
Una tapa de colores argentinos zurcidos, el sonido conocido para canciones nuevas. Un recurso al que otros artistas han acudido en el pasado, pero siempre llama la atención: generalmente el disco epónimo suele ser el primero (o en el caso de Led Zeppelin, los cuatro primeros), pero hay mucha lógica en que el décimo disco de estudio de Divididos se llame… Divididos. Como en 2000, podrían haber pensado en algo como Narigón del siglo, yo te dejo perfumado en la esquina para siempre, o en el más sintético Amapola del 66 que marcó su última aventura de estudio: sin contar las reversiones de Haciendo cosas raras (2018), quince años de espera que se cortan el viernes 14 de noviembre, cuando el nuevo disco desembarque en plataformas, CD y vinilo.
Pero para qué. Como afirma el cantito popular, EsDivididoslaputaqueloparió. Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella no necesitan más que su nombre para que todo esté claro. El código entre una de las bandas con más horas de vuelo en escenario del historial argentino y su público ya no necesita títulos. Ni explicaciones: hace que, por ejemplo, el trío convoque un miércoles a la proyección del documental Sonidos, barro y piel, la escucha de las doce canciones y una charla con Darío Sztajnszrajber, y el Movistar Arena se llene y haya un fervor similar al de sus conciertos, y se festejen sonidos y palabras, imágenes y silencios. Cómo no se va a llamar así el nuevo disco del trío, si Divididos es… bueno, Divididos. No se necesita más.
De todos modos, el documental ofrece varios intentos de explicación por parte de los músicos. En las charlas con el mismo Sztajnszrajber, Ricardo, Diego y Catriel buscan las palabras para definir la alquimia que los anima a subirse una y otra vez al escenario y que cada noche sea distinta; hablan de hermandad y de familia, de una sincronía que el mismo Mollo amplió más tarde, cuando en la charla pública comparó a la banda con un espíritu de panal de abejas, una célula única en la que ya no hay pensamiento ni análisis sino un dejarse ir en el que algo superior toma las riendas.
Arnedo relata el giro del destino que lo llevó del fútbol al bajo, y los comienzos de su fraterna relación con el guitarrista. Ciavarella, a quien ya nadie ve como “el nuevo baterista” sino como componente veterano y esencial del trío, desata una ovación en todo el estadio cuando desde la pantalla dice “¿Ultimo disco? Si se me permite, yo voy a romper las pelotas para que siga habiendo discos». Todo ello entre oníricas imágenes de Hurlingham y grupos de pibes y pibas dedicados a similares ejercicios de contacto humano como un fulbito de potrero o un taller de pintura.
“Hay que irse un poco más al carajo”, dice Mollo en el documental y lo repite en la charla, que comienza con el filósofo haciendo una alegoría entre Dionisio, Apolo y la liberación de emociones que significa la música del trío. El mismo evento, en la óptica del grupo, encarna algo de ese “irse al carajo”, contracorriente, invitar al olvidado acto de sentarse a solo escuchar. Un album que, ante el interrogante de Darío sobre por qué este disco y por qué ahora, tanto el guitarrista como el bajista resumen en un escueto pero contundente “Porque sí”. “Igual, si pasaron quince años es porque todos sabemos que el tiempo ahora va más rápido”, subrayó a su vez el baterista.
Relajados en un sillón en medio del escenario, donde sobre el final empuñarían guitarras acústicas para cerrar el asunto como correspondía, los protagonistas evitaron esa clase de definiciones grandilocuentes a las que cualquiera en su situación podría acudir. Nada de batir el parche con “el disco del regreso”, esencialmente por aquello que resaltan en el documental y en su propia ética de trabajo: “No fueron 15 años de silencio. La música no tiene fecha de vencimiento y las conexiones siguieron su curso”, detalló Mollo, resaltando una vez más esa obviedad de que basta estar atento a la agenda para encontrar a Divididos tocando en cualquier fecha y lugar cercanos. “Y cuando sentís orgullo por lo que hiciste decís ‘ahora sí’. Así salió este disco.”
Entonces, ¿qué hay en “este disco” celebrado con estruendosos aplausos entre tema y tema durante la escucha popular? Los 12 tracks de Divididos, grabados en cinta analógica (salvo una canción que Mollo no quiso delatar) incluyen cuatro títulos ya conocidos por el público, “Mundo Ganado”, “Insomnio”, “Cabalgata deportiva” y “San Saltarín”, pero resulta interesante verlos jugar en el contexto de un álbum que engaña con un comienzo a media marcha. Lejos de buscar una explosión inicial a la “Hombre en U” o “Alma de budín”, el trío abre el asunto con la cadenciosa “Aliados en un viaje” y un Mollo que reposadamente informa que “Aprendimos a buscar, a cruzar por aguas claras, cielo adentro”, y que “habrá que andar despacio”. Pero a no engañarse, “habrá que estar alerta”: la Aplanadora apenas está calentando motores para un estribillo que eleva la intensidad, da pautas de lo que vendrá. Lo frágil y lo intenso.
Así, entre todo lo que ofrece el opus 10, hay lugar para “El faro”, potente tema que promete altas ceremonias en vivo, pero también para el cierre reposado de “Grillo”, la delicada melancolía de “Vos ya sabrás”, los giros hendrixianos de “Monte de olvidos”; las referencias a Luis Alberto Spinetta con ese “Madre Selva” en “Revienta el Mi Mayor” y los “Recuerdos de Luisito, esa balsa que nunca zarpó” en “Insomnio”; ese midtempo ideal para el lucimiento del solo de guitarra en “Mar de bafles”, la pintura de estos tiempos en “Doña Red” y el mismo “Mundo ganado”, que fue estrenada en 2019 pero en esta era de injerencia estadounidense en la vida argentina redobla su peso: “El cochero sonriente y amable le abre la puerta al virrey actual”.
Y hay más, habrá más que el público fiel sabrá descubrir y apreciar desde la mañana del viernes. Sin explicaciones de ninguna clase, ni de los músicos ni de estas líneas. Porque es Divididos. Y EsDivididoslaputaqueloparió.
Eduardo Fabregat/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón