
La Argentina blanca, sin indios, es una ficción que extirpa del relato a los pueblos originarios, y que aún hoy es aceptada por muchos. “El genocidio no es sólo la destrucción de un pueblo, es también la aniquilación de una memoria común y, con ella, la destrucción de su capacidad para verse a sí mismo en la historia”. Esta lúcida reflexión es del Premio Nobel de Literatura, el sudafricano John Maxwell Coetzee, y está incluida en Un mal salvaje (Random House), el libro que escribió con el argentino Fabián Martínez Siccardi, y que presentarán los dos, acompañados por la extraordinaria Liliana Ancalao, poeta del pueblo mapuche, este miércoles a las 19 en la sala Victoria Ocampo de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la apertura de “La palabra indígena: Diálogo con Escritoras y Escritores Originarios”.
Coetzee y Martínez Siccardi exploran un asunto tan incómodo como necesario: ¿Sobre qué violencias edificaron su prosperidad los Estados del hemisferio sur? Los dos escriben desde el sur del mundo: Coetzee nació en Ciudad del Cabo, en 1940, y vive en Adelaida (Australia); Martínez Siccardi nació en Río Gallegos, en 1964, y vive en Buenos Aires. Exterminio, esclavitud y silenciamiento de los pueblos originarios es el trípode sobre el que se han construido las tramas nacionales en Sudáfrica, con la violencia ejercida contra los pueblos khoi y san; el genocidio perpetrado por el Imperio alemán en Namibia, a comienzos del siglo XX y la persecución sistemática de los pueblos aborígenes australianos. Siccardi examina la historia de la violencia colonial en la Pampa y la Patagonia, desde mediados del siglo XVIII hasta la llamada “Conquista del Desierto”, y muestra cómo el Estado y sus imaginarios se forjaron sobre la exclusión indígena.
Un mal salvaje es un libro híbrido, indómito en su mestizaje, que se niega a ser sometido por los designios del mercado editorial; no es un ensayo “clásico” porque los dos escritores toman el tema y lo pasan por sus experiencias vitales a la vez que las conectan con el racismo, la discriminación, la marginación y el eurocentrismo, tan arraigados en nuestras sociedades. Hay testimonios, fotos y memorias íntimas articuladas como si se miraran en un mismo espejo: los traumas del pasado con los problemas del presente. El libro abre con “Patagonia, Argentina”, un texto de Siccardi en el que evoca las manos de Reyes, el peón que trabajó para sus abuelos en la estancia a orillas del lago Cardiel, en la provincia de Santa Cruz, y cómo el contacto con las manos de ese peón, cuyo ataúd está en el panteón de la familia del escritor en Piedrabuena, al lado del abuelo Eladio y la abuela Angelina, lo ayudó a verse diferente.
Luego sigue “Karoo, Sudáfrica”, el texto en el que Coetzee recuerda la estancia de 5000 hectáreas que compró su abuelo en la década del 20. Se llamaba Voëlfontein, fuente de los pájaros, y ahí vivía Outa Jaap, un anciano con los ojos blancos como la leche, ciego, con las encías desnudas y las manos nudosas. También trabajaban como peones Ros, el hijo del anciano ciego, y Freek, por quien sentía admiración y respeto. “Me parecía una persona con más integridad que cualquiera de nosotros, los Coetzee”, aclara y revela que hoy ve a Freek como “una figura trágica, un sobreviviente de un pasado precolonial perdido en el presente”. Pero el autor de Esperando a los bárbaros, Vida y época de Michael K, Desgracia, Elizabet Costello y La infancia de Jesús, entre otros títulos, mete el dedo en la llaga del problema: ni Ros ni Freek, que eran analfabetos, tenían conciencia histórica; no sabían de dónde venían. Si pudiera volver a los años cincuenta y contarle a Freek sobre los kohi, que habían criado animales en el Cabo durante miles de años antes de que los neerlandeses llegaran y arrasaran con su gente, Freek habría pensado que solo era un cuento que estaba inventando.
En “Desde un sur a otro”, los dos escritores intercambian reflexiones a partir de los textos de apertura. El autor de Bestias afuera, Patagonia iluminada y Los hombres más altos, entre otros títulos, observa la condición compartida de personas como Reyes o Freek que desconocían su pasado de opresión. Y repasa cómo fue el encuentro con el escritor sudafricano cuando hace diez años asistió a los seminarios que coordinaba, “Literatura del Sur”, en la Universidad Nacional de San Martín. Escuchar las narrativas del Sur, sin la intermediación del Norte, le permitió ver “coincidencias inesperadas”. Para Coetzee, al escribir el libro se enfrentaron a una pregunta central: “¿Cómo nos posicionamos, moral y éticamente, frente a las personas sobre las que escribimos”. Y, para que no queden dudas sobre el eje, precisa que se refiere a los perpetradores de los distintos genocidios, “que son nuestros antepasados no sólo en sentido figurado, sino también literal” porque “su sangre corre por nuestras venas” y agrega que “ambos nos hemos beneficiado” de sus actividades genocidas.
Martínez Siccardi recoge el guante lanzado por Coetzee cuando afirma que ambos se vieron beneficiados de las actividades genocidas. El escritor argentino le aclara que sus bisabuelos eran proletarios que hacían los mismos trabajos y vivían en las mismas condiciones que muchos peones indígenas, “con la diferencia de que ellos tuvieron la posibilidad de reproducirse y acumular algo de capital para comprar tierra, una oportunidad que los otros no tuvieron”. Una frase de William Faulkner resuena: “El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”. Namibia conmemoró su primer Día de Recuerdo del Genocidio, en homenaje a las cerca de 75.000 víctimas que fueron masacradas por soldados o forzadas en campos de concentración durante el dominio colonial alemán. En Australia en 2023 fracasó el referéndum que buscaba reconocer constitucionalmente a los pueblos originarios y crear un órgano representativo llamado la Voz. Sudáfrica todavía no ha reconocido formalmente a las comunidades san y khoikhoi (khoisan) ni ha abordado las cuestiones de derechos sobre la tierra y la preservación cultural. En Argentina, los pueblos indígenas son demonizados y expulsados de sus territorios “hoy más que nunca”, subraya Martínez Siccardi.
Hace años ha empezado a surgir historias contadas por los descendientes de las víctimas. En Un mal salvaje los dos escritores denuncian los crímenes de sus ancestros y toman distancia de ellos. “Tenemos una deuda, y la justicia exige que esa deuda se pague”, reconocen en “Desde un mismo sur”, el texto final. “Con demasiada frecuencia, la forma en que se plantea la cuestión es: ¿Qué deberíamos hacer nosotros, como occidentales recientemente iluminados, para pagar nuestra deuda y redimir nuestro pasado colonial? La contrapregunta con que cerramos este libro es: ¿Quiénes se creen ustedes para arrogarse la autoridad de resolver cómo debe pagarse su deuda? ¿No corresponde acaso a los sobrevivientes de sus genocidios prescribir la reparación?”.
Silvina Friera/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón