
Es difícil no tentarse y vincular el cuarto concierto del Festival Argerich con una dimensión autobiográfica relacionada con su anfitriona. El contenido del programa es contrastante y más que sugerente: la primera parte estuvo relacionado con la mortalidad, la fragilidad de la existencia, y la transformación, en las obras de Giya Kancheli y Richard Strauss. Y en la segunda, la conexión entre la vitalidad arrolladora del Concierto nº1 para piano y trompeta de Shostakovich y la inmediatez de la vida tuvo un efecto de renacimiento si se tiene en cuenta lo que sucedió con la salud de Argerich.
En diciembre, la pianista tuvo que alejarse de los escenarios debido a una deficiencia cardíaca. En enero fue intervenida y en menos de un mes estaba tocando. Ahora, a sus 82 años, como el ave fénix, la leyenda del piano vino con su chispa intacta.
Twilight, una preciosa obra que el compositor georgiano Giya Kancheli escribió en 2004, para dos violines, orquesta de cámara y sintetizador, abrió el concierto. El compositor la escribió cuando se recuperaba de una enfermedad, y la tomó como una metáfora del cambio. La meditación sobre la mortalidad no podría haber tenido mejores intérpretes que Gidon Kremer y Madara Pētersone .
La sombría y conmovedora Metamorfosis, obra de Richard Strauss para 23 cuerdas, se escuchó a continuación en una versión de cámara. Es probable que la reducción no hubiese afectado la densidad expresiva de la obra si la retórica de la música se hubiese escuchado con claridad de principio a fin. No fue el caso.
Pero, en la totalidad, la marcha hacia la transfiguración final funcionó bien. Después lo que se había escuchado, la segunda parte del concierto tuvo el tono de una resurrección.
La afirmación vital de Argerich en el Concierto nº1 para piano y trompeta de Shostakovich dejó sin aliento a la audiencia. En la obra, la inmediatez de la vida se expresa a través de los gestos vitales, el humor, la ironía, lo irreverente, y Argerich los proyectó con la fuerza de su existencia.
Con su virtuosismo chispeante resaltó todo el humor irónico del primer y último movimiento. El impulso rítmico avanzó con la fuerza de un proyectil y una espontaneidad desarmante. Argerich cerró el enérgico y alegre movimiento en el paroxismo de lo vital: se la veía divertida tocando la parodia del Rondo a Capriccio Op. 129, de Beethoven.
El piano, en particular en el último movimiento, se escuchó más solo que acompañado. La orquesta (se mantuvo reducida) sonó tímida y acompañó de manera intermitente el impulso arrollador de la obra. En movimiento lento se escuchó mejor. La disposición de la orquesta en el proscenio (la actual puesta de la ópera de Stravinski ocupa el escenario), con el piano bien adelante, tal vez no facilitó la integración.
El trompetista Sergei Nakariakov, en cambio, fue un extraordinario partenaire. El tema principal en el movimiento lento con la trompeta asordinada fue inolvidable.
Hoy a las 20 será el quinto concierto del Festival Argerich, con Martha en el piano otra vez. Además, el Teatro Colón sumó una nueva función de la ópera La carrera del libertino para el miércoles a las 20.
Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Sylvain Gasançon (director), Martha Argerich (piano) Gidon Kreme y Madara Pētersonen (violines), Sergei Nakariakov (trompeta).
Función 22 de julio, Teatro Colón.
Laura Novoa/Clarín-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón