
Cuidar y ser cuidado es una de los quehaceres más universales de la humanidad a lo largo del tiempo. La tarea de acompañar a un ser querido que necesita atención primaria durante un tiempo siempre resulta un deber en el que se conjuga mucho amor pero también cansancio, ternura a la vez que templanza. ¿Cuánto hay de obligación y cuánto de genuino afecto en esa tarea? ¿Qué pasa por la cabeza y el cuerpo de quien cuida cuando la situación de acompañamiento se extiende en el tiempo con un final anunciado? ¿Qué sentimientos y pensamientos atrapan al que pone en pausa su vida para atender con dedicación casi exclusiva las necesidades de otra persona? Todas esas preguntas encuentran posibles y variadas respuestas en Muy a mi pesar, la obra de teatro que todos los viernes a las 20 se presenta en Espacio Callejón, Humahuaca 3759.
Escrita y dirigida por Mario Segade, Muy a mi pesar es un unipersonal protagonizado por Claudia Cantero. La historia cuenta el estado de una mujer que cuida y sostiene a un marido que agoniza. La pieza, concebida en la pandemia, no habla sobre el proceso en sí del enfermo, que nunca aparece en escena pero la atraviesa en todo momento, sino que posa su mirada en todo lo que le sucede a esa mujer que no solo tiene que atender a ese marido frágil y hosco, sino también a vecinas que intentan ayudar pero la complican, a un médico fuera de lo común y a las tareas de un hogar al que hay que seguir atendiendo. Una obra conmovedora, humana, que no se resigna al humor en medio de esa casa atascada en una situación angustiante pero a la vez disparadora de todo tipo de emocionalidades.
“La obra propone desde su forma y contenido esa cosa incómoda de reírte pero no sabés bien de qué, porque las situaciones son dramáticas”, le cuenta a Página/12 Segade, reconocido guionista televisivo, autor de éxitos como Vulnerables, Resistiré, El puntero, Farsantes y Diciembre 2001, entre otras series. “En general, en lo que escribo siempre pasan así las cosas, porque la vida es bastante tragicómica. No queríamos ser solemnes ni hablar de la muerte ni de la enfermedad como grandes temas, sino en su faceta doméstica y cotidiana, donde todo está entremezclado”.
Suerte de unipersonal, monólogo íntimo y fresco doméstico, Muy a mi pesar construye una experiencia escénica en el que lo privado y lo colectivo se entremezclan, en una montaña rusa emocional y artística que interpela sin mediaciones ni distracciones a los espectadores. “Es una obra que te atrapa y te zamarrea por diferentes estados. Mucha gente, después de la función, nos cuenta que mientras se reían lloraban y mientras lloraban se reían”, señala Cantero, de larga trayectoria en la escena, en puestas como Bodas de sangre de Vivi Tellas, La débil mental de Ariana Harwicz, No me pienso morir de Mariana Chaud y Hambre y amor y De mal en peor de Ricardo Bartís, entre otras.
–Muy a mi pesar es un título que denota cierta obligación, deber, resignación. ¿Por qué ese título?
Mario Segade: -Primero que es una frase hecha que me parece que le calzaba bien al estado general de ánimo del personaje. “Que bueno, no me queda otra, acá estoy, doy lo mejor de mí…” Eso es muy argentino. Ella es una mujer orquesta que cuida al marido, atiende a los vecinos que están preocupados, nos recuerda cosas de su propia historia, les regala a los vecinos una receta que ella cocina muy bien, habla con el médico. Es una mujer orquesta atravesada por una situación de salud del marido que toma distintos ribetes. Ese es un poco el chiste general del unipersonal en el que Claudia se desdobla en todos esos personajes con mucha sutileza. Muy a mi pesar refleja cierto sentir de “No me queda otra, tengo que estar ahí bancando la parada”.
Claudia Cantero: -Muy a mi pesar podría ser una frase de este tiempo. Muy a mi pesar, estamos viviendo este momento de la humanidad.
-¿Cómo es interpretar a distintos personajes, y no desde un cambio de vestuario, sino desde el trabajo físico, con los recursos mínimos y corporales?
C. C.: -Es un solo personaje que atraviesa distintos estados de ánimo, y hay otro personaje que es el médico. Como el médico tenía una forma de hablar tan diferente en el texto, hablaba en rima, decidimos que se convirtieron prácticamente en canciones sus intervenciones. Siento que el dispositivo, el micrófono, es lo que me protege: un cambio mínimo en la apariencia corporal, una modificación en el tono de la voz y ya se trata de otro personaje. No tenía ganas de hacer distintos personajes, sino buscar un dispositivo protector que englobara a cada uno. Interpretar desde comportamiento y al ayuda apenas de un micrófono en escena, par que estuviera claro que cuando uno va al micrófono el que habla es Altamira, el médico.
M. S.: -Un profesional que es un poco raro, al que no no se sabe si lo inventó ella, o existe de verdad. Hay algo de cierta dualidad entre lo real y lo imaginario en la obra. Es un poco raro que aparezca este médico en el medio de esa tragedia.
-¿Por qué la temática? ¿Por qué contar esa historia?
M. S.: -En general, con el teatro me pasa que nunca tengo un porqué. Me aparecen imágenes, que después se van transformando en texto y obra. Esa primera imagen fue la de tener que cuidar a tu pareja, a tu hijo, algo de lo que no podés zafar, y en el medio llega la boleta de AYSA y hay que pagarla, hay que ir al supermercado, el nene tiene que comprarse los mocasines, vienen los vecinos que están preocupados y molestan más de lo que ayudan, restan más de lo que suman… Es una situación de mucho stress y cansancio. Y el cuidado también está rodeado del mito del amor: “Te amo, por eso te cuido…” Somos seres humanos, que amamos pero también tenemos resentimiento, frustración por no poder estar en otro lado y tener que estar cuidando… ¿y cómo se tramita eso? Después, el teatro hace lo suyo. Aparece Claudia, aparece en los ensayos una idea de cómo trampear todo esto, cómo habitar ese primer universo dramático. Yo, por ejemplo, cuando terminé de escribir la obra, todo lo que dice Claudia de Altamira no tenía ni puta idea de cómo lo íbamos a hacer. Será tarea de la actriz y el director resolverlo escénicamente. Narrativamente funciona ese mundo que queríamos representar. No soy un autor que ya lleva todo cerrado. No hay un por qué; son imágenes que se van superponiendo. El rol de este médico medio raro, fresco, resulta atractivo frente a la tragedia.
-¿Cómo fue interpretar una obra profunda y no exenta de dolor, permitiéndose el humor?
C. C.: -Cuando Mario me mostró la obra, la leí y no podía salir de la escena de que hacía poco se había muerto mi papá. La leía y decía, “¿esto me va a hacer bien o mal?” No suelo hacerme esas preguntas con las obras, siempre siento que tramito, pero en esta fue distinto porque era la primera vez que se me muere alguien tan cercano y al que había cuidado en el último tiempo. Me costó mucho, porque encima se enfermaron mi mamá y mi papá y a pesar de que tenían cosas distintas tomaban casi los mismos remedios. Finalmente, todo eso se repite. Es un mundo que no te permite escapar de algo que te pasó, de algo que le pasó al otro.
-Todos nos sentimos representados, todos pasamos por esa situación, de un lado o del otro de la cama.
C. C.: -Al principio empecé como a tomar más acongojada los textos y a medida que iban pasando los ensayos sentía que me iba distanciando de esa situación de angustia para permitirle paso al humor. Y quedó bastante en primer plano, con todo lo que le pasa esta mujer a su alrededor y por su cuerpo.
M. S.: -En la obra se ve el proceso que atraviesa la protagonista y cómo pasa por diferentes estadíos. Hay cambios, transformaciones y reacciones propias de alguien que está imbuido en una situación asfixiante. Y por otro lado tenés qué características tiene esta persona. También ella es un poco graciosa, es un poco aparata, es un poco graciosa dentro de la tragedia. Hay cosas que se desprenden del texto y otras cosas que tienen que ver con las actitudes que toma la protagonista, en un humor que se resignifica en medio de la tragedia.
C. C.: -Hay gente que se la pasa recontra llorando, pero que también se rió durante la obra. Me gusta escuchar que hay alguien del otro lado que reacciona a lo que pasa en el escenario. Para el actor es fundamental sentirse acompañado, percibir que hay un ida y vuelta.
M. S.: -El humor de la obra se desprende del tipo de enfermo al que ella cuida, porque él es bastante psicópata. Nos enteramos en base a cosas que ella va diciendo. Se ve que fue un tipo medio psicopatón, mandón, que la tenía cagando. Cuando me pongo en el rol de público, analizo que es un tipo de marido al que muy a mi pesar tengo que cuidar. Ella se atreve con humor a decirle a las vecinas varias veces “saben cómo es él”, que no dice nada pero dice todo. Muy a mi pesar requiere de un público atento a lo dicho y lo que no, pero se sugiere. Eso me encanta del teatro, cuando tenés que seguir el caminito porque todo es contenido. Los movimientos, las canciones, los textos, todo va haciendo a la forma.
-La puesta es mínima. ¿Fue una decisión para enaltecer la palabra?
M. S.: -Sí, la obra reivindica al teatro como expresión artística, humana y comunicacional. Finalmente es una actriz frente al público. De entrada estuvimos de acuerdo de que si bien la obra sucedía en una casa, la escenografía no lo iba a ser en términos convencionales. No es que vamos a ver la sillita, la cama del enfermo, la cocina que también aparece. Pero no sólo por obvio, sino porque queríamos deshidratar absolutamente todo. La obra propone un drama imaginario y cotidiano.
C. C.: -Como actriz me gusta mucho estar en el cuerpo más que interaccionar con cosas. Como si mi actuación pasara por lo corporal, casi cambiando el tono muscular, narrando así en la sutileza.
-El planteo de hablar de lo cotidiano de quien cuida a un enfermo, sin ser solemne, permite observar las cosas de otra manera. No hay solemnidad, pero el riesgo de perder el registro naturalista es alto.
M. S.: -Sí, lo que hace la actriz en la apuesta es fundamental para transmitir la curva del propio deterioro del personaje. Cuando empieza la obra es una y vos vas entendiendo el proceso del cuento a través de lo que un cuerpo termina contando. Finalmente, el teatro es un cuerpo contando. Ahí es donde se pone más aguda, llevándote a muy diferentes momentos.“¡Ah, está hecha mierda!”; “¡Ah, está loca!”; “¡Ah, está contenta!”; “¡Ah, está triste!”; “¡Ah, está perdida!” Te pasa eso. Ahí resignificás el texto de la primera página. Porque hay varios momentos donde ves un ser que no terminás de entender si está o no está, si finalmente es un ejercicio frente a un espejo.
-¿Muy a mi pesar cuestiona, en algún punto, el deber ser del lazo afectivo en situaciones de enfermedades? ¿Desacraliza la idea de que “como lo amo lo cuido con ganas” sin permitirse estar harto o tomarme unos días de esa situación?
C. C.: -La obra quita al acompañante del lugar del deber ser. Sí, lo hago, pero muy a mi pesar. No es que estoy chocha de estar en esta situación. A mí me pasó de tener que ayudar a mis padres, me gustó hacerlo, lo tenía que hacer, pero llegó un momento en que estaba agobiada. ¿Cómo volvía a mi vida? No fue fácil volver a retomar mi vida, me costó un montón. No tenía ganas de actuar, por ejemplo. No tenía ganas de actuar.
-¿Te había chupado hasta la energía de actuar?
C. C.: -Había perdido las ganas. Hay un momento cuando tenés que retomar a tu vida que no sabés cómo volver… porque no volvés igual. Yo hice una obra con Bartís, Hambre y amor, que era una versión de Hedda Gabler, donde interpretaba a la tía, a la que se le moría la hermana y se decía “me quedé sin alguien a quien cuidar”. Las mujeres tienen una historia de cuidado. Cuidar a los hijos, cuidar a los padres.
-¿En tareas de cuidado pesa más el “deber ser” en las mujeres que en los hombres?
C. C.: -No tengo dudas. A mí también me pasó cuando mi hija se independizó… Me dije: “¿Y ahora a quién cuido?.
M. S.: -Claro que hay una historia social que condiciona ese deber ser entre hombres y mujeres.
C. C.: -En la obra eso está solapado y cada cual vive su propia experiencia. Hay quienes salen muy arriba con lo del humor y otros que salen medio reventados, destruidos, porque les tocó una fibra que quién sabe. Me parece que según en el momento de la vida en el que te interpela el tema o lo que sucede ahí, te pega de una manera o de otra.
M. S.: -Si bien es un disparate, la obra es un tipo de realismo donde inevitablemente en algún lugar te interpela. O por lo patético, o porque te hace reír, o porque “mirá esa loca lo que hace…”, por lo que fuere, pero hay algo de un realismo fáctico, como es el hecho de que alguien está en una situación posible de cuidado. No podés zafar de que el imaginario vaya a lo real. Entonces, las devoluciones son heterogéneas y van desde llantos desconsolados a carcajadas y risas, y también reflexión. Y hasta incredulidad por habernos metido con algunos temas de esa manera y no de otra.
El ataque a la cultura
“Yo la estoy pasando mal, muy mal”, confiesa Cantero cuando el ataque del gobierno de Javier Milei a entidades y representantes de la cultura se hace presente en la charla. “Siento -expresa la actriz- un maltrato, un destrato tremendo, que no son necesarios. El otro día un espectador me escribió diciendo que “por suerte están estas obras”. Qué suerte, porque hay algo de “no ser necesarios” que te muele a palos. Y por otro lado, percibo desde hace un tiempo que no se manifiesta en nuestro sector la falta de trabajo. Nadie lo dice, porque si lo decís es porque no sos lo suficientemente bueno, por eso no tenés trabajo. Si decís que no tenés trabajo vas a tener menos. Si decís que no viene público a tu obra va a venir menos. Hay una cosa exitista que no nos permite hablar de lo mal que está la cultura. El otro día me encontré en un casting con una actriz amiga y me dijo: “me tuve que levantar el ánimo un poco para venir al casting porque estoy por el piso”. Creo que ni nos estamos viendo, ni nos cruzamos demasiado. Nunca nos trataron tan mal. Ni Macri, bueno, más o menos: Lombardi y Macri nos trataron bastante mal. Lombardi sobre todo. Pero aparte de maltratarnos, es un gobierno despectivo, grosero, descalificador”.
Segade coincide con el diagnóstico y la preocupación por la situación, que considera se basa en una falacia. “Entre las mil aristas que trajo este gobierno, hay una que hace mucho daño, que es la instalación del mito de que la cultura se hace con fondos públicos. Esa idea de que la cultura viene acompañada de fondos públicos, que son un gasto, generó la reacción tonta del “con la mía”, “búscate un laburo”, “ensobrado”… Entonces, cuesta mucho -porque no es así- revertir un poco esa tensión. Ahora, a partir de todas las denuncias que aparecieron, de que estamos viéndole la cara a la ultraderecha en términos de lo que realmente son -vaciadores, saqueadores, genocidas culturales y sociales- estas cosas van a volver a tener un cauce normal. Es falaz la idea de que se le saca un plato de comida a un niño de Corrientes porque se hace una obra de teatro”.
-¿Por qué Milei y sus funcionarios y militantes tomaron como objeto de ataque a la cultura?
C. C.: -Estoy segura de que hay mucho rencor hacia quienes trabajan de lo que les gusta. Porque se la escuchó Liliaa Lemoine decir que si querías ser médico o científico tenés que bancarte ser pobre. Hay un cierto rencor hacia quien trabaja de lo que le gusta. Es una locura haber llegado a eso… que trabajar signifique una cosa horrible que tenés que padecer. Como si no tuvieras el derecho a elegir de qué querés trabajar. Te puede ir mejor o te puede ir peor, pero en principio el derecho lo tenés. ¿Qué mejor que trabajar de lo que te gusta? Va a haber mucha más gente contenta.
-En la actualidad hay muchos profesionales del rubro artístico que están trabajando en otros rubros.
C. C.: -Muchos. Porque no es que no haya ganas de hacer teatro o con o series, lo que pasa es que tenés que ir a laburar de cualquier otra cosa porque no la podés bancar. Hay tan poca ficción que la mayoría de los actores y actrices nos volcamos al teatro. Porque no hay ficción televisiva, casi nada cinematográfica y solo hay algo en plataformas. Que se quede Netflix 5 minutos más porque si no nos quedamos todos patas para arriba… El auge del teatro no es tan romántico, eh.
M. S.: -Y a la vez, lo decía Rottemberg: sin haber televisión, a quién van a ir a ver al teatro en la calle Corrientes. Antes ibas a ver a los artistas que veías en la tele, que eran populares. Además, el financiamiento de las plataformas lo hace el usuario, porque ese es dinero que cada uno pone de su bolsillo.
Emanuel Respighi/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón
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