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Manuel González Gil dirige Misery en el teatro Metropolitan

Manuel González Gil dirige Misery en el teatro Metropolitan

A más de dos décadas de su recordado estreno en la cartelera porteña, Misery vuelve a escena bajo la dirección de Manuel González Gil, el mismo que en 1999 llevó adelante aquella versión protagonizada por Rodolfo Bebán y Alicia Bruzzo que quedó grabada en la memoria teatral argentina. Hoy, en un contexto atravesado por nuevas sensibilidades y lecturas sobre el poder, la violencia y los vínculos obsesivos, el director retoma el material con una apuesta renovada que dialoga con el presente, sin perder la esencia asfixiante que convirtió a esta historia en un clásico contemporáneo. Misery se estrenará el jueves 18 a las 21.30 en el Teatro Metropolitan.

Basada en la novela homónima de Stephen King y en la adaptación teatral de William Goldman -con versión local de Daniel Botti y el propio González Gil-, la obra vuelve a poner en el centro una relación inquietante: la de un escritor que intenta emanciparse de su propio éxito comercial y una admiradora que encarna los límites más oscuros de la devoción. Vale recordar que Misery conoció una consagración masiva antes en el cine, con la adaptación de suspenso psicológico dirigida por Rob Reiner y estrenada en 1990, cuya intensidad y actuaciones memorables (James Caan y una Kathy Bates que ganó el Oscar por su interpretación) contribuyeron a consolidar el estatuto de culto de la historia. El encierro, la manipulación psicológica y la violencia latente construyen aquí un dispositivo escénico donde lo íntimo se vuelve político y donde la figura del fanatismo resuena con una potencia deliberadamente actual.

Consultado acerca de qué aspectos de esta historia siente que dialogan especialmente con el presente, González Gil señala: “Yo siento que, en ese momento, cuando yo hice la obra anteriormente, la película era fundamentalmente icónica. Prácticamente todo el mundo la había visto, después premiada con Oscars. Había una gran resonancia de ver qué se hacía en teatro con esta versión fílmica que fue tan aclamada”, cuenta el director general. “Pasaron casi treinta años, y no es que tengamos la película como resonancia, pero tengo la sensación que Misery es una historia que todo el mundo conoce. Se transformó con el tiempo en una suerte de clásico, como si fueras a ver un Shakespeare, un Ibsen. Se transformó en una historia clásica del género del terror“, completa.

-La obra aborda una relación extrema entre un artista y su admiradora. En tiempos atravesados por las redes sociales, el fandom y la exposición permanente, ¿cómo leés hoy ese vínculo?

-Obviamente va a haber esa lectura, porque estamos absolutamente invadidos por todo eso. Pero en la historia, si me decís cuál es el símbolo visual de Misery, diría que no podría prescindir de la máquina de escribir de Paul Sheldon, el escritor. Si le agregara escrito a la máquina de escribir la palabra “Misery» ya sabría de qué se trata. Esto indefectiblemente nos lleva a los ’60. No podés salir de esa época por la máquina de escribir y por la simbología que la obra tiene. Por lo tanto, la obra no está atacada por esta situación de redes de este momento, pero sí creo que la lectura que se va a hacer desde este momento va a hablar de estos fans que están invadidos por las redes. Pero es una lectura que va a hacer el espectador y que no podemos hacerla desde la dirección porque la ubicamos en esa época.

-Esta nueva versión propone una mirada adaptada a la sensibilidad contemporánea. ¿Cuáles fueron los desafíos para actualizar el material sin perder la esencia?

-Siento que este especial vínculo que generan los fans con sus admirados artistas hacen a la identificación de lo que estamos contando. Absolutamente. En este caso, es algo muy especial. Primero, no sé si en este momento hay fans de escritores. Creo que es un núcleo de público muy reducido en este momento, si eso ocurre. Ese fanatismo se podría llevar a otro tipo de género de artistas. Pero sí también entiendo que es un vínculo muy peculiar porque en este caso puntual la protagonista no solo es fan de su escritor, sino que es fan del personaje que el escritor fabrica. Ella se siente absolutamente identificada con la criatura que el autor ha hecho nacer y ha diagramado en siete libros. Entonces, acá se produce un fanatismo bastante especial y particular con esta mujer.

-Annie Wilkes suele ser presentada como una villana inolvidable. Sin embargo, ¿te interesó explorar otras capas del personaje más allá de la monstruosidad o la patología?

-Muchas veces empiezo el trabajo y voy diagramando, pero el teatro se va haciendo fundamentalmente en el proceso de los ensayos, esta vez con Juan Gil Navarro y Julia Calvo. Y en un determinado momento de los ensayos, diría que casi en la escena sexta, séptima, fue Julia la que empezó a explorar toda una situación de soledad del personaje que le dio una humanidad impresionante. Y ahí empezamos a descubrir los tres que también estábamos contando otra cosa, una particularidad emotiva y de vida de Annie Wilkes, la villana, que no la justificaba, pero sí le daba al público la posibilidad de entender su comportamiento. Más que una propuesta mía, fue un encuentro de la actriz cuando estuvo trabajando el personaje que me maravilló y lo llevamos hasta el final de la obra, a partir de ese momento en que lo descubre.

-La obra trabaja sobre el encierro y el control. Después de experiencias colectivas recientes como la pandemia, ¿crees que el público se vincula de otro modo con esas sensaciones?

-Es probable. La situación de la pandemia con toda la parafernalia de cosas fue una situación transitada por todos y ha dejado secuelas que van a ser muy difíciles borrar, pero también creo que están como bastante olvidadas en el tiempo. Y sobre todo creo también que esta situación de exilio que provoca la obra, de personajes que han quedado marginados y solos, está vinculada con un tema climático, que eso sí es muy importante percibir en la obra. Y desde la escenografía, desde lo visual está totalmente plasmado. Estos dos personajes están como aislados en el mundo, pero no por un tema de imposición sanitaria, sino porque nadie puede acercarse. Están absolutamente ellos dos en una montaña, solos en el mundo.

Misery pone en escena una lucha por el poder entre dos personajes. ¿Qué te atrae de ese duelo psicológico? ¿Y qué lecturas sociales puede habilitar hoy?

-Hay una situación constante de maldad gratuita. Muchas veces veo en el hoy una situación de comportamientos sádicos que verdaderamente no dan demasiada racionalidad. Los comportamientos de esta villana sádica y mala, que es Annie Wilkes, por ahí tienen, no una justificación, sino que podés entender un comportamiento irracional que la impulsa. Creo que el público va a ver una consecuencia de la maldad, tal vez entendiendo de dónde proviene. En el hoy nos resulta muy difícil entender esta maldad que parece que es maldad por sí misma.

-Paul Sheldon busca abandonar una saga exitosa para desarrollar una obra más ambiciosa. En ese sentido, ¿qué reflexión propone la obra sobre la tensión entre el arte, el mercado y las expectativas del público?

-Esto le pasa fundamentalmente a todo artista que ha sido un poco invadido por las garras del éxito y que empieza a modificar su comportamiento artístico en función de lo que el público empieza a pedir y a requerir de él, y no a lo que él necesita y siente escribir. Siento que la pulsión de escribir, la pulsión de hacer teatro, de decir algo en un escenario, a veces se hace como necesaria, irrefrenable, no la podés evitar. Y cuando estás en manos de esas garras del éxito, decís “Bueno, lo postergo, ahora tengo que hacer lo que el público está esperando y quiere de mí, y lo que yo necesito se posterga”. El escritor de Misery quiere quedarse fuera de ese éxito que le ha llevado una década prácticamente de su trabajo creativo y quiere otra vez respirar como individualidad creativa, sin depender de lo que el público le está pidiendo.

-Stephen King escribió la novela en un momento de enorme éxito personal. Incluso algunos críticos interpretan que Annie representa la presión de la industria cultural sobre los artistas. ¿Compartís esa lectura?

-Es que no podés no compartirla porque en la medida en que tu obra empieza a tener trascendencia y éxito, obviamente hay una expectativa que te empieza a manejar y que es muy, muy difícil porque, además, a Stephen King le habrá pasado con sus editores y con quienes programan su trabajo de producción. Pasa constantemente que empezás a tener que conceder en función de las exigencias que el mercado te está pidiendo. Muchas veces te encontrás con esta realidad y esto es otra de las cosas de identificación que obviamente la obra te propone.

-La violencia en Misery es física, pero también emocional y simbólica. ¿Cómo trabajaste la representación de esa violencia para evitar el golpe de efecto y privilegiar la complejidad dramática?

-Es una violencia muy especial porque, supuestamente, estamos ante un hombre imposibilitado de accionar. Está quebrado y en manos de una enfermera que lo tiene dormido, dopado. Por lo tanto, se le hace muy, muy difícil. Esta situación de poder no es cotidiana, sino que está vinculada exactamente a lo particular que el momento provee. Entonces, se asocia más a una suerte de prisión de alguien que ha sido raptado, de alguien que ha sido desaparecido de su espacio. No tiene relación con un poder que puedo yo desarrollar con un igual. No es un igual.

-En los últimos años existe una discusión creciente sobre las representaciones de la salud mental en la ficción. ¿Cómo abordaron esta cuestión en esta puesta?

-Lo que más me atrae de las situaciones de enfermedades mentales es que no se registran en la obviedad. En principio, no te parecen personas que no están en uso de sus facultades mentales hasta que eso pasa. Y siento que Annie tiene como un límite, timbres. Hay situaciones de las cuales no puede hablar. Hay situaciones que disparan a una persona que es bipolar. Entonces, te encontrás con una persona que te parece totalmente normal y que, de pronto, descubrís que es un monstruo. Eso no es general. Esta enfermedad no es genérica. Es particular de este personaje y tiene mucho que ver con lo que ella ha vivido, con lo que ella ha padecido en su vida. Y son esas situaciones tan particulares que le disparan esos estados emocionales. Es muy difícil generalizarlo en este caso tan particular del personaje.

-¿Qué lugar ocupa el miedo en esta versión? ¿Buscas que el espectador salga aterrado, incómodo o reflexionando sobre algo más profundo?

-Cuando empezás a transitar en el teatro el género del terror y del miedo, te encontrás con muchísimas dificultades porque en cine es otra cosa. En cine podés mostrar planos, podés verdaderamente horrorizar al público con imágenes. En teatro esto es casi imposible. Lo que te genera las situaciones de tensión emocional y lo que te genera la situación de terror, de miedo, de angustia, es lo que vas viviendo psicológicamente y lo que vas induciendo. El miedo se va generando en las escenas y generalmente explota más en la imaginación del espectador que en la realidad de lo que ve en escena. Entonces, se produce como una fantasía siempre posterior. No puedo romperle las piernas en el escenario. Pero si yo genero el momento previo a esa ruptura y la ruptura la dejo en la imaginación, ahí se produce el terror y ahí se produce el efecto. Siento que siempre es por sugestión.

-¿Cómo trabajaste con el elenco la construcción de una tensión que debe sostenerse durante toda la obra sin perder intensidad?

-Eso no me lo puse como objetivo. Trabajo con el elenco fundamentalmente los personajes, la construcción de los personajes y el vínculo que esos personajes van teniendo durante toda la obra. Eso es lo que generamos. Voy trabajando con Juan y con Julia, que de esto saben mucho. Y ha sido un verdadero placer en estos dos meses de trabajo fundamentalmente lo vincular, cómo se han relacionado esta fan y este escritor y cómo él ha empezado a descubrir con quién está conviviendo y cómo ha hecho lectura de este personaje porque ella no, ella arremete, arrasa, solo admira al personaje que tiene en la imaginación. Ella no conoce a una nueva persona. La persona que conoce es la que ella tiene en su cabeza. No piensa que es otra. En cambio, el personaje de Juan tiene que descubrir con quién está. Este es el vínculo dispar que se ha generado entre los dos. Esto se ha trabajado mucho. Hemos transitado durante estos dos meses una hermosa experiencia juntos para descubrir estas situaciones vinculares y las características: ritmo, estado de ánimo previo, pequeñas conductas, posturas físicas de cada uno de esos personajes.

-Más allá del suspenso, ¿qué preguntas sobre la sociedad contemporánea te interesa que el público se lleve después de ver Misery?

-Estas son situaciones muy genéricas, muy difíciles de responder. No podemos nunca tomar al público como una situación genérica. Creo que cada uno en lo particular lo va a llevar. Siento que hay personas que viven sin fans, y tal vez el fan se hizo en lo deportivo, por ejemplo. Esto es tan particular lo que cuenta que te podrás vincular personalmente, en la medida que hayas tenido experiencias similares. Es particular e individual de cada persona. Siento que lo que te da la situación es un espectro muy grande en el cual te ofrece muchas situaciones con qué vincularte.

Oscar Ranzani/Página 12-Espectáculos

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