Isabel Allende y Mi Nombre es Emilia del Valle, su nueva novela

Isabel Allende y Mi Nombre es Emilia del Valle, su nueva novela

La escritora Isabel Allende (Lima, 1942) no estaba del todo convencida. Su agente le recomendaba titular la nueva novela Mi nombre es Emilia del Valle, pero a ella le parecía demasiado largo. “Yo prefería algo breve, pero por suerte no me hizo caso”, se ríe ahora, cuando rememora ese tira y afloje. El título concentra las claves más importantes de esta historia de iniciación, protagonizada por una joven periodista que enlaza su biografía a la estirpe de los Del Valle (quienes conocen la obra de la chilena, la tendrán presente).

La autora de La casa de los espíritus, Hija de la fortuna y Retrato en Sepia recupera personajes de aquellas novelas y les permite reaparecer aquí para enlazar sus recorridos con los de la intrépida y valiente Emilia del Valle, hija de una exmonja irlandesa y un arisque tócrata chileno que las abandonó. A sus 19 años, la chica, impulsada por su padrastro, comienza ganándose –a fuerza de talento– un espacio en los (masculinos) medios de comunicación de fines del XIX y decide viajar a Chile para cubrir como corresponsal la guerra civil. Hay otros motivos para esa travesía, más personales, íntimos.

Dicen las biografías que Allende tiene 82 años, pero podrían decir que tiene muchos menos y nada cambiaría. Es divertida, franca, incluso cercana durante la entrevista, y responde con entusiasmo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si las preguntas fueran sorprendentes, como si ella no fuera una autora celebérrima, que conoce cada milímetro de su universo profesional y este intercambio con Clarín, parte de su trabajo.

–El título tiene un sentido al inicio, pero tras la lectura se resignifica. ¿Cómo llegó a ese enunciado de autoafirmación?

–Yo me opuse un poco al nombre porque me parecía muy largo. Me parecía que bastaba con que fuera, por ejemplo, Mi nombre es Emilia. Lo conversé con mi agente y me dijo que era muy importante el apellido porque, por un lado, conecta con los otros personajes Del Valle, pero además porque ella, al principio de su trabajo como periodista, debe firmar con nombre de varón porque no es respetada por el hecho de ser mujer y su nombre no vale nada. Es solo después, a medida que transcurre la novela, que ella logra afirmar su nombre y también su personalidad.

–También aparecen ahí sus raíces familiares con Chile, porque Del Valle es el apellido del padre, que la madre insiste en dejarle, aunque ese padre las abandona.

–Es un poco lo que me pasó a mí con mi padre, que desapareció muy temprano en mi vida. Sin embargo, el apellido Allende siempre fue el de mis hermanos y el mío. Y nunca me lo cambié: ni cuando me casé ni tampoco cuando trabajaba como periodista. Siempre fue Allende. Hay una escena que la pensé mucho y que es cuando ella se encuentra con su padre. Me acordé de mi propia experiencia. Yo a mi padre no lo conocí: mi mamá destruyó todas las fotos de él, yo no tenía idea ni de cómo era y nunca se habló de él. Un día, cuando estaba trabajando en la revista Paula, debo haber tenido 28 años, se murió un señor en la calle de un ataque al corazón y era mi padre. Y me llamaron para identificar el cuerpo. ¡Pero yo no podía identificarlo porque no lo conocía! Entonces, me pregunté cómo sería el encuentro de Emilia con este hombre que la engendró y que no le dio nada, ni quiso saber de ella, como mi padre, que nunca quiso saber de mí. Y Emilia llega ahí con la influencia de su padrastro, con su generosidad, y se encuentra a un padre muy enfermo, casi muriéndose. Y por eso se le abre el corazón, y aparece la compasión, el entendimiento y la pena porque este hombre perdió la vida haciendo estupideces y no dejó nada.

–En el caso de Emilia, ese apellido la emparenta con personajes bien conocidos por sus lectores. ¿Por qué decidió recuperarlos?

–Estos personajes son intrusos. Vienen y se meten sin permiso. Y de repente, ahí por la página 60, me vengo a dar cuenta de que a esta persona ya la he visto antes. ¡Y es que ya se me metió de nuevo! En esta novela, es cierto que hay un personaje de otras novelas que es Paulina del Valle y que ya estaba en Hija de la fortuna. Paulina del Valle está inspirada en mi agente Carmen Balcells. Cuánto se le parecerá ella misma se reconoció y me dijo: “Esa soy yo”. ¡Y era! Carmen, como Paulina, era buena para los negocios, grande como persona, generosa, atrevida, todas esas cosas.

–Pero es otro momento en la vida de Paulina.

–Claro, aquí es una matriarca de vuelta en Chile y después sigue Retrato en sepia, donde ella ya está vieja. Además, me encantó la idea de que se casara con el mayordomo porque es un desafío al arribismo social de Chile.

–¿A qué se refiere exactamente con la idea de arribismo?

–Chile era una sociedad, sobre todo en aquella época, de estratos sociales. Y funcionaban casi como las castas en la India: era muy difícil ascender de una casta a otra. No alcanzaba el dinero, por ejemplo, sino que sucedía por lo que se suponía que era la legitimidad de pertenecer a una familia, tener determinado apellido. Entonces había inmigrantes, por ejemplo, árabes, que hicieron fortunas en Chile y costó tres generaciones que fueran aceptados. Así, había una especie de orgullo de clase. Por supuesto, ahora la sociedad es mucho más permeable y ha cambiado mucho, pero todavía hay una estructura clasista.

–Esa estructura está presente en la novela y Emilia tiene un apellido paterno de alcurnia, aunque sin padre. ¿Cómo se relaciona ella con ese apellido?

–El presidente José Manuel Balmaceda Fernández, que aparece en la historia, era un hombre distinguido de la aristocracia, dueño de infinitas tierras, que pertenecía a esa clase social. Emilia pregunta en la novela si alguien de clase media podría ser presidente de Chile. Y le responden que, sí, que podría ser en el futuro, pero que por el momento es muy difícil. Emilia nunca piensa que el apellido le va a servir para nada, hasta que se da cuenta de que es la puerta para entrar a esferas de poder.

–Emilia ve las inequidades que la rodean: son inequidades que siguen estando en el presente. ¿Qué es lo que nos quiere decir, Isabel, cuando nos muestra esto?

–En todos mis libros, los personajes principales, excepto en El plan infinito, son mujeres fuertes que se las arreglan para desafiar al patriarcado. He sido feminista y defensora de los derechos de la mujer desde que me acuerdo. He creado una fundación dedicada a la mujer, ¿cómo no va a haber personajes de esos en mis libros? Emilia es una excepción para su época, pero no es la única. La lucha de la mujer ha sido brutal, se ha obtenido mucho y falta mucho por obtener y, además, hay culatazos de retroceso que nos quitan todo en 24 horas. Aquí en Estados Unidos ahora hay un ataque frontal contra la mujer, que comienza a alcanzar a niños de 10 o 12 años a quienes les meten ideas en la cabeza gracias a internet. ¿Cómo pueden los padres detectar que el niño está metido en esto? Porque le cambia la manera de hablar: empieza a referirse de otras maneras. En inglés ya no dice “mujer” o “niña” sino “female”, o sea, hembra. Y también repite que ellas son todas unas ambiciosas, que lo único que quieren es humillarte, etcétera. Esa guerra contra la mujer existe y toma distintas formas: desde el femicidio hasta otras maneras mucho más sutiles.

–¿Le parece un momento duro para las mujeres y la lucha por conquistar más derechos?

–El movimiento de liberación femenina avanza como cualquier revolución, cometiendo errores y sin un mapa. Uno avanza como puede. Y luego viene un culatazo de retroceso, pero se va avanzando. Nací en una familia patriarcal, autoritaria, católica, conservadora, en el año 1942 en Santiago de Chile, que era el hoyo del mundo. Imagínate que no existía la palabra feminismo. Cuando empecé a trabajar en la revista Paula, era la primera vez en aquel Chile del año 1967 o 1968 que se publicaban temas de interés para la mujer. Solo existía hasta ese momento la revista Eva, que llevaba recetas de cocina y eventos sociales y artículos sobre cómo ser una buena esposa y una buena madre. Desde Paula salimos con notas sobre el aborto, el divorcio, la menopausia, la infidelidad, la droga, la prostitución… temas que no se habían tocado en la vida. Desde entonces, muchísimo ha cambiado.

–¿Cuál es el rol de la literatura en ese proceso?

-Nunca trato de dar un mensaje en una novela. Cuando escribo, paro completamente mi activismo. La novela puede morir, puede realmente arruinarse por un mensaje político, ideológico, religioso o de cualquier otra clase. En una novela, lo que me interesa es contar una historia. Ahora, la historia que escojo contar me importa. Porque voy a dedicarle años de investigación y de trabajo. No podría escribir una novela psicológica interior de una pareja que está en terapia en Nueva York. Porque no tiene nada que ver con mi mundo, no me puedo conectar. Pero puedo escribir una novela sobre una abuela en un mercado en Nepal. Porque ahí me conecto. Ahora, no trato de dar un mensaje. Para nada.

–¿Cuánto de su propia experiencia como periodista le prestó al personaje de Emilia?

–Cuando empecé con el periodismo en Chile, ya había mujeres periodistas muy valientes. Han sido siempre mucho más audaces y notables que los varones. Durante la dictadura, fueron ellas las que hicieron la oposición escrita. Tengo gran respeto por ellas. En el caso de Emilia, en aquella época las periodistas eran muy pocas y estaban dedicadas a las lo que se llamaba “social” porque todo lo que atañera a la mujer se consideraba como inferior. Y esto sigue hasta el día de hoy. Cuando hablamos de la literatura siempre son libros escritos por hombres blancos. Y cuando tú le pones un adjetivo a la literatura, lo disminuyes. Literatura femenina, literatura infantil, literatura…

–¿Sintió usted ese prejuicio en su propia carrera pese al impresionante éxito mundial?

–Pero por supuesto. He adquirido respeto como escritora después de muchos libros y después de vender muchos millones de libros. Que cualquier muchacho que escribe una novela a los 19 años ya tiene respeto. Pero a las mujeres nos cuesta mucho más. Ahora nos cuesta menos que cuando yo empecé porque han pasado más de 30 años y ahora tenemos un boom de la literatura femenina. Nadie se atrevería a decir que porque lo escribe una mujer ese libro es menos. Sin embargo, yo me he encontrado con hombres que, cuando les decía que era escritora, me respondían que le iban a sugerir mis novelas a su mujer porque ellos no leían libros escritos por mujeres.

–Su hermano aparece especialmente mencionado en los agradecimientos por haberla ayudado en la investigación histórica.

–Juan es un profesor de ciencias sociales retirado. Él me provee de casi toda la información básica. Es la única persona con quien converso sobre lo que estoy haciendo. Nunca le digo ni a mi agente ni a nadie lo que hago. Porque quiero tener la plena libertad. Pero Juan me ayuda a a buscar cosas que van enriqueciendo el texto. Tal vez ahora con inteligencia artificial esto sea mejor.

–¿Le interesa la IA?

–Cuando empezó todo este boom, mi hijo Nicolás me dijo: “Mamá, no vas a tener necesidad de escribir porque le pedimos a internet el tema y lo escribe”. Entonces, probamos: le pedimos la historia de un niño, más bien tímido, que tiene una perrita que lo salva del bullying. Y en 10 segundos me escupió el libro que yo ya había escrito, Perla, la súper perrita. Eso te da una idea del potencial.

–¿La entusiasma o le da temor?

–Me entusiasma. Todos esos desafíos me entusiasman.

Débora Campos/Clarín-Espectáculos

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