Si Hammond renegaba en la película y se jactaba de no tener robots animatrónicos en su parque, quizás lo hubiese repensado. Creados por los expertos de Animax Designs, los dinosaurios gigantes tienen un nivel de detalle cuidadísimo y unos movimientos hiperrealistas que hacen que la experiencia sea más creíble.
A un revoltoso Stygimoloch le sigue un paseo por el laboratorio de científicos, donde se pueden ver dinos bebés en incubadoras, buscar información de sus especies favoritas o meter mano en unas montañas gigantes de sorpresas. Pero todos hacen fila para acariciar a una bebé Parasaurolophus que llega en brazos de los científicos.
¿Pero qué parque de dinosaurios sería este sin algunos carnívoros creando alboroto? Allí aparecen tres velocirraptores en sus contenedores, que gruñen y rugen al público mientras pasan. Hay un espacio vacío, el corral de Blue, la raptor que se hizo protagonista de los últimos filmes por armar un lazo con su entrenador Owen. Y en el próximo paso aparece caminando, gruñendo al público y toreándose con un entrenador, en las primeras tensiones del show. Acá empiezan a aparecer las primeras caritas de temor. Todavía ni arrancó.
El recorrido mecha escenas más tranquilas con algunos escenarios de mayor tensión. A los raptors, por ejemplo, le sigue un arenero para que los chicos puedan jugar a desenterrar huesos como los paleontólogos de verdad, o la aparición de la bebé Ankylosaurio Bumpy (sacada de la serie Campamento Cretácico, de Netflix) para que todos puedan volver a tocar. Un rato más tarde aparece su versión adulta, como un recordatorio de los enormes que eran estas bestias. «Lo más cerca que se puede estar de dinosaurios vivos», decía el cartel de entrada y no se equivocaba.
Momento de tensión
Pero el momento más tenso aguarda en la próxima sala, donde algunas hojas de la jungla empiezan a moverse y los rugidos se hacen más fuertes. Por encima de un vidrio asoma su cabeza gigante la Indominus Rex, la más villana de las villanas de la saga. «Me da miedo porque ella caza por diversión, no por hambre» le comenta un chico a su mamá, calcando uno de los diálogos de Jurassic World, mientras se esconde detrás de las piernas para mirar de a poquito.
Entre algunas girosferas para sacar fotos, llega el momento de pasar a ver a la reina. La dueña del circo. No hace falta ni explicar nada cuando aparece la Tiranosaurio Rex, su rugido es marca registrada. La memoria emotiva funciona para quienes recuerdan esos sustos en los ’90 o se hayan sumado a la franquicia más adelante. Quien le hace de partenaire en los gritos es la Carnotaurus, dinoorgullo argentino desenterrado en Chubut, que se volvió parte de la franquicia jurásica hace algunas películas.
Entre corridas finales y souvenirs, Jurassic World The Experience gana en igualar de nuevo a estos chicos gritones con los adultos que acompañan y alguna vez fueron chicos: ante un gigante prehistórico de 14 metros, 10 toneladas y dientes como cuchillas, cualquiera que esté enfrente se siente pequeñito.
Mariano Vidal/Sección Último Momento de Clarín