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Kiss sacudió San Pablo y el viernes calentará el Parque de la Ciudad

La formación neoyorquina está realizando su gira despedida.

Kiss, la banda neoyorquina que deja los escenarios tras 50 años de carrera, desplegó su parafernalia para conformar a las 45 mil personas que desde el mediodía del sábado llenaron el estadio paulista Allianz Parque.

Scorpions, Deep Purple y Helloween pasaron antes por el escenario a puro hard rock. Este viernes será el turno de Argentina, con la llegada del Festival Masters of Rock al Parque de la Ciudad.

Ahora sí, es la última visita de Kiss, ya que la banda se despide en diciembre y esta será la última vez que Sudamérica vea al grupo. Al menos en este formato y caracterizados. “Kiss con maquillaje va a dejar de tocar”, repiten en cada entrevista de esta gira, el End of the Road Tour.

Kiss subió puntual a las 21. Cuando las luces se apagaron, en las pantallas donde se proyectaban las icónicas letras del logo de la banda se vio una toma aérea del estadio y luego a los músicos en el área de camarines, ya listos para salir al set en medio de los alaridos de los asistentes.

Con la caída del telón y luego del grito de guerra de rigor -“You want the best, you got the best. The hottest band in the word, Kiss!” (“Quieren lo mejor, tienen mejor. La banda más caliente del mundo: ¡Kiss!”), Gene Simmons (bajo), Paul Stanley (voz), Tommy Thayer (guitarra) y Eric Singer (batería) aparecieron en distintas tarimas para cantar Detroit Rock City entre fuegos y explosiones coreografiadas.

Es que ir a Kiss, como se sabe, no es para ver con qué se saldrán esta vez o que temas sonarán. El show es tan previsible como contundente. Los neoyorquinos saben qué ofrecer, el público sabe qué buscar y sabe que lo va a encontrar.

Pirotecnia, vestuario, maquillaje, luces, fuego, láser, pantallas, todo puesto a disposición del artificio que solo ellos generan. Son los campeones del entretenimiento y lo saben.

Las caras de los niños que por primera y por última vez ven a sus ídolos -y a los de sus padres- desplegar todo su histrionismo caricaturesco lo dicen todo. El show funciona y deslumbra.

Stanley es un domador de serpientes, divierte y se divierte. Canta, toca, baila y charla con el público generando un ida y vuelta que a lo largo del show va in crescendo. Se entrega y busca la complicidad. Es el anfitrión perfecto de la despedida, mientras Simmons hace gala del revoleo de la lengua más larga del rock.

Es una despedida y Stanley lo recuerda. “Hemos venido ocho veces a San Pablo, pero esta es la última”. Sin embargo, no es un final triste ni nostálgico, sino de fiesta. Los Kiss saben ser anfitriones de su propio adiós y aportan todos los ingredientes para que en la celebración no falte nada. Hay ritual “satánico”, escupida de sangre y tirolesa sobre el público.

Pero son ellos; el show los rodea, los envuelve y los hace parte pero no dejan de ser cuatro músicos de rock haciendo buenas canciones. Son autorreferenciales y no descuidarán jamás su marca, pero el cotillón va por fuera y se sostiene porque la fórmula no falla. Kiss es espectáculo, pero también son dos guitarras, voces, bamana jo y batería. Ni más ni menos.

A lo largo de las casi dos horas de concierto, hubo solos capaces de destruir naves espaciales, baterías elevadísimas y duelos de riffs mientras la lista avanzaba. War Machine, Heaven’s on Fire, I Love it Loud, Psycho Circus, I Was Made For Lovin’ You, Beth y Rock and Roll All Nite fueron de las canciones más coreadas en un show que nunca bajó la intensidad.

Kiss fue la frutilla del postre de una jornada de celebración del género. Siete bandas se presentaron desde las 11.30 de la mañana para, casi sin respiro, convertir al sábado en una maratón de alto volumen.

Se sabe que los shows de metal y los de Kiss en particular no suceden solo en el escenario. Lo que generan es una fiesta en sí misma que convoca a su público a celebrarlos en todo sentido. Así, los alrededores de estadio se convirtieron en la sede del peregrinaje de las 45 mil personas –similar número se espera en el Parque de la Ciudad- que con vestimenta, accesorios y maquillaje a tono con el género iban ingresando al predio.

La cita reunió a un público fiel que transitó el día con pasión metalera. No hay audiencia más entusiasta ni tradicionalista que la del heavy y el rock en todas sus vertientes. Padres y madres con sus hijos pequeños pintados a lo Kiss, grupos de amigos con cabelleras anaranjadas como calabazas, rockeros de la vieja guardia que conservan sus pelos largos y sus viejas remeras negras de Deep Purple, en una sana y festiva convivencia.

Después de pasar por Colombia, México, Chile y Brasil, el Masters of Rock llegará el viernes a Buenos Aires. Además de Kiss, tocan Scorpions, Helloween, Deep Purple y Avantasia, más los locales Horcas. La cita será desde las 14 en el Parque de la Ciudad (Av. Gral. Francisco Fernández de la Cruz 4000) con entradas que van desde los 23 mil a los 57.500 pesos (costo de servicio incluido).

Además se suma el side show de Avantasia, la banda de metal sinfónico liderada por Tobias Sammet, el jueves en el Teatro Gran Rivadavia. de power metal desplegó sobre el escenario su calabaza gigante, tras una desordenada caída del telón, que dejó ver la batería de Dani Löble.

A lo largo de un set que incluyó sus clásicos Perfect Gentleman, Best Time, I Want Out, entre otros, se encendió un público fiel como el que en octubre desbordó el Luna Park. La banda ofreció un concierto de una hora que alternó entre los duelos instrumentales de las tres guitarras al frente y los vocales de los legendarios Kai Hansen, Michael Kiske, y Andi Deris.

Promediando la tarde, Deep Purple arrancó con su clásico de 1972 Highway Star, y presentó a su nuevo guitarrista, Simon McBride, que desde el año pasado reemplaza a Steve Morse. McBride desplegó todo su arte y se plantó frente al público como si se tratara de un histórico.

Referentes del heavy metal y el hard rock, imprimieron su sello en el festival con poderosos solos de guitarra y teclados y los agudos inconfundibles de Ian Gillan. La banda no dejó de lado sus clásicos indiscutidos como Uncommon men, dedicada al fallecido ex miembro Jon Lord; Smoke on the Water o Hush en uno de los momentos más festejados del show.

Ya con la caída del sol fue el turno de Scorpions. La banda alemana mostró en la pantalla central su gran escorpión animado y arremetió con una buena dosis de hard rock.

Aunque a su vocalista Klaus Meine no se lo vio con la misma energía que a sus compañeros, gracias a las visuales y a la pericia de sus guitarristas Rudolf Schencker y Mattias Jabs, y al incansable Mikkey Dee en la batería, la banda oriunda de Hannover dio un concierto poderoso que emocionó a sus seguidores y recorrió grandes clásicos de su carrera.

Wind Of Change con el estadio coreando y celulares encendidos en mano, fue un lindo momento, como el bis que incluyó el clásico Still Loving You y el poderoso Rock You Like A Hurricane. Además, presentaron temas de su último disco, Rock Believer.

La pantalla central que ofició de telón de fondo de Scorpions fue de lo más impactante de la noche por sus efectos 3D y las composiciones (televisores, parlantes, los suburbios de Nueva York y hasta la bandera de Brasil) que acompañaron cada tema y levantaron la vara de la performance.

Cabe destacar que en San Pablo, algo que aun en Buenos Aires no se termina de aceitar, además de los conciertos, se vive “una experiencia” de entretenimiento pura. Ingresos ordenados para consumir comidas y bebidas (sí, se toma cerveza y no se vio ningún desmadre) hay puestos fijos y vendedores bien señalizados que recorren el predio con posnet y bebidas en mano evitando filas innecesarias.

El viernes será la despedida de Kiss de la Argentina. Como en Brasil, tendrá todos los condimentos de una receta infalible. La mesa está servida. Que sea rock y que sea show.

Majo García Moreno/Enviada especial de Clarín

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