
Juana Molina atiende el teléfono y de fondo, en su casa de General Pacheco, se escuchan los pájaros. El ambiente sugiere un patio amplio, con césped abundante y cierta calma conurbana. Desde ese lugar, la cantante, compositora y actriz va construyendo una música con un halo de misterio, introspección, arrojo, paciencia, y un paisaje que ofrece melodías mántricas y oníricas. Después de un proceso creativo que se extendió durante seis años, con ideas y vueltas, la artista argentina con alcance internacional acaba de publicar su octavo disco, Doga (2025), que presentará mañana, el viernes y el sábado a las 21 en La Trastienda (Balcarce 460). “Siento la música de una manera en la que todo lo demás deja de existir. Entonces, que haya una idea intelectual detrás de la música me resulta inconcebible, e incluso molesto y contraproducente”, sostiene Molina sobre su relación intuitiva con la música y el acto creativo.
La musicalidad de Juana Molina encuentra un equilibrio entre sonidos electrónicos (sintetizadores, programaciones) y orgánicos (guitarra, bajo, batería, voz), pero siempre se distingue su sello personal. En estos años, la cantautora forjó una identidad propia y no resulta fácil asociarla a géneros definidos, o encasillarla en algún circuito o escena. De alguna manera, abrió su propio camino artístico y persiguió sus propias reglas. En 2021, de hecho, creó junto a su manager, Mario Agustín González, su sello discográfico propio, Sonamos (ver abajo), con el que editó su reciente disco de forma independiente. Con la producción artística de Emilio Haro y Molina, Doga es un material de once piezas experimentales, imprevisibles y lúdicas.
La génesis del proceso compositivo se remonta a 2019, durante la preparación de una serie de conciertos bautizados Improviset, que Molina brindó junto al tecladista Odín Schwartz. “Hay dos o tres temas que quedaron de esas improvisaciones. Son ‘Indignan a un zorzal’, ‘Rina soi’ y alguna más. Se usaron muchas grabaciones distintas con distintos estados de ánimo y formaciones instrumentales”, le cuenta a Página/12. “Me gusta mucho improvisar. Todas nacen a partir de improvisaciones. Lo que pasa es que al fraguarse en una grabación después parecen arreglos. A partir de la exigencia de grabar más y más seguían apareciendo cosas”, dice.
“Uno es árbol/ Uno no es árbol dormido en desárbol”, canta casi susurrando en la primera canción del disco, “Uno es árbol”. Luego, sube un poco el volumen y la adrenalina en “La paradoja”, una pieza que habla sobre el “tiempo que pasa volando”. En “Desinhumano” ensaya una breve reflexión sobre el devenir de la humanidad. “El mono avanza con su afán de ser inmortal/ busca cien años a su maestro y lo halla”, canta. “Las palabras no aparecen hasta que me pongo a buscarlas. Son otro trabajo muy diferente al de la música”, explica Molina. “Las palabras que pongo tienen que disfrazarse de la melodía original. No vienen a decir lo que quieren sino que tienen que decir algo parecido a lo que ya se sugería. Tienen que adaptarse, no tienen que imponerse y sobresalir. La palabra no puede ser más importante que la música porque entonces te distrae del lenguaje de la música, que es otro”, entiende.
Con el arte a cargo del diseñador gráfico Alejandro Ros –un colaborador artístico habitual-, la portada del disco muestra a la cantautora y actriz convertida en una perra con pelaje blanco en medio de la noche, una caricatura que evidencia tanto su espíritu surrealista como su afinidad con el mundo animal y la naturaleza. Hay algo visceral y primigenio en su modo de encarar la música. Ese diálogo también aparece en el nombre de las canciones, como “Una es árbol” o “Indignan a un zorzal”. “Se ve que destilo algo de eso”, desliza. “No sé si es por el lugar a donde vivo. De hecho, en Segundo, por ejemplo, yo me olvidaba el micrófono abierto y muchas veces he grabado cosas con la línea del micrófono. El ‘Mantra del bicho feo’ se llama así porque se paró un benteveo en la ventana y empezó a cantar”.
-¿Cómo fue la experiencia de grabar en Sonorámica, en medio de las sierras de Córdoba?
-Ahí grabamos tres semanas. Después hubo cuatro años de grabar en otros lados. Ese lugar es precioso. Lo que me gustaba de grabar ahí es que no iba a grabar sola. No solo estaba Diego (López de Arcaute) con la batería sino que también había otras personas presentes. Y eso ya me cambia la manera de hacer las cosas. Porque cuando estoy sola hasta yo desaparezco. Cuando estoy sola realmente no hay nada entre la música y yo. Me borro, se desvanece mi presencia. No estoy yo ahí pensando ni haciendo cosas, por eso es tan importante ese momento de soledad. En los conciertos es distinto porque estás recreando algo que ya hiciste.
-¿Fue difícil llegar a estas diez canciones después de todo ese proceso?
-No fue muy fácil porque ya no sabía cómo manejar tanta información. Había muchísimas horas de música, al menos sesenta. Entonces, el año pasado a Mario, mi manager, se le ocurrió llamar a alguien para que me ayudara a definir el disco. Ahí fue que lo llamamos a Emilio Haro; entonces volvimos a escuchar las cosas que había y de a poco fueron decantando según los gustos de cada uno. A él le gustaron más algunas cosas que otras. Con distintos encares y resultados, a mí me parecía que todo tenía posibilidades. Pero de a poco nos fuimos acercando al repertorio. Había canciones que ya sabía que iban a quedar o ya estaban de antes, como “Uno es árbol”. En “Caravanas”, por ejemplo, yo tenía muy clara la armonía y la melodía, pero no sabíamos muy bien cómo se iba a armar el tema. Emilio me hacía grabar mucho: tenía un látigo, y me obligaba a grabar más y más. Cuando grabás mucho empiezan a aparecer más cosas. Fue un proceso de un año la elección final del repertorio.
-Nunca habías trabajado con un productor artístico, ¿no?
-No. Y lo que más me gustó fue esa insistencia en grabar más y más. Emilio se copaba mientras yo grababa y eso fue muy positivo. Me proponía cosas para seguir grabando. Entonces, había veinte tracks de guitarra y eso nos permitía que las cosas cambiaran. Me sacó el jugo hasta la última gota.
-En tu caso, el productor no incidió demasiado en el sonido: sigue siendo un disco de Juana Molina…
-Sí, porque no es que él venía a grabar cosas sino que me decía a mí que grabara. Entonces, necesariamente el resultado tenía que parecerse a mí. Además había muchísimo trabajo previo. Emilio tenía con qué trabajar, no era que había que inventar algo desde cero. Vino a ayudarme a ‘desabrumarme’, porque estaba abrumada con la cantidad de cosas que había. Tenía material como para cinco discos. Entonces, había que decidir sobre qué trabajar. Él se enamoró de algunas canciones en particular más que de otras.
-¿Encontraste un hilo conductor en estas canciones para reunirlas en un disco?
-Creo que los conceptos son a posteriori. Primero trabajás un montón en una cosa y finalmente aparece un concepto. Pero no es una idea previa que uno tiene. Es algo que se desprende de lo hecho. Y justamente compruebo disco a disco que una vez que está terminado el orden de las canciones y sabés cuáles quedan, recién ahí empieza a cerrar todo. También es importante el trabajo de Alejandro Ros en el arte del disco. El que ve primero la tapa y escucha después el disco le parece que hay toda una idea detrás previa a su creación, pero yo siento la música de una manera en la que todo lo demás deja de existir. Entonces, que haya una idea intelectual detrás de la música me resulta inconcebible e incluso molesto y contraproducente. No me gusta cuando hay una intención detrás. Me meto en el lenguaje de la música y a partir de ahí podés encontrás un concepto. Lo máximo que llegué a pensar antes de cualquier disco fue “Voy a hacer algo distinto”. Y para eso tengo que partir de otro lugar. Pero también comprobé que, parta de donde parta, siempre vuelvo a mí.
-¿Tu relación con la música en la composición siempre es desde un lugar inconsciente e intuitivo?
-Sí. Lo relaciono con el lenguaje que proponen los instrumentos y los sonidos. Por ejemplo, con Alejandro Franov, con el que compartimos algunos sonidos -porque tuve mucho tiempo un teclado programado por él-, cuando escuchaba algunas cosas que yo hacía se sorprendía por cómo usaba los sonidos. Entonces, si bien los sonidos me dictan qué hacer con ellos, a Franov le dictan otra cosa. Con el mismo sonido se pueden hacer cosas completamente diferentes.
-¿Y cómo resuena en tu música este contexto social, cultural y político?
-Me parece que lo que hago nunca está relacionado con el mundo que no sea propio de la música. Puede estar viniéndose el mundo abajo, pero llego a un nivel de abstracción muy grande cuando toco. No sé si está bien o está mal, pero es lo que me pasa.
DESTACADOS:
“Cuando estoy sola hasta yo desaparezco. Realmente no hay nada entre la música y yo. Me borro, se desvanece mi presencia.”
“Todas las canciones nacen de improvisaciones. Lo que pasa es que al fraguarse en una grabación después parecen arreglos.”
Sello
Sonamos, pese a todo
A mediados de 2021, junto a su socio y manager Mario Agustín González, Molina fundó el sello discográfico independiente Sonamos. El sello debutó con la reedición en vinilo de Segundo, un disco clave en su discografía publicado originalmente en 2000. Luego, en 2022, llegó la reedición del uruguayo Musicasión 4 1/2 –disco colectivo de candombe beat con Eduardo Mateo y Horacio Buscaglia a la cabeza- en su 50 aniversario. Más tarde llegaron las ediciones de Una linterna (2023), de Candelaria Zamar; y Carolo (2023), de Carola Zelaschi. Y en agosto de este año, Sonamos y Vademécum publicaron Spinetta, el libro de fotografía de Eduardo “Dylan” Martí dedicado a su amigo y compañero de aventuras.
“La idea del sello fue de Mario. Nos conocimos hace nueve años y nos hicimos amigos muy rápidamente. Los dos tenemos la misma intensidad y sentimos el mismo amor por la música”, cuenta Molina. “Cuando aparecieron las cintas de Musicasión, él no sabía muy bien qué hacer y se le ocurrió que las podía editar. La única persona con la que podía hacer eso era conmigo, porque crecí escuchando ese disco de Mateo. Estaba escrito que teníamos que editarlo nosotros. Entonces, me prendí en seguida en esa idea y decidimos hacer un sello, con el que vamos experimentando de manera diaria y acomodándonos también a las situaciones tan difíciles del país”, explica.
“Queremos hacer cosas bien hechas y que les sirva a todo el mundo, al que lo hace y al que lo compra. Que la calidad del disco sea buena, que la tapa sea buena, que la información esté completa. Mario es un investigador y archivista con muchísima curiosidad”, resalta. En este momento se encuentran trabajando en la edición de otro libro de música. Será de texto, no de fotografías. “Va a ser una bomba atómica, pero si hablo me retan”, bromea.
Regreso
Volver a actuar
Después de un largo tiempo de no trabajar oficialmente como actriz y de rechazar muchos proyectos televisivos, este año Molina regresó a la actuación con un personaje en la serie de Netflix En el barro, un spinoff de El Marginal. Si bien dudó en dar el sí de manera inmediata, finalmente se sumó al proyecto. En la serie dramática de Sebastián Ortega, Molina interpreta al personaje de Piquito, una interna que se crió en la calle. “Fue muy linda la experiencia, realmente la pasé muy bien. Estoy contenta de haberlo hecho”, resalta la música y actriz que en los ‘90 protagonizó el recordado programa humorístico Juana y sus hermanas. “En realidad no tenía ninguna expectativa, no pensé ni en que la iba a pasar bien o mal. No esperaba nada en particular y la pasé muy bien”, completa sobre el nuevo proyecto.
-¿Y ahora te dan ganas de seguir actuando en series o programas de televisión?
-No sé. Ni sí ni no. No tengo una respuesta.
Sergio Sánchez/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón
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