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Agustín Canapino, con su padre como coequiper, es el campeón del STC2000

El flamante campeón besa la firma de su padre dibujada en el capó de su Chevrolet.

“Mi papá me estaba acompañando arriba del auto. Y hablaba con él. Sé que es muy loco lo que digo, pero sentía que venía conmigo. Y le pedía ‘una vuelta más’. Y así fueron las ultimas de la carrera”, confesó, muy emocionado, Agustín Canapino. El flamante bicampeón del Súper TC2000. El arrecifeño que se consagró con el Chevrolet en una de las definiciones más vibrantes de la historia. Por la lluvia, por el rendimiento de los autos, por las maniobras, por la presión de su rival, Leonel Pernía. Y por la emoción de un piloto que está acostumbrado a salir campeón, pero no de esa forma tan especial.

Canapino sabe de cosechar coronas. Desde muy jovencito. Cuando irrumpió en la Copa Megane, casi como un capricho del destino. Si se crió en el taller de su padre, Alberto, y en los autódromos a los que lo acompañaba.

Sacudió al automovilismo argentino cuando se convirtió en el campeón más joven de la historia del Turismo Carretera, con sólo 20 años. Y a partir de allí llenó la vitrina de copas, con 15 a nivel nacional.

En el medio de tanta gloria deportiva llegó el gran sacudón. El 15 de febrero el destino le pegó el cachetazo. El fallecimiento de su padre tras padecer el Covid-19 le propinó un golpe de nocaut a Canapino. Debió quitarse el traje de ídolo y ponerse el de dueño de una Pyme.

“Fue un golpe muy duro. Al margen de la partida de mi papá, que es el día de hoy que lo siento como el primer día, tuve un impacto en todo sentido. Guillermo Cruzetti pasó a ser el director del equipo y, como ingeniero, ahora está mi hermano Matías. Te juro que es el mejor que tuve en toda mi vida. Asumió sus responsabilidades con una madurez notable. Y a partir de ahí llevamos adelante la estructura”, comentó Canapino que acumuló una nueva corona tras aquella primera, en 2007, con apenas 17 años.

Al bajarse del auto se dirigió a la trompa y se puso en cuclillas: las manos posaron sobre la firma de Alberto Canapino. Atrás había quedado un final único. “Esta definición fue más emotiva que la de 2017 en el Turismo Carretera. Yo pensé que esa iba a ser la más emotiva de mi vida. Pero la de hoy, en el Súper TC2000, la superó. Porque estaba a la defensiva. Y sabía que si Pernía pasaba a Santero y Fineschi a mí, perdía todo”, resumió.

Y así fue. La previa de la carrera estuvo cargada de incertidumbre, ya que el clima estaba amenazante y una gran cantidad de agua había caído desde la madrugada. Hubo dudas: neumáticos lisos (para piso seco) o para lluvia. El pronóstico indicaba que los chaparrones se repetirían. Pero nunca se sabe.

Con el piso seco el auto del monarca funcionaba a la perfección. Pero con el agua como protagonista, el Renault de Pernía era imbatible. Y la carrera, casi matemáticamente, se dividió en dos, a favor de cada uno. En la primera mitad Canapino mantuvo el segundo lugar tras ser superado en una gran maniobra por Julián Santero, que en definitiva se llevó la última victoria del año con el Toyota.

Pero luego el aguacero benefició a Pernía. Que con una gran actitud y demostrando su enorme talento, salto del cuarto al segundo lugar. Y en la vuelta final pareció que alcanzaría a Santero ya que le descontaba giro tras giro. Y algo similar sucedió con su compañero de equipo, Fineschi, que estaba detrás de Canapino. Si ambos ganaban una posición cada uno, el título hubiera quedado en manos de Pernía. Pese al esfuerzo, no alcanzó.

Vicente Tano Pernía, aquel lateral de Boca y la Selección, abrazó a su hijo tras la bandera a cuadros y lo felicitó por la entrega y la actitud. El autódromo, bajo la lluvia, ovacionó a ambos contendientes que se abrazaron también a sabiendas de todo lo que habían dejado.

El podio, que de una forma original se ubicó en el medio de la pista, fue el lugar en el que Canapino celebró con su equipo y recibió el extraordinario premio del Súper TC2000: una embarcación (inédito para el automovilismo argentino). Allí se mezcló la emoción por el recuerdo del padre con la felicidad del equipo.

Es un título que no es uno más. Por más que “son todos iguales porque todos son difíciles”, como dice Canapino, éste es diferente. Bajo el agua, de una manera heróica, Canapino celebró una corona distinta. La lluvia caída del cielo se mezcló con las lágrimas de los rostros. Y allí, con los brazos en alto, él sintió su propia vivencia con el título que fue en el nombre del padre.

Roberto Berasategui/Clarín

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