
Cada popstar tiene su misión, pero en el fondo todas desean lo mismo: jamás perder vigencia. El desempeño de Shakira por mantenerse arriba impresiona, y volvió a demostrarlo el lunes 8 de diciembre en el primero de tres estadios Vélez en el marco de “Las Mujeres Ya No Lloran World Tour”. Ni siquiera hacía tanto tiempo desde la última vez -había estado en marzo para hacer dos fechas en el Campo Argentino de Polo-, pero los lazos de la colombiana con este país son bien sabidos y su regreso a Buenos Aires, el cierre ideal para el público en la agenda de shows del 2025.
¿Qué hace una diva para mantener actualidad? Se metamorfosea. Shakira tiene 48 años y 30 de carrera, un margen que haría quebrar a cualquier artista emergente que se suba a un estadio sin saber lo que significa “presencia escénica”. Ese tiempo se podía puntear mientras la gente ingresaba al José Amalfitani, e iban multiplicándose las pelucas fucsias y violetas de “Las de la intuición”, los pantalones de cuero del MTV Unplugged o los caderines de “Ojos así”, una transición estética a años luz de que alguien comenzara a llamarlas “eras”.
Ángela Torres brindó su show de apertura sin hacer que nadie olvidara lo curioso de una carrera ensanchada al calor de internet y, en contraposición, toda la historia de la protagonista de la noche, caminada en gran parte sin viralidad ni atajos digitales. Durante la hora y media que restaba para que el comienzo del show de la colombiana, las pantallas proyectaron un serie de videoclips que sintetizan la destreza de Shakira para los hits, su incorporación a la maquinaria de featurings con cada vez menos acierto (de Alejandro Sanz a Cardi B) y su imagen virtualizada en una figura que llegó a todos lados: la banda sonora de una película animada, cantar la canción de un Mundial y en el medio tiempo del Super Bowl. Si en el diccionario Madonna es la reina del pop, pues Shakira encara el capítulo del pop latino por antonomasia durante muchos años. Un título tan intimidante que hace que uno olvide durante las dos horas y cinco de show que ya lleva dos décadas sin un hit global (no al menos sin colaboraciones).
Después de que en los parlantes sonara “Around the World” de Daft Punk y entrara al campo Wanda Nara como un accidental cebo distractor para la paciencia, la artista salió desde un lateral de la cancha con decenas de bailarines vestidos de plateado. Los visuales inauguraron la película con una Shakira en clave Attack of the 50 Foot Woman, pero en lugar de jugar con autos se entonaba con la arena del desierto. Recorrió el trayecto hasta el escenario, se paró sobre una tarima-ascensor que funcionaría durante toda la noche, saludó y empezó.
La seguridad con que las canciones avanzaron se encontró con la potencia de cada instancia. Enseguida aparecieron los medley entre “Las de la intuición” y “Estoy aquí”, complementados con el ancho de espadas que a Shakira nadie le despegó de la frente: el baile. Shakira no baila para disimular una supuesta falencia vocal, ni canta como un adicional a la danza: ambas disciplinas le sientan en gracia. Por eso tal vez se explique que sea la única diva a la que se le conoce la espalda igual que la cara. Los primeros movimientos fueron algo robóticos, más cerca del popping que de las atracciones árabes, y en esa misma extensión giró ese carrousel melódico. Los fuegos artificiales, explotando a los pocos minutos de haber comenzado, dieron lugar a la power ballad en español más cautivadora escrita por una mujer: “Inevitable”. Vestida de blanco y con la guitarra al hombro, Shakira recordó emoción y trascendencia.
Luego vino la antítesis de lo que acababa de acontecer. “Qué bien actúas”, tema algo genérico que viene con una coreo más deudora de la disciplina kpoper que de los contoneos insignia. Los linkeos con la factoría asiática se ampliaron con “TQG” gracias a los colores pasteles y los dedos en V que puso más de una vez. Allí, en la canción que comparte con su compatriota Karol G, comenzaron las frases de pancarta: “Las mujeres solas somos vulnerables, pero juntas somos invencibles”.
Si se buscaba hacer explícita la versatilidad visual de la cantante, el vestuario fue el encargado. Ninguno de los looks le duró más de dos temas. Cada cambio fue tan fugaz que por momentos le alcanzaba un parpadeo de luces para trocar atuendos: princesa de metal o sirena, gitana o pantera de glitter, quinceañera o gladiadora. Las reversiones comenzaban dentro del camarín, cuando la cámara la seguía al ritmo de “Chantaje” en modo rumba y continuó la bachatera “Monotonía”. “Es bonito el amor por el otro pero más bonito es el amor propio”, dijo antes de hacer “Soltera”, colgada de un caño con su inicial enorme.
Dedicó los ínfimos espacios de silencio para presentar a su banda, que es la misma que la acompaña hace 26 años, y esa idéntica lealtad se sintió lógica para escuchar otro de los esperados bangers: “Si te vas”, con una Shakira que canchereaba con el pie del micrófono dejando que el público se encargara del estribillo. Esos eran los gritos por los que muchos habían ido. Aunque el clima se enturbió más de lo planeado. Recurrió a la inteligencia artificial para incorporar a Gustavo Cerati en “Día especial” y así cantarle a unas visuales con la cara de su amigo, en un momento incómodo de ver, que atinadamente se olvidó enseguida con “Ojos así”. Entre el lamento tecnológico y el último zarpazo comercial con la “BZRP Music Session #53″, lo que saltó a la vista es que Shakira no encuentra un espacio propio en esta época, uno que confeccione sin ayuda. No supo (o no quiso) indagar hacia dentro, por eso se sienten tan plásticas sus adiciones y que al repasar sus etapas en el flashback que se muestra con las caras de un diamante, lleva a preguntarse si la ausencia de nuevas experiencias del ADN shakirezco hacen que la misma joya pierda brillo.
En un movimiento distinto al de otras ídolas extranjeras que persiguen el cover o la foto con algún prócer local para ganar puntos, Shakira convocó a la Orquesta Estable del Teatro Colón para tocar “Después de ti”. De haber terminado en ese momento, hubiese sido el final ideal, un gesto que sella los 30 años de amistad con la Argentina. Pero lo que quedaba y la animación que fácilmente conectó sus rulos con la medusa indomable que supo ser (hoy tiesos con los productos de sus estilistas) recordaron esa dificultad de la cantante para evolucionar sobre su sonido en la actualidad. Vinieron entonces “Suerte” (baile de cuchillos incluido) y dos canciones que juntas se reciben como el norte-sur de la ofensa: “Waka Waka (Esto es África)” y la sesión con Bizarrap, que acabó con lluvia de plata y una imagen en la que la cara de Shakira, impresa en un billete, se intercalaba con un lobo de ojos encendidos. Un derroche que, aún falso, rompía con la lotería económica de este país: ya fueran los $80000 que cobraba un taxi a la salida por un viaje de Liniers a Palermo, el contingente de mexicanas que vinieron por no haber podido estar en ninguna de las 12 fechas que ofreció allá, o las amigas cordobesas que se llevaron todo el merch (desde sombreros de ala ancha hasta lobitas de peluche) y se acordaban que les quedan varias cuotas de tarjeta para pagar los vuelos que financiaron en nombre de la muchacha de Barranquilla.
Camila Caamaño/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón