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King Crimson, una aceitada máquina de rock progresivo

La banda británica liderada por Robert Fripp brindó dos shows en el Luna Park de excelente factura.

Una aceitada maquinaria de precisión funcionando sobre la base de siete engranajes perfectos. Quizás sea esa la definición más cercana que pueda explicar esta encarnación de la banda británica King Crimson, quienes se encuentran festejando los 50 años del lanzamiento de su primer álbum, el aún vanguardista In The Court of the Crimson King.

Las raíces del sonido de esta banda, liderada por Robert Fripp, habría que buscarlas antes bien en ciertas formas del más áspero free-jazz junto con algunos de los experimentos sonoros de Karlheinz Stockhausen, padre de la música electroacústica. Surgidos junto con la llegada del hombre a la Luna, King Crimson comienza su propia carrera espacial a través de un manifiesto futurista y demoledor: el tema 21st Century Schizoid Man ( Hombre esquizoide del Siglo XXI), que no por casualidad cierra sus shows en esta nueva etapa.

Al igual que sucede con otras grandes bandas del rock, Crimson ha tenido diferentes formaciones que gestaron distintos fanatismos. Y al igual que sucede con Purple en su alineación “Mark II”, la más clásica y entrañable posiblemente sea la que conformaron el propio Fripp en guitarra junto a John Wetton (bajo), David Cross (violín, mellotrón) y Bill Bruford (batería), aunque el público argentino se ha inclinado por aquella donde militaba el eximio guitarrista estadounidense Adrian Belew.

Por eso, a una gran parte del público local (junto con algunos periodistas especializados) le pareció sospechosa y sintomática la ausencia del ex guitarrista de David Bowie en esta formación. Pero la realidad de Crimson es muy otra. Señalado como tirano por algunos músicos, endiosado por diversos cronistas, alabado y criticado en partes iguales por audiencias y colegas, Robert Fripp es el titiritero que maneja los hilos de la agrupación a su antojo. Es el ventrílocuo de chaleco y corbata que sin mover las comisuras de los labios (apenas para esbozar alguna que otra sonrisa), desde el fondo del escenario hace hablar al resto de sus acompañantes.

Viendo a King Crimson en acción y contemplando al mismo tiempo la cara serena e inexpresiva de Fripp uno termina pensando cómo puede ser que tanta música disonante, vanguardista y sensible haya podido salir de esa cabeza rapada.

Pero Fripp no es solamente el faro de un estilo de tocada muy particular, shiham (maestro de maestros) de una escuela de guitarristas que incluye a varios discípulos argentinos. Es también la mente marketinera que decidió poner tres bateristas al frente del escenario con la insana intención de demoler cualquier resistencia externa. Y esa decisión que pudo haber transformado sus shows en un páramo pletórico de aburrimiento, logra, en base a la mas perfecta sincronización, que los ojos del público se muevan como si estuvieran ante un partido de tenis en la final más salvaje de Roland Garros.

Nadie quiere perderse detalle (y detalle es la palabra que define a su arma secreta) de este combo infernal que toma a los sentidos humanos por asalto. El bajista y stickista Tony Levin (lo pueden ver en los créditos del Double Fantasy de John Lennon) es el muro de granito sólido que sostiene todo el andamiaje por donde se mueven como hormigas laboriosas los vientos de Mel Collins (viejo colaborador de la banda) y las guitarras de Jakko Jakszyk (yerno de Michael Giles, primer baterista) y del propio Fripp, quien a su vez y como es tan distintivo del ambiente crimsoniano, aporta su sonido de mellotrón para que la fiesta sea completa.

Acá no interesa tanto si en la lista de temas del show figuran clásicos como Islands (maravillosa y delicada versión donde el saxo de Collins nos hizo olvidar aquellos sutiles destellos de trompeta de Marc Charig, en el original de 1971) o como Easy Money, Indiscipline o incluso el melancólico y sutil Starless. Porque todo el show bien podría tomarse como una sola obra conceptual, muy al estilo de lo que esas bandas de rock sinfónico y progresivo (Crimson incluido) solían hacer en los años setenta.

Eduardo Barone/Clarín

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