidense, Natalia prefiere hablar en su lengua nativa -intérprete de por medio- porque le permite expresarse mejor. Por otra parte, ha pedido previamente que no se le hagan preguntas sobre la actual guerra entre Rusia y Ucrania.

Natalia Osipova nació en Moscú en 1986; sus padres venían de una pequeña aldea y se establecieron en la ciudad para encontrar mejores oportunidades de trabajo. Cuando era muy pequeña, Natalia ingresó a una academia de gimnasia, pero allí sufrió un accidente y tuvo que abandonar la formación muy en contra de sus deseos.

Luego, a los diez años y por iniciativa de sus padres, entró a una escuela de danza vinculada al Teatro Bolshoi. Odiaba las clases de ballet, lo que para su familia era una aflicción terrible porque en su barrio vivían adolescentes que consideraban poco recomendables y no querían que la niña hiciera una vida en la calle.

Natalia continuó llorando y escapándose de la escuela de danza, pero decidió continuar hasta los 18 años; entonces empezaría a estudiar medicina o cualquier otra profesión lo más diferente al ballet que pudiera encontrar. Bailar le parecía una tontera que no le servía a nadie.

Pero a sus catorce años comenzó, en la misma escuela, un curso sobre la interpretación en la danza y sobre cómo poner alma a los personajes. Las cosas cambiaron radicalmente y encontró que llevar belleza y emoción a la gente también tenía un sentido. En 2004 ingresó al Ballet Bolshoi y en 2005 hizo su primer papel solista. Una Giselle que conserva la frescura

-Interpretó desde muy joven y muchas veces el rol de Giselle, ¿qué le fue dando el paso del tiempo a su interpretación?

-Mucho; por empezar, la madurez y la experiencia que te da únicamente el paso del tiempo, no sólo en la danza sino en la vida en general. Pero también hay que poder conservar la frescura del personaje en el primer acto; ella tiene alrededor de 15 años y Albrecht es su primer amor. Suelen decirme que mi Giselle parece muy joven cuando la interpreto y esto también es el resultado de la experiencia. Desde la primera vez que la bailé quise hacer mi propio camino con el personaje, porque no quería que se pareciera al de ninguna otra bailarina.

Un paréntesis curioso sobre su pasado afectivo: Osipova y el bailarín ucraniano Serguei Polunin se conocieron y enamoraron mientras interpretaban juntos precisamente Giselle con el Ballet de la Scala de Milán en 2015. Ambos estaban en la cúspide de sus respectivas famas, pero nunca se habían encontrado. Polunin no es sólo conocido por sus fabulosas dotes como bailarín, sino también por sus declaraciones homofóbicas -que provocaron enormes reacciones en las redes y cancelaciones de sus contratos, como en la Ópera de París-, así como por su admiración hacia Donald Trump, sus adicciones y sus extensos tatuajes, que incluyen una imagen de Vlamidir Putin en el centro del pecho. La relación sentimental se prolongó hasta 2018.

Después de abandonar el Ballet Bolshoi en 2011, Natalia Osivopa asumió diferentes compromisos artísticos y en 2013 se unió al Royal Ballet de Londres. Su repertorio se ha proyectado también hacia la danza contemporánea: el coreógrafo israelí Ohad Naharin creó dos dúos para ella y en el futuro próximo hay un proyecto con el anglo-bengalí Akram Khan. Ambos son personalidades absolutamente top en la escena de la escena contemporánea internacional.

-¿Qué le dio la danza contemporánea?

-Había hecho ya en el Bolshoi, en mi última etapa, algunas obras de coreógrafos actuales; el director en aquel momento tenía una mente abierta e invitaba a gente de afuera que me hizo conocer un mundo distinto. Y luego, en el Royal Ballet bailé creaciones de Mats Ek, que me fascina por su precisión y por la importancia que le da a los detalles, y también de Sidi Larbi Cherkaoui que tiene un vocabulario muy diferente. Mi formación viene del ballet, pero la danza contemporánea me abrió otros caminos.

-Muchos coinciden en describirla como una de las mejores bailarinas, e incluso la mejor, del mundo, ¿Qué representa eso para usted?

-¿La mejor? (y hace una mueca cómica, como desestimando la idea). Sólo mi papá y mi mamá me consideran la mejor bailarina del mundo. Fui tan criticada en los comienzos de mi carrera en el Bolshoi –escribían que era gorda, baja, que tenía la cabeza grande y las piernas torcidas- que dejé totalmente de leer comentarios sobre mí. No me interesa ser ni la primera ni la mejor. No me importa nada, sólo que llegue al público lo que quiero transmitirle.

Laura Falcoff/Especial para Clarín-Espectáculos

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