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Falleció Cormac McCarthy, el maestro del apocalipsis

El escritor estadounidense tenía 89 años y su obra fue llevada al cine.

A los 89 años, murió el gran escritor Cormac McCarthy. De los primeros en pronunciarse, Stephen King tuiteó ayer: “Cormac McCarthy, quizás el mayor novelista americano de mi tiempo”. Definió: “Vivió una vida intensa y creó una obra singularísima, pero sin embargo me entristece su muerte”.

Nacido en 1933, en el estado de Rhode Island, McCarthy fue un hijo del sur profundo de los Estados Unidos. Sus primeras cuatro novelas (El guardián del vergel, La oscuridad exterior, Hijo de Dios y Suttree) se sitúan precisamente en los bosques y pueblos chicos donde discurrió su infancia, de modo que en sus inicios como narrador fue etiquetado en el grupo de los autores sureños, toda una tradición de las letras norteamericanas, donde Faulkner fue quizás el escritor más emblemático.

Luego, en 1985, publicó su primera obra maestra, Meridiano de sangre, y apareció un escenario central en su literatura: el far west. Allí encontró su verdadero territorio, tanto emocional como narrativo. Con ese libro su obra terminó de despegar y cobró madurez.

Según el crítico Harold Bloom, ese libro “culmina toda la potencialidad estética que puede tener la ficción sobre el Oeste. No creo que nadie lo pueda mejorar. Básicamente pone cierre a la tradición. No es solamente el Western supremo, sino que también es la suprema dramatización de la violencia”. Por su parte, el crítico James Wood había hablado de él como de “un escritor colosamente dotado”. La admiración de la crítica fue unánime.

En los años noventa McCarthy publicaría tres libros que conforman una trilogía, también territorial, sobre el tema de la frontera: Todos los hermosos caballos (con el que ganó el National Book Award de 1992), En la frontera y Ciudades en la llanura.

Todos los hermosos caballos fue su primer best-seller. Hasta entonces, ninguno de sus libros había vendido más de 5.000 ejemplares. Además, fue llevada al cine con Matt Damon y Penélope Cruz. Las penurias económicas se iban terminando.

En esa “trilogía de la frontera”, McCarthy revisita los territorios fundacionales de Estados Unidos que ya han dejado de ser confín, conquistados por la línea ferroviaria hacia el Oeste, la expansión hacia el Pacífico. Particularmente caro al lector argentino, Todos los hermosos caballos es casi un sueño exaltado de western, que repiensa y pondera el estatuto de la ley en un país con vastas zonas de organización indómitas.

Sus personajes progresan sobre el territorio casi en una fusión de jinete y andadura. Esa tentación de hibridez perfecta y natural con los animales, que concentran al mismo tiempo la energía masculina y la emoción estética, resulta particularmente contemporánea, quizá también por su crítica a una realidad regida por el varón rampante, corporizado en el “desclasado” del mundo rural. El delito vibra estrechamente en él, como contracara de la productividad y el materialismo.

El siglo XXI sería también muy importante para el influjo de su obra, que empezó con No es país para viejos, en 2005, cuya adaptación al cine (Sin lugar para los débiles) fue dirigida por los hermanos Cohen, convertida en un neowestern actual ambientado en Nuevo México, en la nueva zona fronteriza del narco entre México y en los Estados Unidos.

El libro toma su título de la primera línea de un poema clásico del Nobel irlandés William B. Yeats, Rumbo a Bizancio (1928). Si Yeats explora los sentimientos de pérdida de juventud y de la vitalidad, McCarthy completa la certeza de una extinción inminente con el anuncio de un futuro ciclo salvaje de la historia, en el que la vida poco vale.

La película de los Cohen se hace cargo visualmente del enorme bagaje de violencia que marca esta y otras novelas de McCarthy.

Finalmente, su literatura hizo cumbre en 2006 con La carretera, su mayor clásico, con el que le concedieron el Pulitzer. The Road retrata las agonizantes andanzas de un padre y su hijo en un Estados Unidos posapocalíptico, un mundo sin árboles, sin pájaros, con un mar y un cielo color plomo, donde el hombre se ha reducido a un estado salvaje y bestial.

McCarthy puede ser leído como un autor negativista, un apocalíptico incomparable que, sin embargo, elude todos los lugares comunes de ese género tan masificado. La Carretera fue llevada al cine por John Hillcoat. En su larga caminata al sur, el padre de este relato inolvidable seguirá enseñando sus lecciones prácticas de supervivencia al descendiente, a la vez que lo hará el heredero imposible del gran archivo de la emoción humana.

Celoso de su intimidad, Cormac McCarthy perteneció también a la tradición de los escritores de los que se supo poco y nada de su vida privada. Hay pocas fotos de él y no se le conocen actividades públicas. Nunca escribió un texto para una contratapa, ni enseñó literatura ni escribió una nota en un diario.

Ese silencio se reforzó entre 2006, el año de la publicación de La Carretera, y el reciente 2022, cuando aparecieron en un solo volumen dos novelas nuevas, luego de tantos años: El pasajero y Stella Maris.

En 2008, McCarthy vendió su archivo, que constaba de 98 cajas de cartas, originales, notas y trabajos inéditos a la Universidad de Texas por dos millones de dólares. Un año después, la máquina de escribir con la que trabajó toda su vida (una Olivetti) se subastó por 250.000 dólares.

También por aquellos años, en 2007, ocurrió algo curioso: accedió a ser entrevistado en uno de los programas más populares de los Estados Unidos, el de Ophray Winfrey, cuando ella eligió The Road para su vastísimo club de lectura. Es una pieza televisiva que queda para los fanáticos.

Durante sus últimos años, tuvo una oficina en el Santa Fe Institute en Nuevo México, donde fue miembro honorario. Es un centro de investigación que reúne a científicos de todas las disciplinas para pensar y trabajar problemas en la vanguardia de la ciencia. Allí pasó sus días finales entre científicos, leyendo y conversando. Y allí, en Santa Fe, Nueva México, murió.

Mauro Libertella/Clarín-Espectáculos

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