Derechos Humanos para … es lo nuevo de la argentina Graciela Montes

Derechos Humanos para … es lo nuevo de la argentina Graciela Montes

Autora de más de 70 libros para chicos y ensayos reveladores, traductora y editora pionera de literatura para chicos, Graciela Montes (Buenos Aires, 1947) ahora presenta Derechos humanos para todo el mundo en el marco del regreso de la colección Entender y participar, que nació en 1986, de su mano y la de Graciela Cabal, editada por Libros del Quirquincho. Con ilustraciones de Penélope Chauvié, el nuevo libro se suma a ¿Qué es esto de la democracia? y ¿Cómo se hace justicia?, entre otros títulos de la colección.

–¿Qué cambió en relación a estos temas entre 1986 y hoy?

–Vivimos un tiempo de crisis. Creo que es la razón de que Siglo Veintiuno y Laura Leibiker (editora de Siglo para chicos) hayan decidido esta reedición. En aquel momento el libro hacía falta porque no había reglas claras sobre cómo vivir en democracia. Ahora parece necesario volver a pensar estas cosas, ya desde otro lugar. Tuvimos decepciones: si recordás a Alfonsín y aquello de que “con la democracia se come, se cura y se educa”… Pero hoy hay temas que se están encarando de una manera más elástica. Quiero decir, la República, los tres poderes, la Constitución, están presentes, deben estar, pero vamos algún paso más adelante.

–Pasó agua bajo el puente.

–En 1986 fue la primera vez que se les contó a los chicos, recién vuelta la democracia, qué había sucedido con el terrorismo de Estado. No había mucho para pensar. Era lo que había que hacer.

–¿Te parecía que en 1986 era más obvio que hoy lo que era necesario contarles a los chicos?

–Estaban ya los entramados sociales complejos que han aflorado ahora. Hablo de otras formas de violación de los derechos humanos, de esclavitud, de trata de personas, de violencia de género, del bullying antes del bullying… En aquellos años sabíamos que dos cuestiones, el derecho a la vida y la no discriminación, eran la base para seguir. La discriminación, sentirse de una tribu con derechos y negárselos a otras, es la génesis de casi todas las formas de violencia y de dominación.

–¿Qué no enfocamos bien hoy? Pienso en la vida pública. Por ejemplo, la violencia con la que los políticos se tratan entre sí.

–Este tema es uno de los más delicados de la actualidad. Las redes sociales son como reinas, impunes y maniqueas, y si querés seguidores, tenés que entrar en su juego. Tendremos que recuperar el respeto.

–¿La lectura puede ayudar?

–Si se toma lectura en un sentido amplio, sí. La lectura implica siempre una distancia de lo que se lee, ya sea un libro o la realidad. Tenemos que poder parar, sentarnos en una orilla y mirar. La lectura en serio siempre es crítica, es ponerse en otro lado, y hacerse cargo.

–¿Estamos dejando de pensar?

–El énfasis, en general, no está puesto en pensar, en criticar, en investigar. Antes, cuando se formaba un niño, había una severidad y una rigidez extraordinariamente pesadas. Pero, al mismo tiempo, existía una guía, ciertos autores que había que leer para ir contra eso. Hoy ya sabemos que el paternalismo es pesadísimo pero no sé si tenemos tan claro que carecer de padres también lo es.

–¿Por ejemplo?

–Hablo de dejar a los chicos en una deriva constante. Los adultos tenemos que revisar algunas de las cosas de las que nos hemos sentido liberados. Al menos, los grupos sociales medios y altos urbanos.

–¿Qué cosas, por ejemplo?

–En mis tiempos, los chicos nos pagaban la confitería a las chicas o nos hacían pasar primero. Hoy las chicas se ofenden si sucede esto. Pero ¿no se habrá perdido algo de esa atención del que tiene más fuerza respecto del que tiene menos? ¿No hay algo bueno en reconocer el poder y usarlo bien? Por supuesto, las cosas más hermosas siempre se pueden convertir en horribles. Pero insisto en que cuidemos lo bueno que tenemos. Hay que poder salir de los extremos.

–Debe ser difícil lidiar con lo políticamente correcto, la autocensura y la no bajada de línea cuando escribís para chicos.

–Sí, siempre es difícil pero no hay que claudicar en la honestidad. Los discursos políticamente correctos suelen ser mentirosos así que, finalmente, no nos van a servir. Si un chico pregunta algo que pensás que no podés contestarle, tenés que decirle eso: “Mirá, esto ahora no te lo puedo explicar. Te puedo decir que…” y no inventar algo para salir del paso y armarte una fantasía para conformarte vos y que el chico se arregle. Y acá pienso en los padres que se convierten en amigotes de los hijos.

–¿Nos olvidamos del rol de guía y de los límites?

–Hay cuestiones en las que nos pasamos de rosca. El respeto tiene que ser mutuo. ¿Qué tiene de revolucionario dejar a los chicos a la deriva? No hablo de castigar, sino de hacerse cargo. La disparidad con los chicos existe y los adultos la aprovechan de muchas maneras. Algunos los llenan de golosinas y otros los mandan a robar, o los dejan de hijos permanentes, sin mostrarles capacidades para asumir un papel de adultos. Si no advertimos esa disparidad, no hay remedio. Si la advertimos, tenemos que saber que no se soluciona con adultos que actúan igual que sus hijos.

–¿Alguna vez nos hicimos cargo en la diaria de ese poder?

–No. Porque toda sociedad tiene la fantasía de que la anterior era la que no se daba cuenta de cómo era la cosa. Pero ya estamos grandes. Tendríamos que darnos cuenta de que hay cosas que no podemos manejar de manera trivial.

–Sacudís con tus ideas hace años. ¿Te cansaron las críticas?

–Siempre se cuestiona cualquier cosa que mueve la estantería. Ahora cuando todo es superficial, cuando vas por arriba de las cosas, como al navegar ante pantallas, y nada, nada, te interpela, hay que mover más la estantería.

–¿Se puede mover la estantería en el mundo virtual?

–Internet es deslumbrante. Es Babel. Ahora, hay que tener claro que los algoritmos te limitan un senderito y por ahí vas y venís, vas y venís, te das contra la pared, vas y venís, y estás siempre en el mismo lugar. No abren nada, te encierran. Si a eso le sumas esa cosa facciosa que tenemos, te queda un mundito tan pequeño…

–¿Qué hacemos con los chicos frente a esto?

–No tengo una fórmula. Pero me parece saludable desconectarse periódicamente, como profilaxis. Que los adultos se tomen el trabajo de leer un libro con un chico. Tal vez creemos que esa experiencia será un recuerdo lindo, pero es formativa. Cuando leés con un chico, le enseñás a ir de visita a un mundo que no conoce. Y como los chicos son desprejuiciados, todavía van. El problema es que para muchos adultos es difícil sostener esto.

–¿Leer se volvió difícil para los adultos?

–La cuestión es si realmente nos conectamos con el cuento y con la situación de lectura. Eso no es tan común. ¿Ese cuento me sorprende a mí también o soy nada más que un transmisor? Todo se puede hacer mecánicamente.

–Pienso en El corral de la infancia, en tus planteos sobre los límites entre realidad y ficción, que con la inteligencia artificial parece que se van a esfumar.

–Los humanos nos estamos cargando con más y más automatismos. Es aterrador en tanto resignamos humanidad. Y es tal vez lo más imparable. Por lo pronto, hay que poder entrar y salir de la ficción, no quedarse a vivir ahí.

–¿Cómo se compite con lo virtual?

–Tenés que poder apagar el celular y llevar a tu hijo a la vida real. Los que no nacimos con Internet sentimos que estamos en una especie de mundo antiguo. Podemos recuperar lo bueno de aquel pasado de manera militante.

–¿Militante en qué sentido?

–Sin sesgos. En el sentido de no ir a la plaza con tu hijo por un día para mostrarle cómo era antes y listo, sino de recuperar el placer de jugar con otros cara a cara, de mirar la naturaleza y a los animales… Son formas muy lindas de enseñar a observar.

Judith Savloff/Clarín-Espectáculos

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