
Memphis, mil novecientos sesenta y pico. Hay un contenedor de basura en la vereda con discos doblándose al rayo del sol. Una niña de la cuadra elige dos entre varios y se los lleva a casa. Uno es de Harry Belafonte, el otro de Nina Simone. La niña es Dee Dee Bridgewater y esos discos un tesoro que le abren una puerta que será definitiva. “Los escuchaba una y otra vez, aunque estaban arruinados por la intemperie, y el sonido subía y bajaba. Pero así pude escuchar a cantantes que estaban en extremos opuestos del espectro musical y aun así tenían una conciencia social. Los dos surgieron en el mismo período de nuestra historia negra americana”, sitúa la cantante del otro lado del zoom, conversando con Página/12.
“En aquellos discos maltrechos había para mí una información distinta a la que se difundía en el Top 50 de la radio. Más tarde, de adolescente descubrí una radio que pasaba solo blues, gospel y soul. Esa música para mí tenía más ‘tierra’, un peso que no encontraba en otro lado”, continua Dee Dee. “Siempre me atrajo ese sonido más cercano al blues y al góspel, y desde ahí ejercí el derecho de explorar tantas avenidas musicales, como hacían mis colegas instrumentistas. En este sentido mi héroe siempre fue Miles Davis, que tocó la trompeta en muchísimos estilos diferentes. ¿Por qué yo no podía hacer lo mismo? Lo hice, a pesar de las críticas. Sigo fiel a mí misma y a mis creencias musicales. Estoy acostumbrada a ser la ‘rara’ o la solitaria”, enfatiza.
A los 75, Dee Dee Bridgewater, la “solitaria”, después de hallazgos y extravíos, encuentros y despedidas, con una discografía relativamente acotada –17 álbumes de estudio– y la audacia de nunca pasar dos veces por el mismo lugar, está entre las leyendas del jazz. Aunque cuando escucha hablar de leyendas se ríe y dice que al final de cuentas se trata de buscar y disfrutar de cantar canciones con las que se pueda identificar.
La atraviesa una fuerte conciencia social y feminista: Tiene un cuarteto de mujeres al que llamaron We Exist!, y no duda en exponer duras críticas al racismo y el colonialismo que emana de lo que llama “los Estados Desunidos”.
El jueves 11 a las 21 llegará al Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125), junto al notable pianista Bill Charlap, en una producción de Bebop Club, para presentar Elemental, el trabajo con el que ganó su tercer premio Grammy como Mejor Álbum de Jazz Vocal, un viaje a través de canciones entrañables. Dee Dee Bridgewater y Bill Charlap, voz y piano, dos historias trayectorias tan distintas cuanto notables que confluyen en las páginas del Great American Songbook.
Un cancionero
“Bill se siente muy cómodo en ese repertorio y yo me entregué a su mundo”, dice Bridgewater del otro lado de la pantalla. Un mundo que está hecho de canciones como “Beginning to See the Light”, “Mood Indigo”, “Love for Sale”, “´S Wonderful”, “In the Still of the Night” y “Caravan”, entre otras muestras imperecederas del cancionero norteamericano. Para el dúo funcionan como un papiro sobre el que es posible inscribir nuevos signos, recrear sobre viejas marcas, cada uno poniendo en juego su historia. “Por supuesto que en el show haremos también cosas nuevas, otras canciones que vamos probando. La dinámica del dúo es muy abierta. Es un diálogo entre dos personas maduras que saben muy bien de lo que están hablando”, advierte la cantante.
–¿Cómo se dio el encuentro con Charlap?
–En realidad yo trabajaba principalmente con su esposa, Renee Rosnes, una pianista notable, que tiene ese grupo fantástico, Artemis, que es todo de mujeres. Me sentía muy cómoda con Renee. Hasta que una mañana me desperté con el nombre de Bill (Charlap) en la cabeza, me resonaba una y otra vez. Y como con los años aprendí a escuchar a mi espíritu, porque es mi yo más auténtico. Enseguida llamé a mi agente, que ya está acostumbrado a mis “sentires espirituales”, y se lo conté. Resultó que también era el agente de Bill y se ofreció a contactarlo. Le comentó mi idea y Bill aceptó.
–Había que consensuar un repertorio…
–Yo no tenía idea de qué íbamos a hacer. Cuando nos juntamos a armar el repertorio, me di cuenta de que es Bill el que se siente más cómodo con el American Songbook. Por supuesto que yo también me siento cómoda con estas canciones, porque fueron mi comienzo. Cuando empecé a cantar, era como una regla tácita para las cantantes aprenderse todos los temas posibles del Songbook. Pero estamos hablando de los años ’70.
–Desde entonces pasaron muchas cosas…
– Claro y hoy me interesa cantar temas con relevancia social, por el estado de las cosas en nuestros “Estados Desunidos” y también en el resto del mundo. Busco canciones que tengan un significado para mí, políticamente hablando. Para que esas letras sean la voz de mi preocupación por los problemas que enfrentamos hoy. Pero también me resulta grato el regreso a esas canciones clásicas, porque tienen que ver con mi historia.
–¿Cuáles son esos temas políticos que la preocupan?
–¡Todos! Hoy nos lidera una administración fuera de control, que ha lanzado esta guerra injustificada contra Irán y que apela a ilegalidades para expulsar inmigrantes de nuestro país, que se supone es el más democrático del mundo. Esas cosas me preocupan y veo cosas similares cuando viajo a Europa. Eso me asusta. Siento que a mi edad, habiendo visto tantas cosas, es importante hablar claro y creo que la música es la mejor vía para hacerlo.
-¿Qué es lo que “dice” con estos conciertos?
–Con Bill creamos un momento para que la audiencia pueda olvidarse un poco de la realidad y tener dos horas de hermosas melodías y letras encantadoras e inocentes. Además de experimentar el jazz en su estado más… voy a usar la palabra del título: más “elemental”. Te confieso que al principio me costaba volver al cancionero estadounidense después de haber hecho mi repertorio personal durante tanto tiempo. Pero todo empezó a cambiar viendo cómo estas canciones llegaban como un alivio para la gente. Les regalaban un momento de belleza. Me tomó un momento entenderlo, pero ahora estoy en paz con eso.
–De todas maneras, más allá de este dúo siempre vuelve a su repertorio personal…
–Siempre. Cuando trabajo fuera de los conciertos con Bill, tengo una banda integrada solo por mujeres. Se llama We Exist! y hacemos canciones sociales, canciones de la tradición activista estadounidense. Para mí es importante que se vea a las mujeres en el mundo del jazz. Pienso que, con mi historia y mi trayectoria, una declaración así tiene un peso propio.
–¿Fue difícil el mundo del jazz para usted por ser mujer?
–No digo que haya sido difícil para mí específicamente, pero claro que tuve dificultades durante mi carrera. E incluso hoy las tengo, porque crecimos en un patriarcado. Por ejemplo, todavía me cuesta hacerle entender a los periodistas que mis discos salen por mi sello, DDB Records, y que solo los distribuye un sello más grande porque ellos tienen la capacidad de distribución que yo no tengo. Y también por eso dejé de dar entrevistas junto a Bill, los dos juntos, porque los periodistas daban por sentado que el proyecto nació de él o que el disco lo produjo él. Y tengo que corregirlos. Yo soy la productora de Elemental, un disco coproducido con mi hija, Tulani Bridgewater, y editado bajo mi propio sello.
Santiago Giordano/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón
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