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La Niña Verguenza, sábados y domingos en Timbre 4

Manuela Amosa interpreta este unipersonal que ella misma escribió.

La perspectiva de género se abre camino, reformula vínculos y cuestiona mandatos. Y sin dudas, el teatro, especialmente el independiente, es uno de los espacios que viene registrando este proceso de cambio al mismo tiempo que refuerza el debate. La niña vergüenza es, precisamente en ese sentido, una de esas propuestas que vuelve a poner sobre la mesa la violencia hacia la mujer a través de la combinación de un relato crudo con una estética que logra hacer más soportable el dolor.

Escrita e interpretada por Manuela Amosa y dirigida por Tamara Kiper, la obra pone en escena a una mujer que sufrió de cerca un abuso intrafamiliar y se sumerge en sus recuerdos para sanar. “No sé cómo me llamo. No es una forma de decir, ni un chiste. No lo sé. No me llamo de ninguna manera. Cuando nací mi mamá no me puso ningún nombre”, revela. Y con ese tipo de anécdotas brutales va hilvanando los acontecimientos y experiencias vividos para despojarse de la vergüenza que, como un estigma, se le hizo carne.

Amosa encarna al personaje desde la ambigüedad de ser niña y mujer al mismo tiempo, porque en la historia el pasado y el presente dialogan de forma inevitable y por momentos se transforman en una misma vivencia. La mujer vuelve al lugar donde transcurrió su infancia, y visita la casa que compartió con su madre y un tío abuelo. El paso del tiempo se advierte en sus ropas: un vestido rojo y zapatos de taco alto que contrastan visiblemente con el mobiliario de campo austero.

Cada elemento en escena se acopla a la narración. En ese viaje a un pasado oscuro, la protagonista recorre el espacio, interactúa con los objetos y les asigna un sentido, y esa interrelación y complementariedad otorgan a la puesta un carácter poético que le da volumen y aire a una trama compleja.

La mujer-niña que vuelve no es la misma que dejó esa casa. Vuelve transformada para contar lo que probablemente guardaba en secreto como quien busca exorcizar un mal del cuerpo. Lo vivido no la desmoviliza, sino que actúa como motor de búsqueda de su identidad negada y vulnerada. Y ella busca transmitir esa liberación. “Esa noche mi mamá sueña por primera vez que de su cuerpo caían dedos de hombre”, relata, para poco después afirmar: “Y yo, y mi hija, y la hija de mi hija y todas las mujeres que vendrán irán desprendiéndose de los dedos de hombre que quedaron allí atrapados. Que todas las mujeres los arrojen. Para que no vuelvan”. Con esas palabras concluye su historia de empoderamiento que quiere convertirse en legado.

Funciones: sábados a las 20.30 y domingos (de septiembre) a las 19, en Timbre 4 (México 3554).

Candela Gomes Diez/Página 12

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