
Cuando su madre se enfermó, Patricio Abadi -actor, director, dramaturgo- y su hermano compraron una cámara y comenzaron a filmarla en la casa y el hospital. Durante la pandemia, mientras vaciaba su espacio Onírico de Palermo, a 15 años del fallecimiento de la mujer, el artista encontró en una caja, cubiertos de polvo, los mini VHS con las filmaciones. No sabía si estaba en condiciones de revolver el pasado hasta que finalmente decidió digitalizar el material, que es el disparador de Lenguajes del adiós, un biodrama sobre la vida y el arte.
La pieza, que se presenta en el Salón Dorado del Teatro Cervantes -de jueves a domingos a las 18, Libertad 815-, está hecha de varias cosas. Por un lado, de los videos que muestran a una mujer magnética y muy ilustrada hablando de poesía, filosofía, locura y otros temas. Muy vital, además, a pesar de saberse al filo de la muerte por un cáncer de páncreas. El otro plano es el relato contemporáneo del hijo, quien en escena, con mucha naturalidad, casi desprovisto de las máscaras de la actuación, pinta un vínculo para nada idealizado, lleno de “claroscuros”: esta madre admirada lo echó de la casa familiar a los 19 años y solía amenazarlo con un revólver que tenía en su cuarto. A la vez es la misma persona que, ya enferma, le consiguió un vestuario difícil para una obra de teatro -que aún conserva y usa- o la que se sumaba a la platea tiernamente, sin avisar. Estuvieron años sin hablarse; la antesala de la muerte fue el escenario de la reconciliación, de invención de un nuevo y mejor lenguaje para comunicarse, como lo reflejan los bailes compartidos que se ven en pantalla.
La obra está hecha también, entre otras cosas, de canciones y un monólogo teatral que la madre presenció poquito antes de morir -el del carnicero que integra la conocida Ya no pienso en el matambre ni le temo al vacío-. “Para mí este trabajo tiene una dimensión espiritual”, define Abadi. “Pensaba que estrenaba y que todo el contenido emocional, vivencial que tiene, al compartirlo con el público, se iba a a sublimar, iba a pasar a una instancia donde ya no estaba más en mí, sino afuera, en el compartir con los demás. Y para mi sorpresa, no: el material sigue trabajando en mí ahora. Es una experiencia que antecede al estreno y lo trasciende”, expresa. Curiosamente -o no-, la metáfora que le brota es sobre un hijo: “Es como si ya la criatura estuviera viva, como si yo ahora tuviera al bebé y lo tuviera que alimentar”.
“Justo estaba mudando, cerrando un teatro y aparecieron esos videos. Creo que la obra es una articulación, un diálogo, un ida y vuelta sobre el binomio del vínculo con mi madre y el vínculo con el teatro como amortiguación o refugio para los claroscuros de esa relación», reflexiona. En la obra lo dice con estas palabras: “Fue la escritura la que me alojó y me arropó en esa suerte de destierro familiar”, refiriéndose al momento en que se independizó en un monoambiente porteño. En la entrevista dice: “Si no hubiera sido expulsado de mi casa tal vez no hubiera sido escritor”.
Abadi sintió que esos casetes y este proyecto -que también incluye un libro homónimo publicado por Atuel- podían ser “grandes maestros” para “atender a cuestiones” de su presente. “Sin ponerse excesivamente freudianos, es innegable que si uno entiende algunos mecanismos de los cuales participó en el pasado, puede entender algunos comportamientos del presente”, desliza. Por eso es que también ingresa a la obra el relato de cómo se convirtió en padre y la mujer que eligió como madre de su hijo, un modelo muy diferente al de Ernestina, cuyo nombre no se menciona en Lenguajes del adiós.
“La obra habla de que la euforia y la melancolía están muy cercanas. Como decía William Blake, en todos conviven un ángel y un demonio. Reconciliarnos con eso y tratar de ir a lo más luminoso que podamos es un poco el mensaje, en vez de negar que estamos hechos de la materia de ambas cuestiones, porque sino no nos vamos a conocer del todo y eso nos lleva a hacer macanas de manera individual, con los demás y a nivel colectivo”, dice Abadi, quien sigue explorando el mundo de las biografías y trabaja en la de Simone de Beauvoir. En Lenguajes… cumple el triple papel de intérprete, autor y director.
-¿Qué se siente al exponer una faceta tan privada?
-Lo que más me entusiasma no es exponer mi vida ni que sea un movimiento exhibicionista o ni siquiera catártico… me daría pudor hacer un espectáculo solamente para que produzca un intento de sanación de mis cicatrices emocionales. Hago la obra porque me entusiasma como objeto artístico sobre el cual los otros puedan desplegar sus propias sensibilidades. Tomo la palabra en este encuentro horizontal. Para mí es sumamente estimulante mi presencia sin jerarquías: no es que mi historia es más importante que la del espectador, que tiene sus pérdidas, seguro. Este espectáculo me conectó con algo más humano, de tratar de salir un poco de la propia cosa donde uno se centrifuga en su propio individualismo. Y lo ritual, ¿no? Siempre volver al carácter sagrado del teatro.
-La obra empieza más enfocada en el personaje de tu mamá y muta hacia las tensiones del vínculo. ¿Coincidís? ¿Por qué esta decisión?
-Mamá es un personaje muy magnético, con un histrionismo no intoxicado por el teatro, muy natural y basado en la palabra. Hay algo de eso que nos vincula. Es como si la palabra te terminara arrastrando al cuerpo; es una cosa muy loca el goce que produce el lenguaje. En mi casa había un disfrute del arte de la conversación y de la palabra, una fiesta del lenguaje. En un momento del proceso de montaje comprendí algo que estaba al alcance de la mano: me di cuenta de que estaba de partenaire de una actriz, de una persona que convoca en su mirada. Eso me dio muchísimo placer y emoción, porque dije “estoy actuando junto a mi madre”. En los videos ella da charlas actuadas, hace monólogos. Y yo estoy sentado en un escritorio en penumbras. Qué placer no estar haciendo un unipersonal, sino un dúo con esta mujer. La obra es la reafirmación y la rubricación del vínculo que cierra, es decir, de una rueda de un ciclo que se cierra de una manera hermosa que es nosotros dos compartiendo el escenario. Es una obra que sin necesidad de la inteligencia artificial, desde lo analógico, hace un movimiento muy loco con el tiempo.
María Daniela Yaccar/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón