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Martín Slipak protagoniza Ambiente en el Estudio Los Vidrios

Martín Slipak protagoniza Ambiente en el Estudio Los Vidrios

Martín Slipak es conocido como actor, pero desde hace un tiempo también escribe y dirige sus obras. Ahora estrenó Ambiente, una pieza que explora un tema áspero: el sueño de la casa propia para los casi-cuarenta que pertenecen a la clase media. Para los miembros de esa generación –y de las siguientes– tener una casa se ha convertido prácticamente en una utopía. ¿Está bien que los hijos vivan peor que sus padres? Esto es algo que se pregunta el hijo que protagoniza la historia y también el propio Slipak en la entrevista con Página/12.

Para hablar del origen del proyecto se remite a un evento “un poco truculento” de su vida: “Hace tres años mi papá tuvo un ACV y perdió el habla. Todas las cuestiones bancarias las manejaba él y no era algo que nos informara. Tuve que empezar a investigar con lo poco que podía decir, me enteré de un seguro de vida. A partir de eso sentí la necesidad de sentarme con mi mamá, que está divorciada de él, y preguntarle detalles sobre su patrimonio. No era algo que hubiéramos hablado antes pero entendí que tenía que saberlo”.

Martín no tiene casa propia; siempre alquiló. A partir de ese acontecimiento familiar empezó a plantearse varias cuestiones en torno a un tema que para muchos es tabú: qué corresponde preguntar y qué no, qué se puede pedir y a quién, cuáles son los lapsos de tiempo para los reclamos, los sacrificios o los pedidos de ayuda. Él asegura que la escritura que surgió tenía que ver con su condición de hijo pero también con su rol de padre. “Me di cuenta de que el gran anhelo que tengo en la vida es dejarle una casa a mi hija, entonces empecé a preguntarme dónde radicaba ese deseo”, cuenta.

El autor define su obra como “clasemediera” porque todas las preguntas surgen desde ese estrato y “dilemática” porque plantea varias dicotomías. Algunos padres tienen el deseo de dejarle un capital a sus hijos y otros, en cambio, piensan en pasar una vejez sin sobresaltos económicos. “No tiene nada que ver con el amor o el tipo de vínculo sino con una configuración y un contexto”, aclara. “Para los de mi generación la vivienda propia es una utopía. Por más que uno se esfuerce y trabaje sin parar, el fruto de nuestro trabajo va a un alquiler. Somos hijos de una generación que atravesó la dictadura, la hiperinflación, el 2001 y varias crisis, pero igual pudo comprar su casa”.

Y ahí aparece otro dilema: ¿por qué dos personas que se esfuerzan igual pueden tener vidas tan distintas y cómo un padre que trae un hijo al mundo no piensa en esas diferencias de coyuntura? Todo esto estalla en la obra cuando el hijo (Paco Gorriz) le propone a los padres (Mauricio Minetti y Maitina De Marco) “achicarse”, es decir: comprar una casa más pequeña para que él pueda acceder a un monoambiente.

–El planteo es crudo y brutal, pero hay argumentos atendibles de ambos lados. ¿Cómo pensás ese carácter dilemático?

–Para mí lo más importante era que todos los argumentos de los personajes fueran válidos. Esa era una premisa fundamental. Como hijo uno quiere la felicidad de sus padres y como padre uno quiere la felicidad de sus hijos. Me gusta decir que lo que escribí es un teatro de crisis porque los vínculos entran en conflicto a partir del contexto en el que vivimos y los planteos son dolorosos. También era importante mostrar que el hijo trabaja, se esfuerza y le da mucha pena hacer este planteo. Él no quiere tener asociada la idea de propiedad con la muerte de sus padres; somos parte de una generación que muchas veces especula con culpa: es duro saber que el único momento en el que alguien va a tener algo propio es cuando herede.

“¿El hecho de que yo sea mayor significa que se acabaron las responsabilidades?”, reprocha el hijo en la obra. Y Martín, como padre de Nina, agrega: “No creo que cuando ella cumpla 18 años sienta que ahí se terminan mis responsabilidades. Me parece ilógico pensarlo de esa manera. Cuando uno establece lazos de amor y de afecto, la ayuda viene de ambas partes porque nuestro vínculo se basa en cuidarnos y apoyarnos”.

–¿Cómo se fue desarrollando en vos la práctica de dirección?

–Me parece que el actor argentino adquiere una práctica muy aceitada por tener que autodirigirse; lo mismo pasa con la escritura. Yo viví la tele de los 90 y los 2000: muchas veces nos daban el esqueleto de una escena y eso se completaba con la creatividad de cada uno. Se filmaban veinte escenas por día, entonces inevitablemente aparecía la práctica de improvisación, escritura y autodirección. Como actor y ser humano no concibo, ni ética ni moralmente, la idea de un director que no contenga a sus actores. Me pasó muchas veces, me enojé y sigo sin entenderlo. Es una práctica bastante infame. Que un director tome un trabajo y se haga cargo de una obra pero luego no trabaje con los actores es algo que no acepto. No me puedo amigar con esa ida e intento ser todo lo contrario. A veces puedo pecar de obsesivo por mi idea tan radical.

Para Slipak todo es signo y forma parte de la obra: la sala, el barrio, el precio de la entrada, el flyer, la luz, la sonoridad, el ritmo, las voces, los cuerpos. Consultado sobre la elección del espacio, responde: “Estudio Los Vidrios es manejado por alguien que tiene una curaduría exquisita en relación al arte. Lisandro Rodríguez tiene una mirada con la que yo coincido muchas veces en relación a lo artesanal y lo mínimo. Comparto muchas ideas que él plantea en su libro (Teatro comercial. 299 notas sobre dirección y puesta en escena, Paripé Books). Hay una mirada sobre el teatro arriesgada y un tanto ríspida en la que me veo reflejado. Cuando planteo un teatro de crisis, de clase media y austeridad, me cierra un espacio que no tiene parrilla de luces, en donde no voy a usar música incidental ni sonido que salga de una consola. Son los recursos de la austeridad y tienen que ver con el cuento que estoy contando. Es un teatro bastante crudo el que planteo porque el tema lo es, así que trato de ser consecuente con eso».

La obra pone en juego factores muy personales: los cuadros que se muestran fueron pintados por su madre, la artista plástica Nancy Alpern, y Slipak logró concretar la producción con dinero prestado de sus padres así que, en algún sentido, Ambiente es la “casa” que les pidió a sus progenitores. El actor describe el contexto actual como “desesperante” y dice: “El otro día me preguntaban cómo no caer en un teatro de coyuntura y me parece que hoy lo preocupante sería no caer en un teatro de coyuntura. Por eso este gobierno odia a los artistas: saben que el artista va a hablar y va a hacer arte con lo que pasa. Después está la construcción de lenguaje, que es lo que nos diferencia del periodismo o lo documental. Estamos atravesados por una sensación de desasosiego. El actor sabe que toda su vida debe convivir con la incertidumbre económica pero hoy esa incertidumbre es total. Vivimos un momento de mucha angustia y hay muchísimos actores trabajando de otras cosas. El gobierno nos está obligando a hacer un arte de resistencia”.

  • Ambiente se puede ver los viernes a las 21 en Estudio Los Vidrios (Donado 2348) y las localidades están disponibles en Alternativa Teatral.

Laura Gómez/Página 12-Espectáculos

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