
Un Teatro Ópera repleto escucha un texto de Roberto Bolaño durante 90 minutos en una noche de lluvia. Esa es la hazaña más notable que logró este viernes El infame Ramírez Hoffman, espectáculo concebido y protagonizado por el actor estadounidense John Malkovich que fusiona literatura y música en vivo. Aquí el actor oficia como narrador y está acompañado por la pianista rusa Anastasya Terenkova, el violinista ucraniano Andrej Bielow y el bandoneonista mendocino Fabrizio Colombo.
Los instrumentos fueron apareciendo de a uno, como si se tratara de las pistas sembradas en un relato policial (el subtítulo del espectáculo es Tango y misterio): primero la respiración asmática del bandoneón, luego los graves del piano y, finalmente, las notas estiradas del violín. Malkovich apareció al final y, con su traje oscuro, podría haber pasado completamente inadvertido. Sin embargo, el foco de luz sobre su cuerpo y la ovación unánime en la sala evidenciaron su presencia; por supuesto, todos estaban ahí por él.
Lo primero que habría que decir es que no se vio ningún despliegue escénico porque no era ese el espíritu de la propuesta (algunos comentarios oídos al final de la función revelan que muchos habían ido a buscar eso). Malkovich estuvo los 90 minutos detrás de una mesita con su laptop abierta. Desde allí leía el relato “Ramírez Hoffman, el infame”, que forma parte de La literatura nazi en América (1996), del chileno Roberto Bolaño. Se trata de un compendio ficticio de reseñas de hombres malditos –tal como Jorge Luis Borges hizo en su Historia universal de la infamia– que el propio autor definió como “una antología vagamente enciclopédica de la literatura filonazi producida en América desde 1930 hasta 2010, un contexto cultural que, a diferencia de Europa, no tiene conciencia de lo que es y donde se cae con frecuencia en la desmesura”.
El actor eligió la última biografía del volumen: la de Ramírez Hoffman, un aviador militar que participa del aparato represivo de la dictadura chilena de 1973 y tiene aspiraciones artísticas. Él inventa la poesía aérea, que consiste en la escritura de versos en el cielo con el humo de su avión. La desmesura habita el relato pero Malkovich opta por la sutileza de los climas que la propia narración instala: en la primera parte, el actor prácticamente no se mueve de su rincón salvo cuando desaparece en la penumbra durante los segmentos protagonizados por el trío. Con una mano en el bolsillo y la otra sobre las teclas de su laptop, Malkovich lee el texto de Bolaño y pronuncia las ciudades y apellidos en español con su acento tosco: Concepción, Nacimiento, Venegas, Ramírez, Romero.
Escuchar a Bolaño en boca de Malkovich resulta extraño y, al mismo tiempo, encantador en el sentido estricto de la palabra, porque los buenos actores –aún si no se proponen el despliegue escénico antes referido– tienen el particular don de encantar a una platea y hechizar con el decir minucioso, la cadencia justa. Por eso lo del viernes fue más un recital poético o una performance narrativo-musical que una obra de teatro; Malkovich trabajó mucho sobre el ritmo de esa narración (en la pantalla el texto se dividió en esquema de versos para facilitar la lectura y el actor también lo leyó como si se tratara de un poema).
Ahí es donde aparecen los cruces más interesantes porque Bolaño mismo fue poeta y este texto narrativo –además de tenerlo como personaje– aborda la biografía de un hombre que quiere ser poeta y es un criminal. La historia pendula entre esos extremos: la belleza y el horror, el acto estético y el acto monstruoso, el poeta y el asesino. ¿Es posible que un mismo cuerpo aloje todo eso? ¿Puede el arte valorarse por encima de la ética? Son preguntas contemporáneas que muchas veces no encuentran respuesta. Bolaño se vale de la sátira para hablar de esa infamia.
En la novela la gran protagonista es –como indica su título– la literatura, y en la puesta de Malkovich también; el intérprete no optó por la ampulosidad a la que muchas veces recurre el teatro para que una emoción llegue hasta la última fila sino que apostó al gesto mínimo del lenguaje cinematográfico (la premisa tan mentada del “menos es más” y la economía de recursos). Acá la escenografía se construye con el espacio entre los instrumentos y la luz sobre los cuerpos: el personaje principal es la palabra.
Malkovich intentó una gestualidad más intensa en las partes dramáticas, pero lo que realmente ayudaba a entrar en esa atmósfera era la música. Con un repertorio bastante ecléctico (Piazzolla, Vivaldi, The Doors, Johann Paul von Westhoff, Max Richter), las piezas funcionaban como una banda sonora original porque había cierta familiaridad en las partituras elegidas.
Otro juego interesante está asociado a lo efímero: se trata de un humano narrando una historia a otros humanos durante una noche específica en la ciudad de Buenos Aires, un rito que, como cualquier hecho teatral, se perderá para siempre; ese relato, a su vez, es el de un militar que escribe poemas con el humo de su avión, versos que duran un instante y también desaparecen para siempre. En Argentina, además, los aviones asociados a la dictadura agregan otra capa de sentido al horror perpetrado por Ramírez Hoffman: el mismo instrumento con el que se asesinó a las víctimas de la represión durante los vuelos de la muerte es usado para escribir poemas en el cielo: “La muerte es amistad/La muerte es Chile/La muerte es responsabilidad”. Son versos que resuenan en toda la región.
En 2001 le preguntaron a Bolaño sobre su debilidad por los personajes nazis, que aparecen en varios textos. Él respondió: “Como dice Nicanor Parra, por joder la paciencia. Básicamente, por joder la paciencia. Por reírme un rato”. No hay solemnidad en su respuesta y tampoco en el tratamiento del relato. En ese sentido, la puesta le hace honor porque potencia lo hilarante y lo horroroso a través de ese tono seco tan característico de Malkovich. El infame Ramírez Hoffman no es la obra de un actor con ansias de despuntar el vicio sobre los escenarios del mundo (ya giró por varias ciudades de Estados Unidos y Europa); se trata más bien de la creación de un lector inquieto y eso es lo más destacable. Este es un espectáculo que habla de la literatura y la homenajea desde la subjetividad de alguien que devora libros y se ha deslumbrado con ellos. Una ofrenda para los lectores apasionados.
Laura Gomez/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón