
Hay algo profundamente coherente -y a la vez inesperado- en que Andy Muschietti se cruce con el universo de los Minions. Después de todo, el director argentino construyó su carrera explorando monstruos: desde la perturbadora presencia maternal de Mamá hasta el icónico Pennywise de It, sus criaturas siempre fueron mucho más que amenazas, funcionando como metáforas de los miedos, la infancia y lo desconocido. En Minions & Monstruos -que acaba de estrenarse en cines-, sin embargo, ese imaginario encuentra una nueva forma: ya no desde la dirección sino desde la voz. Muschietti interpreta en español a Max, un sofisticado y exigente cineasta del Hollywood de los años ’20, cuyo rodaje es abruptamente invadido por esas criaturas amarillas tan caóticas como entrañables.
Convertidos en un fenómeno global a partir de la saga Mi villano favorito, los minions son, quizá, los personajes animados más reconocibles del cine contemporáneo. Su lenguaje incomprensible, su devoción ciega por servir al villano más malvado y su tendencia al desastre los convirtieron en una maquinaria perfecta de comedia física. En esta nueva entrega, esa lógica se expande: ya no se trata solo de encontrar a quién obedecer sino de descubrir un deseo propio. Y ese hallazgo ocurre nada menos que en el nacimiento de Hollywood, cuando el cine todavía era un territorio en formación, dominado por la expresividad del cuerpo, el gag visual y la invención constante.
Es allí donde entra Max. Inspirado en los grandes directores europeos que moldearon el Hollywood clásico, el personaje encarna la precisión, el control y una cierta idea elevada del cine como arte. La irrupción de los mMinions en su set amenaza con destruirlo todo: una escena cuidadosamente coreografiada se convierte en un caos. Pero lo que comienza como irritación pronto se transforma en fascinación. Max descubre en esos seres torpes una cualidad única: una conexión instintiva con el lenguaje del cine mudo, ese mismo que hizo grande a figuras como Charles Chaplin o Buster Keaton. Forzado a trabajar con ellos, termina guiándolos -y siendo transformado en el proceso- en una historia que combina el slapstick, la aventura y el amor por hacer películas.
La elección de Muschietti para darle voz en español no parece, entonces, casual. En Minions & monstruos, su sensibilidad particular hacia lo monstruoso -entendido no solo como espectáculo sino como experiencia emocional- encuentra un eco directo: la película también se sumerge en criaturas, en el poder de la imaginación y en el cine como espacio donde lo imposible cobra vida. En ese sentido, Max funciona como un puente entre dos mundos: el del orden y el caos, el del cine como industria y el del cine como juego creativo.
¿Siente Muschietti que Minions & Monstruos funciona también como una carta de amor a la historia del cine? “Sin duda”, asegura. “No la vi entera, pero sé la historia en general y sí, es una carta de amor al cine, a los orígenes del cine, al mundo de Hollywood, y sobre todo a los artistas que transitaron esa época. En particular, a los artistas que lucharon, que tuvieron que navegar en la transición entre el cine mudo y los talkies. Ya hay varias películas, como Cantando bajo la lluvia, Babylon, que hablan del tema. Y esta es una expresión nueva y particular, una mirada con mucha comedia, obviamente, y con mucho cariño”, agrega.
-El director Pierre Coffin dice que la película habla sobre el descubrimiento de la magia de hacer cine. Como cineasta, ¿qué aspectos de esa idea te resultaron más cercanos?
-Es una película que entiendo muy bien porque es una historia que habla de las cosas que me apasionan. No hay un segundo en esa peli que no signifique algo para mí. Reconozco los eventos, las situaciones, la interacción entre personajes, las cagadas que se mandan los directores, las que se mandan los actores, las cagadas conjuntas, así que es una colección.
-¿Crees que los minions tienen algo en común con los grandes cómicos del cine mudo por esa capacidad de comunicarse principalmente a través del cuerpo y el movimiento?
-Son una reflexión quizá de todos los cómicos que pasaron por Hollywood o por el género de la comedia a lo largo de las décadas. Estos bichos son unos catrascas (risas). Tienen esta cosa de slapstick, que es tan particular y tan característica de los cómicos del cine mudo, como Harold Lloyd, Chaplin, Buster Keaton, pero después hay muchas cosas que son ya más verbales. Son más un reflejo de otro tipo de comedia que viene del cine de más adelante.
-Max es un director que inicialmente ve a los minions como una catástrofe para su rodaje pero termina fascinado por ellos. ¿Qué fue lo que más te atrajo del personaje?
-Yo me vi encarnado en ese personaje. Obviamente es una exageración, como decía antes: no hay nada que pase en la película que no me haya pasado en un grado u otro. Las cosas salen mal, tenés un actor que no está funcionando, o tenés un actor que hace algo maravilloso que no esperabas, un problema de producción en general… Y me parece que a pesar de presentar una especie de fachada con mucha confianza y determinación, en el fondo es un tipo muy sensible y con un gran corazón.
-Y parece debatirse entre la perfección técnica y la espontaneidad que aportan los minions. ¿Te identificás con ese conflicto como director?
-Cien por ciento. Creo que le pasa a todos los directores: en la carrera personal, quizá las cosas más técnicas y tener un plan de hierro es más importante. Y, a medida que vas entendiendo lo que es la colaboración y la creación en el momento, te vas relajando un poco. Poco a poco, te vas dando cuenta de que algunos accidentes pueden ser maravillosos y hay que estar preparado. Tenés que preparar las cosas para que los accidentes pasen.
-Christoph Waltz interpreta a Max en la versión original. ¿Escuchaste su trabajo antes de grabar o preferiste construir tu propia versión del personaje?
-Quería escucharlo, escuché toda su performance y me pareció fenomenal. Y también, imposible de replicar, siendo Christoph un grandísimo actor. Pero la verdad es que lo encaramos un poco distinto. Él hace un acento alemán. Max es un arquetípico director alemán que termina en Hollywood, por eso tiene ese acento germano y todo lo que le pasa está enmarcado en esa circunstancia. Obviamente, yo no cambié la historia, pero le di un carácter un poco más hispano. Lo que hice fue darle una textura argentina con un acento de la época, que es de los años ’20. Y obviamente la gente no hablaba así, pero hay acentos de los años ’20 que ves en las películas y los escuchás en el tango. Hay una especie de sonido tanguero que quise replicar. Pucho (N. de la R.: personaje de la serie Hijitus, creado por Manuel García Ferré, ayudante habitual del Profesor Neurus y su mano derecha) es un personaje con el que crecí.
-Cuando ves la película, te resuena el “¡Profesor Neurus!”. Tiene algo de ese personaje…
-A mí que me gusta mucho el tango y como crecí con los personajes de García Ferré, creo que el acento de Pucho en esa época, en los ’60, ’70, ya era una especie de reflejo del acento argentino en ciertas expresiones artísticas de los años ’20 y ’30. Y esto está encadenado con esa dinastía. Es algo que me causa mucha gracia. Vamos a ver qué le parece al público.
-Y en ese encontrar esa voz de Max, ¿fue una búsqueda más técnica o más intuitiva?
-Intuitiva, definitivamente, como todas las cosas que hago.
-Y más allá de Pucho, ¿te inspiraste en algún director real, actor o personalidad para darle identidad al personaje?
-Me gusta mucho Carlos Gardel. Y cuando ves las películas de la época, tienen esa manera de enunciar las palabras. Es un sonido que se ha perdido realmente porque el tiempo pasa, las influencias culturales se van transformando y se van diluyendo, erosionando, y ahora los argentinos hablan de otra manera. Los argentinos jóvenes ya no hablan de la misma manera que hablaban los jóvenes cuando yo era joven. Ni hablar de la otra generación y la generación pasada. Entonces, esto es como una especie de carta de amor a una manera de hablar en particular.
-¿Hacer la voz de un personaje es también una manera de actuar?
-Sí, sin duda. Obviamente, es el 50 por ciento porque la performance ya fue plasmada. Hay un actor que es Christoph Waltz. Él empieza con su performance, la animación se hace en base a su trabajo y esto es como un tercer nivel, no pretendo tomar ningún crédito. Me inspiré un poco en la performance que había sido ya plasmada y simplemente le di un color argentino con la colaboración del director de doblaje, que es un gran tipo.
-Y como director estás acostumbrado a dar indicaciones. En este caso, ¿cómo fue ponerte del otro lado y recibirlas?
-Un horror (risas). Entendí finalmente lo que le pasa a un actor. Después de todos estos años hay empatía, hay una necesidad de comprender por qué el cine es un arte colaborativo y está formado de muchas partes, pero en lo que relaciona al actor-director hay una simbiosis, un balance que hay que entender del otro lado, y hay que confiar. Por eso todos estos años estoy tratando de entender lo que le pasa por la cabeza a un actor y creo que estoy en un buen momento de esa curva.
-Sos un director interpretando a un director en una película que habla justamente del amor por hacer cine. ¿Cuánto de Andy Muschietti hay en Max y cuánto de Max te hizo reflexionar sobre tu propia forma de trabajar?
-Max es una especie de neurótico, cascarrabias, que está preocupado todo el tiempo, trata de mantener el control, es un control freak. Yo no soy así. O sea, me relaciono con el personaje por empatía más bien porque entiendo lo que es el trabajo de ser un director, pero las personalidades son muy distintas. No soy un tipo de gritar ni de perder la calma en un rodaje… pero he visto directores así.
Oscar Ranzani/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón