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Agustín Canapino y las sensaciones de un nuevo logro, con Alberto muy presente

El arrecifeño ganó el campeonato en una dramática carrera.

Se lo ve entero. No hay euforia ya, pese al enorme esfuerzo por conquistar el bicampeonato del Súper TC2000 en una de las definiciones más vibrantes y apasionantes que se recuerde en el automovilismo nacional. Hay aplomo, por la madurez de sus 31 años pero también por los cachetazos que pega la vida en medio de tantas conquistas deportivas.

Este año quedará como el más triste que le tocó vivir al arrecifeño. El 15 de febrero el ambiente se sacudió con la sorpresiva muerte de Alberto Canapino, su padre. Con todo el dolor, Agustín debió asumir responsabilidades que eran exclusivas de su padre. Se hizo cargo del equipo de competición y trató de salir adelante.

Una quincena de títulos lo tiene curtido en definiciones. Claro que ninguna, según el propio protagonista, como la que vivió en el autódromo porteño, al ganar la corona frente al avance de su rival, Leonel Pernía.

Se consagró en una competencia alocada, con la incertidumbre del clima. Piso seco para Canapino. Piso mojado para Pernía. Esas eran las tendencias. “Se manejaron todo”, como se dice en la tribuna. El tercer lugar le dio la corona a Canapino. Pernía debía superar a Julián Santero, finalmente ganador, y su compañero Damián Fineschi tenía que arrebatarle el lugar a Canapino para dar vuelta el resultado final. Pero al de Renault le faltaron un par de vueltas más quizás para lograrlo. -Desde afuera se vivió una definición atrapante, muy emotiva, como hacía mucho tiempo no se veía en el automovilismo nacional.

-¿Cómo la pasaste adentro del auto?

-Más allá del contexto, de lo de mi papá, la carrera en sí fue una locura. Arranqué bien, pero peleando con Santero, porque la pista estaba húmeda, pero tirando para secarse, y ahí nuestro auto iba fuerte.

-¿Y cuando se largó a llover?

-Me la vi venir. Los Renault en lluvia eran más fuertes, Pernía empezó a avanzar y me superó en una maniobra con un toque. Y después me tuve que defender de Fineschi, con quien nos rozamos un montón de veces. Dejamos todo los dos y no quería que me pasara, porque de ser así dependía de un sobrepaso de Pernía a Santero para quedarme sin nada. Hasta que no bajaran la bandera, no se sabía qué iba a pasar. No pestañeé en toda la competencia. Esas últimas 10 vueltas fueron una tortura.

-¿Cómo catalogás esta definición?

-Yo creía que mi definición en el Turismo Carretera en 2017 era insuperable. Pero la del domingo con el Súper TC2000 fue superior. Por el nivel de concentración y de adrenalina. Y además porque acá me tuve que defender. Siempre es peor que atacar. -Esta corona llega en un momento muy particular. Muchos de los diseños del auto fueron dibujados por tu papá. Hasta quedan manuscritos hechos por él que usa el equipo. -Este campeonato es de y para mi viejo. Era el director técnico del equipo desde la temporada anterior. Nuestro gran sueño era ganar un campeonato de Súper TC2000 juntos. Habíamos logrado mucho en el TC y queríamos uno en el Súper TC2000. Siento que físicamente no lo pude vivir, pero desde algún lado me acompañó.

-Eso se siente…

-Le pedí mucho en esas últimas vueltas. Que me diera energía extra para aguantar esa posición y para que me mantuviera en la pista, porque estuve varias veces por irme afuera.

-¿Lo llevabas de acompañante?

-No lo sé. Pero cada vez que salía a la recta le decía: “Pá, dame una más”.Y así fue, porque el nivel de exigencia que tuve fue tremendo y necesitaba fuerzas de algún lugar. Puede sonar un poco loco, pero así lo sentí, por más que parezca exagerado.

-Más allá del dolor personal, para vos fue una transformación. Te tuviste que quitar el traje de ídolo y ponerte el de dueño de una PyME, con la responsabilidad de llevar adelante un equipo de competición.

-Tal cual. Pero además me quedó un montón de otras cosas que ni te imaginás. Es un año mucho más duro de lo que se imaginan. Por momentos me preguntaba: “¿Qué onda con todo esto?”. Pero al menos llegan estas satisfacciones que al menos me permiten ser un agradecido a la vida por sentir este tipo de revancha, con tranquilidad y satisfacción a fin de año.

-Más allá de los festejos, te cruzaste con tu hermano menor, Matías, en un abrazo eterno. Sólo ustedes saben lo que significa…

-Fue muy emocionante. Hace casi un año, cuando falleció papá, Cruzetti, que era mi ingeniero de pista, pasó a tomar el rol de director técnico del equipo. Y en lugar de Guillermo, lo ubiqué a Matías por un par de carreras hasta reacomodarnos.

-¿Dónde ubicás a este título entre todos los que ganaste?

-A todos los pongo de la misma manera. Todos me costaron muchísimo. Mi papá no está para contarlo, pero yo no tenía chance de ser piloto. Todos costaron mucho: desde la primera corona que gané a los 17, con muchos granos y mucho pelo, hasta este título, sin granos y con menos pelo.

Roberto Berasategui/Clarín

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