
“Oh madame, yo sé bien que usted es una verdadera diablesa, pero debo hacerle saber que yo soy Belcebú, el rey de los demonios”. Algo así dicen que le dijo George Frederic Handel a la soprano Francesa Cuzzoni, cuando la primadonna se negó a cantar un aria de Ottone, la ópera que estaban preparando, ofendida porque la consideraba demasiado simple para su talento. Fue en Londres en 1723. Desde entonces, incluso desde antes, ego sobre ego se ordenan los temperamentos en el mundo de la lírica. En lo que el siglo XXI hizo de todo aquello, la soprano estadounidense Nadine Sierra es una de las cantantes más solicitadas en los teatros importantes del planeta, más que por diablesa por su voz de timbre claro, su técnica impecable, su musicalidad refinada, su atractiva figura y su talante juvenil.
El miércoles 3 a las 20, Sierra volverá a cantar en Buenos Aires, en el Teatro Colón, en la última fecha del exitoso ciclo Aura. Junto al pianista Bryan Wagorn ofrecerá un programa variado, con páginas de Gounod, Puccini, Donizetti, Mozart, Verdi y Villa-Lobos, entre otros. Escenas de ópera, canciones y romanzas de distintas épocas que en su variedad reflejan la versatilidad de que su voz, en un gran momento, es capaz de asumir, entre la coloratura del belcanto, la profundidad dramática del verismo. “Me encanta la idea de poder hacer un recital en el Teatro Colón. Esta sala mantiene una energía muy viva. Eso hace que pisar su escenario sea muy emocionante”, comenta a Página/12 la cantante que en la temporada 2022 protagonizó L’elisir d’amore de Donizetti en el teatro porteño. “Es una sensación similar a la que siento cuando canto en el Metropolitan o en el Carnegie Hall en Nueva York”, continua. “Pero más allá de la sala, hay además una emoción que transmite el público. Eso permite una retroalimentación muy positiva para los artistas: sentirnos libres en el escenario, sentirnos felices y sentir que la gente acoge tu actuación. Eso es muy importante”, asegura la cantante nacida en Fort Lauderdale, Florida, en 1988.
Más allá de lo impecable de su voz, Sierra es una cantante que logra una fuerte identificación con los personajes que interpreta en la ópera. Un recital plantea una situación escénica distinta, en soledad y sin aparato escénico, sin embargo para la soprano en la intensidad del intérprete nace el personaje. “Para ser el personaje, hay que abrazarlo”, asegura. “Incluso cuando canto en una producción operística, con vestuario y escenografía, no siento que esos elementos sean fundamentales para realzar la interpretación. El personaje es el cantante, todo lo demás es decoración”, continua. “No creo que llevar vestuario o tener la escenografía a tu alrededor haga que la gente crea en la historia. Lo que hace que el público se involucre en la historia es la actuación y el sentimiento del intérprete. Hay que conectar con el público desde ahí, sin importar lo que te rodea. En un recital estoy sola y eso me gusta, porque tengo la libertad de hacer lo que quiero y expresarme sin inhibiciones. Me gusta mucho el ambiente de recital, a veces mucho más que el de una ópera”.
El amplio repertorio que Sierra propone en este recital es el reflejo de la cuidada evolución de su voz, producto de un trabajo que en los últimos años la convirtió en una magnífica intérprete de Bellini y Donizetti –viene de hacer La sonnambula en el Metropolitan–, además de permitirle abordar roles trascendentes de la ópera francesa –Manon y Juliette– y, naturalmente personajes verdianos para su tipo de voz, como Violetta Valéry en La traviata, que el año que viene interpretará en la Scala de Milán en la reposición de la puesta en escena que en 1990 realizó la cineasta Liliana Cavani. “Mi voz ha cambiado, claro. Ha madurado hacia un tono más oscuro y más dramático, que con paciencia irá encontrando su repertorio sin poner en riesgo mi salud vocal”, asegura.
En esa búsqueda se abre el abanico de los grandes personajes operísticos y las tentaciones son muchas. “La primera movida la daré con Luisa Miller, de Verdi, que haré en febrero del año que viene en la Ópera Estatal de Viena. Y para dentro de unos años tengo pensado también María Estuarda y Ana Bolena –de las óperas homónimas de Donizetti–, también Desdémona –de Otello de Verdi– y Mimí –de La boheme de Puccini–. Pronto haré también Simon Boccanegra de Verdi y Norma, de Bellini. Pero voy despacio, porque la importancia de preservar la voz de esfuerzos inútiles siempre está delante de todo.
– ¿Te interesa, más allá de la actividad operística, acercarte a repertorios de la música popular, lo que ahora se llama crossover?
–Me gusta cantar repertorio crossover. Es una buena manera de llegar a un público distinto. Además es más ligero. La ópera es muy exigente, demanda mucha energía, mucha resistencia y gran concentración. El crossover, en cambio, me permite relajarme, tomarme unas vacaciones vocales. Y eso es genial.
–¿En qué piensas cuando piensas en el repertorio crossover?
–Desde siempre me atrajo el teatro musical. El teatro musical estadounidense, en algunos casos, es realmente hermoso. Pienso en las comedias musicales de Oscar Hammerstein y Richard Rodgers, en Cole Porter, en George Gershwin, en Leonard Bernstein, creadores geniales dentro de un género muy atractivo. También me gusta algo del crossover latino. ¿Quién te dice que en un momento del recital no cante “Besame mucho” o “Cielito lindo”? En fin… Era una sorpresa, pero ya te lo dije.
Página 12/Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón