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Luis Salinas, tras su paso por Francia, toca esta noche en el Teatro Devoto

Luis Salinas, tras su paso por Francia, toca esta noche en el Teatro Devoto

Mesita cerca de la ventana. Café con espuma. Teléfono en mano. Luis Salinas eligió el bar de enfrente de su casa para parlamentar de la música y la vida con Página/12. Poco le cuesta hacerlo, por cierto. Le gusta la expresión. Las palabras. Disfruta del desarrollo, como cuando toca. Sutilmente, elige por dónde empezar. Por algo que él mismo denomina “mezcla de sensaciones”. “Acabo de llegar de Francia, una experiencia hermosísima”, cuenta, y contrasta aquello con el paupérrimo panorama cultural que atraviesa la Argentina de hoy. “Está difícil acá, che, hay que pelearla todo el tiempo. Mi viejo me decía ‘ustedes viven de lo que les sobra a la gente’. Y claro, porque cuando a la gente le sobra, va al teatro, va a escuchar música, etcétera. Pero cuando hay crisis como ahora, eso desaparece y hay que pelearla el doble”.

Justamente con esa pelea diaria tienen que ver los tres recitales que el eximio guitarrista nacido en Monte Grande y criado en Villa Diamante tiene previsto ofrecer en Buenos Aires, tras la experiencia en Francia, donde participó –entre otros encuentros- en el Jazz Festival Forbach. El primer show de la trifecta a guitarrera será este viernes 29 de mayo a las 21 en el Teatro Devoto (Lincoln 3815). El segundo, el viernes 5 de junio a las 20 en “La Moreno de Bernal”, biblioteca ubicada en Belgrano 450 de esa localidad. Y el tercero en La Trastienda, el miércoles 24 de junio, día en que Salinas cumple 69 años. Cumple y dignifica.

“Se trata de tocar con mi gente un poco de nuestra música. Estos conciertos son como un reencuentro con la Argentina. Yo luché mucho por la libertad artística, y eso es lo que se va a escuchar, más allá del repertorio que elija”, que mechará piezas de Hay que seguir, su más reciente disco, con otras de su frondoso acervo, junto a Javier Lozano, Juancho Farías Gómez y Alejandro Tula. “Una vez alguien me dijo `mirá que la música es un sonido que después le empezaron a poner nombres, como los colores’. Por eso, me llevo mejor con los que sienten la música que con las que los que la entienden. Y trato de tocar para esa gente, porque los músicos estamos en el mundo para sentir y hacer sentir. Si logramos eso, comunicar con la verdad, podemos dormir tranquilos”

-¿Pasó eso en Francia? ¿Pudiste dormir tranquilo allá?

-Sí, porque fue una experiencia maravillosa desde lo guitarrístico. Junto con España, Francia es uno de los lugares más difíciles para tocar, porque todos son como émulos de Django Reinhardt ¿viste? Dejó un tremendo legado, el tipo. Vayas donde vayas aparecen pibes que se tocan todo. Es como era antiguamente con nosotros, que nos juntábamos en algún lado para guitarrear y se daban cosas mágicas.

¿Qué elegiste tocar en ese territorio difícil, como decís? Vos manejás un repertorio ecléctico. Tenés tango, folklore, latin jazz, bossa, fusión… ¿elegís por dónde ir según el contexto?

-Exactamente. Una vez yo estaba haciendo una nota tratando de explicar mi libertad artística, y pasó Rubén Juárez por al lado me dijo “no expliques tanto, tocá“ (risas). Yo soy la consecuencia de todo eso que escuché y viví y después salió mi forma de tocar y de componer. También de ir a la esencia de cada música, porque yo tocaba el carnavalito de una manera antes de ir a Tilcara y de otra después. Lo mismo con el chamamé. Entonces, sí, volviendo a la pregunta, toco teniendo en cuenta el contexto.

Algo más dice Salinas sobre su reciente viaje al país galo. Que lo custodiaban dos tipos “como si fuera Mick Jagger” mientras caminaba por las calles es lo más gracioso. “Yo no necesito ninguna custodia, no estoy acostumbrado. Si alguien me viene a saludar, lo quiero saludar y ya está”, ríe. Luego vuelve la memoria hacia sus pagos y recala en el viejo y querido Oliverio, donde se hizo entre zapadas, amigos y copas. “Voy a contar una cosa de Oliverio que nunca conté. Fue cuando jugaron Argentina y Brasil por el mundial `90”, tira. “Luego de tocar durante toda la noche anterior nos fuimos a desayunar, después alguien sugirió hacer un asado el día del partido y, tras todo eso y sin dormir, volví a tocar en Oliverio ¡hasta la mañana del otro día! Tremendo”.

-Una locura. ¿Cómo lograbas hacer esas cosas, además de por la edad?

-Es que te ponías a tocar y de repente empezaban a subir músicos que estaban abajo con unas ganas tremendas de sumarse. Con una energía que me cargaba a mí. Me energizaba eso. Fue una pena cuando el bar se convirtió en Oliverio Always y al año dejó de existir. Pero sigue en mi corazón, por supuesto.

-¿Qué más sigue en tu corazón que provenga del pasado?

-La primera vez que viajé en avión.

-Que te fue a despedir toda la familia al aeropuerto, sí. Lo contaste en una nota anterior con Página/12.

-Sí, sí. El destino era Suecia y en esa época, para mí, ir a Suecia era como ir a Marte, ¿viste? En fin, estuve un mes allá y, bueno, fue muy gracioso, porque una de las críticas era que yo no paraba de tocar. Y no paraba de tocar, porque escuchaba a Charlie Parker, a Coltrane, todo eso, y dejaba que fluyera, a veces con más suerte, a veces con menos, pero siempre dejando todo y tocando con la verdad, con lo que siento. No hago ningún disco pensando en ganar un Grammy o un Gardel. Simplemente hago los discos que siento hacer, en el momento que lo siento.

El último disco de Salinas se llama Hay que seguir. Es un homenaje a Silvia Alegre, la fallecida madre de su hijo Juan. Lo publicó el año pasado. Es quíntuple, como su antecesor El tren. De los cinco discos, uno es de música argentina; dos son de latin jazz y fusión; uno, de guitarra sola; y el restante lleva como plus las participaciones del mencionado Juan y su hija Rita. “Cuando grabamos la versión de `Hay que seguir’ sentimos que Silvia estaba ahí, con nosotros. Era el tema más fuerte del disco y por eso le puse así, porque sentí que ella me estaba diciendo que había que seguir”, repasa el guitarrista que tocó con BB King y con todos.

“Del resto de los temas, es para hacer una charla larga, porque cada uno tiene su por qué. Hay un homenaje a Joe Pass; otro a Papagayo, el pub donde me inicié; boleros; una versión de “Gricel”, un candombe en homenaje a Uruguay; una versión de ‘Cinema Paradiso’, que cada vez que veía la película me hacía llorar. En fin, todo vinculado a mi historia… Es un disco realmente fuerte”.

Cristian Vitale/Página 12-Espectáculos

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