Pantanal, el tercer libro de Marcos Aramburu

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Marcos Aramburu es locutor, periodista, músico (tiene una banda que se llama Terrores Nocturnos) y una de las caras más conocidas del streaming nacional: participa de Amanece que no es poco (Olga), junto a Elizabeth Vernaci y Paulo Kablan, e Industria nacional (Gelatina), con Pedro Rosemblat, Lía Copello y Matías Mowszet. En 2023 publicó su primer libro, Las ceremonias. Crónicas de personas que usan drogas (El Gato y La Caja), y ahora lanza su primera novela de la mano de la editorial Planeta: Pantanal. Cuando la editora Ana Ojeda le propuso encarar un proyecto literario, la primera idea fue escribir sobre la amistad. El resultado es una aventura litoraleña protagonizada por dos jubilados.

El libro está dedicado a Roby (su padre), a Fernando (el amigo de su padre) y a todos los amigos del mundo. Pantanal es una carta de amor a la amistad, esa extraña forma de afecto que –tal como dice Camila Sosa Villada en el prólogo– es la que mejor envejece. Roby y Fer se conocen desde cuarto grado. En sus últimos quince años de trabajo decidieron comprar un barco destruido y arreglarlo para poder viajar apenas se jubilaran. La expedición se concretó, duró cuatro meses y se extendió desde el norte de Buenos Aires hasta el Pantanal de Brasil a bordo del Viejo Almacén. Destino final: Corumbá. Objetivo: ver un yaguareté. Las aventuras fueron muchas: escasez de combustible, contacto con la fauna silvestre, encuentros peligrosos con piratas de río y fogones amistosos con los pobladores de las distintas ciudades por las que pasaron.

Aramburu reconstruye ese periplo en esta novela que también tiene mucho de crónica, con investigación y testimonios de los protagonistas. La voz del narrador en primera persona está tamizada por los diálogos con el padre, además de una bitácora de viaje y mensajes de WhatsApp dirigidos a los hijos. “Esa voz tiene que ver con el libro anterior. Hay una entrevista y una reconstrucción con flashbacks. Acá había muchas escenas del pasado, correspondientes al viaje, y tenía que justificar cómo las sabía. Di muchas vueltas sobre cómo equilibrarlo, era necesario que cada tanto aparecieran los diálogos con mi papá porque era el modo en que yo me enteraba de las cosas”, comenta el autor a Página/12.

–Citás a Arlt, Herzog, Steinbeck. ¿Cuáles fueron tus influencias? Hay una larga tradición literaria asociada a los ríos.

–Leí varios libros durante el proceso de escritura: las Aguafuertes del Delta, de Arlt; La pez, de Gabriela Larralde; El gran surubí, de Pedro Mairal; Limónov, de Emmanuel Carrère; Viajes con Charley, el libro sobre los viajes que John Steinbeck hace con su perro. Y después los de Herzog, que son increíbles: Conquista de lo inútil, el diario de filmación de Fitzcarraldo; Cada uno por su lado y Dios contra todos, su biografía; y ese en el que cuenta cómo fue a pie desde Múnich hasta París para salvar a su amiga de la muerte, Del caminar sobre hielo.

La imaginación cumple un rol clave, por eso no se reduce a una crónica y cruza la ficción. Marcos dice que mientras escribía pensaba mucho en El gran pez, pero aclara: “En este caso, el que fantasea no es el padre sino el hijo. Él no cuenta de más sino de menos”.

A Roby y a Fer a veces les cuesta hablar, contar experiencias profundas, reconocer sus miedos o expresar sus emociones. Es algo generacional y Aramburu hace un registro tierno de la sensibilidad masculina. “La seducción que se arma entre hombres adultos heterosexuales por su incapacidad de demostrar interés o amor es algo fascinante y poco explicado. Frases inconclusas tiradas al aire, tonos, pausas, señales que se envían y señales que se leen. Se sienten bueyes midiéndose la fuerza a cabezazos pero son aves mostrando las plumas en una danza de apareamiento”, escribe.

“Es uno de los grandes temas del libro –admite–. No es que los viejos no tengan sensibilidad sino que funciona de forma distinta. Para ellos hablar de fútbol, de política o del clima es hablar de ellos mismos. Está el mito de que los varones no hablan entre sí, pero estos tipos tienen una amistad que lleva 70 años y se bancaron mil cosas. Se expresan de otras maneras, solo hay que saber leerlos”.

–Los protagonistas son dos jubilados. Hoy la vejez está estigmatizada y naturalizamos la violencia que se ejerce contra los viejos. Ponerlos en el centro es casi un gesto político, ¿no?

–Una amiga dice que hoy escuchamos demasiado a los jóvenes y hay muy poca atención en los viejos, aunque son súper fuertes. Lo demuestran cada miércoles. Cuando se nos rompe algo en casa a los de nuestra generación (de 25 a 30), seguimos llamando a nuestros viejos para que lo arreglen. Los viejos están narrados como débiles pero siguen ocupando un lugar de fortaleza. En el mundo digital quizás son débiles, pero en el mundo físico ellos mandan: manejan herramientas, pueden arreglar sus propias cosas. Los millenials y los centennials todavía somos muy hijos. Esta es la historia de dos viejos aventureros, deseantes, arriesgados. En una época que prioriza la productividad, los viejos que no producen son lastre.

Hay una idea de Herzog que atraviesa el libro: la conquista de lo inútil. Así podría definirse esta epopeya. Marcos cita a Steinbeck y dice: “El viaje te hace a vos y no al revés”. Estos hombres trabajaron quince años en la reconstrucción de un fósil de la navegación para concretar un viaje que duró cuatro meses. “Uno podría decir que el viaje duró quince años. Ahora quieren venderlo y los dos te dicen que económicamente fue la peor decisión de la historia. No tiene sentido, pero creo que la época (y la crisis) te lleva constantemente a tomar decisiones en las que el primer factor a tener en cuenta es el dinero. Para mí lo mejor de este delirio fue hacerlo porque sí”, asegura.

El escenario de Pantanal invitaba a explorar la mitología guaraní: en algunos pasajes se reponen las leyendas de las poras, el pombero, el caráu, el yahuabicho, Ysy. Un personaje femenino introduce ese universo. El autor comenta: “No podía desaprovechar la oportunidad de incluir eso en un libro que narra una aventura por el litoral. Mabel es un personaje ficticio inspirado en una persona real a quien entrevisté por videollamada y me ayudó mucho. Ella es una experta en mitología guaraní, maneja un centro de estudios allá y tiene varios libros sobre el tema. Pero todo lo que rodea al personaje es inventado, por eso le cambié el nombre”.

Leo Oyola acompañó el proceso de escritura y Sosa Villada firmó el prólogo: ahí define el agua como el territorio de las madres (y los novelistas) y la tierra como el territorio de los padres (y los cronistas). La escritura es otra conquista de lo inútil, pero justamente por eso es un hecho trascendente. Aramburu sostiene que lo que más disfruta es el proceso de edición, volver a un párrafo que escribió hace meses, comprender que quizás no acuerda con eso que escribió en el pasado, modificarlo. A diferencia de la radio o el streaming, que se alimentan del clip y la fugacidad, “la música y los libros quedan”.

Aramburu dice que todas estas disciplinas se complementan y en todas se vale de “la observación y la escucha”, dos pilares fundamentales en su oficio. Consultado sobre la escena cultural, opina que “es un buen momento para volver a romper con el mainstream” y agrega: “En algún momento estaba la idea de que lo interesante no iba a ocurrir en el mainstream, había que salir a buscar lo nuevo. No ibas a encontrar la vanguardia cultural en revista Gente. Siento que en los últimos años nos quedamos mucho en el mainstream creyendo que no está pasando nada más allá de la lupita de Instagram o el Movistar Arena. Hay que salir a buscar cosas nuevas, ese movimiento va a redistribuir los espacios. Son muy pocos los artistas que logran llegar al mainstream siendo disruptivos porque es una picadora de carne que te moldea”.

Laura Gómez/Página 12-Espectáculos

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