
Kassandra, la ópera de cámara para una intérprete y cinco instrumentistas, con música de Pablo Ortiz y libreto de Sergio Blanco, tuvo su estreno mundial en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC), con puesta en escena de Diana Theocharidis y el griego Alexandros Efklidis. La obra es un encargo conjunto entre el Alternative Stage de la Ópera Nacional de Grecia y el CETC.
El personaje de la mitología griega se sitúa en un contexto periférico e indefinido, como una trabajadora sexual. La escena es despojada y no remite a ningún lugar específico. Unas mesas de bar están distribuidas en el espacio, y los cinco músicos están integrados en la escena como si fueran personajes. La iluminación de Gonzalo Córdova –también a cargo de la escenogra fíatermina de contener y aglutinar los elementos del espacio.
Los mosaicos en blanco y negro en un sector de piso donde transita Kassandra representan el sistema binario que ella desafía cuando asegura que no es hombre ni mujer, sino Kassandra. Y ahí reside el gesto político de la obra.
En esta versión se añade una capa contemporánea y relevante al mito: la única protagonista es una mujer transgénero, la cantante María Castillo de Lima. En 2010 ingresó por concurso de tenores al Teatro Colón y, tras una transición que inició en 2011, dejó de cantar en público como tenor y logró cambiar su registro a soprano, aunque su voz tiene la particularidad de conservar los dos registros intactos.
La soledad y la lucha por ser escuchada está subrayada; la desesperación de quienes poseen una que los demás se niegan a aceptar. La obra también aborda la libertad sexual y la guerra.
Kassandra narra su desgarro, que es la historia de la guerra de Troya, algunos amores con amigos y enemigos, la derrota y la muerte. La lengua en la que se expresa es de una sintaxis deficiente, un inglés de supervivencia.
Castillo compone una Kassanco dra excepcional. Su presencia escénica es potente; en ella se conectan el mito con el presente. La alternancia entre el paisaje mítico y el registro del presente es anunciada con música a modo de interludios, a veces electrónica, irrupciones de una radio o una textura instrumental del quinteto.
El ir y venir de un registro a otro por momentos se vuelve mecániverdad y resta dinámica a la puesta, que descansa absolutamente en Castillo, una performer formidable, capaz de pasar del canto sublime al registro hablado, leer en griego y volver al canto, en un continuo sin fisuras.
El despliegue de su maquinaria catártica y libidinal es magnífico. Con toda naturalidad coloca prótesis de penes sobre la mesa y dialoga con ellos como si fueran sus amantes. Varias capas de memoria se superponen en Kassandra y varias capas de alteridad la recubren.
Bugs Bunny tiene una aparición inquietante: figura de rebeldía y astucia, resuena en aquellos que valoran la independencia y la capacidad de desafiar el status quo. Sobre el final, Kassandra lo invoca y agradece haber sido escuchada.
Sin la inspirada realización musical de Pablo Ortiz resulta difícil pensar esta obra. El compositor logró un trabajo formidable con el instrumento privilegiado de Castillo Lima, eludió cualquier tentación de exhibicionismo con una tesitura inusualmente amplia, que puede producir sonidos graves y registro femenino, y produjo una conexión expresiva entre las palabras y su curva musical.
En la sonoridad del quinteto que integran Lautaro Abrego en clarinete, Luis A. Mariño en violín, Alejandro Beceerra en violonchelo y Oscar Albrieu Roca en percusión hay una reverberación de texturas renacentistas y barrocas que recorren la obra. El quinteto tuvo una actuación impecable bajo la dirección Eduviges Picone.
Laura Novoa/Especial para Clarín
MG Radio 24 Villa Pueyrredón
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