
El pianista Barry Harris, una de las grandes leyendas del jazz moderno, murió ayer a los 91 años. Un músico de una refinada sensibilidad que, con el paso del tiempo, se convirtió en un sello de su calidad interpretativa. Un artista sencillo, de una sabiduría sin jactancias y una prodigiosa memoria, Harris transmitía una profunda serenidad.
Con más de 70 años en la escena tocó con grandes músicos, como Lester Young, Coleman Hawkins, Miles Davis, Sonny Rollins, Max Roach, Dexter Gordon, Gene Ammons y Sonny Stitt, entre otros, que no sólo hicieron aportes trascendentales a su experiencia musical, sino que lo situaron como uno de los maestros del piano bebop. “Me consideró un pianista de bop, pero hoy diría que soy un músico clásico de jazz; creo que eso me define de manera más acertada”, señaló durante su charla con Clarín a raíz de su presentación en el CCK, en octubre de 2017. Influido notoriamente por el genial Bud Powell, Harris conservó intacto el linaje del bebop con el fraseo ágil y su talento para desarrollar solos de una personal complejidad armónica. A las baladas les dio un enfoque estilísticamente moderno, quitándoles esa sobrecarga de ornamentación para reivindicar de esta manera el valor del espacio y del silencio.
Barry Harris nació en Michigan, el 15 de diciembre de 1929; su madre era pianista de iglesia y lo acercó al piano a los cuatro años, donde comenzó tibiamente a formarse, hasta que en su adolescencia se entregó de cuerpo y alma al jazz.
En su ingreso a ese mundo, Harris recordaba que imitaba nota por nota los solos de Bud Powell, un ejercicio que lo dejaba exhausto y afirmaba que “todos también teníamos algo de Art Tatum, que fue el mejor pianista, sin lugar a dudas”. A mediados de los años ’50, Detroit desarrolló una escuela de pianistas, donde además de Harris, estaban dos grandes artistas como Tommy Flanagan y Hank Jones.
Clarín/Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón