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Mariana Chaud dirige Ruth en Dumont 4040

Mariana Chaud dirige Ruth en Dumont 4040

La escritora Adriana Riva, autora del fenómeno literario Ruth –publicado en 2024 por Seix Barral; narración en primera persona de una octogenaria- dijo en su momento: “Me parece que hay poca literatura sobre la vejez”. Mariana Chaud, directora de la versión teatral del libro, en cartel en Dumont 4040, cree también que la escena no suele hablar de esa etapa de la vida -hay excepciones, claro, como Los bienes visibles, de Juan Pablo Gómez-. Ana María Bovo, como Ruth, y Elvira Onetto, como su amiga Luisa y los múltiples personajes que rodean a la protagonista, deslumbran en esta puesta que también, rápidamente, se ha vuelto un fenómeno, dentro del circuito off.

“Lleva una vida aprender a no ser joven”, sentencia esta mujer judía de 82 años que ha quedado viuda y que tiene una avidez insaciable por el arte, fundamentalmente por el plástico, sobre el que aprende a través de clases teóricas de Zoom. Fue médica. Tiene varias amigas con las que intercambia desopilantes mensajes y hace algunas salidas -por ejemplo a la ópera, o juntadas un poco deprimentes con la gente “que queda”-; tiene también dos hijos a los que nunca llama por su nombre y nietas. Ruth despliega una voz tan filosa como melancólica, tan graciosa como existencial, exponiendo deseos, opiniones, recuerdos; los dolores que se sienten en el cuerpo, las ganas de quedarse siempre en la cocina, donde transcurren los días sin obligaciones. Riva construyó una voz sin dramatismo ni condescendencia, y ahora ese espíritu cobra vida en el escenario.

Es como si el personaje descubriera cada cosa por primera vez. Me gusta mucho su mirada del arte, cero snob o pretenciosa, como fervorosa espectadora. Tiene casi virginidad al mirar”, dice Chaud a Página/12. La idea de llevar la novela al teatro fue de los productores Javier Berdichesky y Maite Caballero, quienes la convocaron para la dirección. La dramaturgia la comparten Berdichesky y Andrés Gallina. “La novela es un súper éxito, creo que va por la octava edición. Cuando gusta mucho algo es una gran responsabilidad, porque pensás que te van a crucificar por la adaptación. Pero fuimos ganando confianza, apropiándonos e hicimos un buen trabajo. Hasta ahora la gente se va súper contenta”, celebra Chaud, quien viene de dirigir un material diametralmente opuesto y también destacado, ¡Chau, Macoco!, la obra que hicieron Los Macocos al cumplir 40 años de trabajo grupal, estrenada en el San Martín y en cartelera en el Regio (Avenida Córdoba 6056, de jueves a sábados a las 20).

“Estéticamente Los Macocos son de la hipérbole, muy histriónicos, y Ruth es de la economía y del decir muy suave. Pero las dos hablan del tiempo”, compara la directora, que tiene al humor -presente en ambas puestas- como uno de sus sellos. Por otra parte, está ensayando la adaptación teatral del libro Carrera de fondo, de Nadine Lifschitz, con Julieta Zylberberg y Gadiel Sztryk, acerca de una pareja con hijos pequeños que se separa. Estrenará a mediados de mayo en el Picadero.

-Una novela es una experiencia que se vive en solitario y puede despertar emociones muy personales. En cambio, el teatro se vive colectivamente y en este caso el público se ríe mucho con la obra. ¿Al llevar el texto al teatro se cargó más de humor?

-Puede ser. Para mí era un riesgo ponerse sensiblero. Igualmente, la novela tiene siempre acidez, jamás se pone sensiblera, aunque toca unas fibras emocionales muy profundas. En el teatro es otro el riesgo: cuando eso se subraya demasiado una entra en un callejón más sin salida y está bueno matizar con el humor. Así, las reflexiones entran también, pero de una manera no tan remarcada.

-¿Hay poco teatro sobre la vejez?

-Totalmente. Tenemos cada vez más una población de adultos mayores. La obra dice que las buenas intenciones son aniquiladoras cuando los llamamos “adultos mayores”… hay una población cada vez más grande de viejas y viejos, sobre todo de viejas, porque las mujeres parece que estamos destinadas a vivir más. Y no hay tanta reflexión. Venimos de una cultura que se ocupa de los viejos lo mínimo posible. Se perdió hace rato ese lugar de sabiduría y de guía que otras culturas capaz tienen. En la cultura actual es como que sobran, “ya vivieron y no molesten”. Hay algo muy interesante que tiene para decir Ruth. Además de que todos vamos hacia ahí como buen plan, porque si no en medio nos morimos… vamos a llegar ahí y hay maneras mejores de llegar y también hay un diálogo, cosas para aprender, aunque no siempre el crecer traiga sabiduría. Tampoco la veo a Ruth como una sabia. Pero hay algo muy inteligente, irreverente y particular en ella. No está representando a las viejas ni a las abuelas. Hay un camino muy interesante que agarra Adriana. Es una voz. Trabajó muy bien esa voz y es muy verosímil, y una quiere saber todo lo que piensa Ruth de todo. Te interpela más allá de la edad. A mí me pasó y voy a cumplir 49. También una piensa en sus madres, tías, amigas. Con la ficción pasa eso: no necesariamente tenés que ser madre para entender la ficción de una madre. Algo de Ruth está en todas.

-¿Cómo se dio el proceso de transportar el libro al teatro?

-Cuando me convocaron había una primera versión de la adaptación en la que estaba Ruth con una persona más joven, la hija de una amiga que la pasaba a ver. Hice mis observaciones; a mí me parecía que tenían que tener las dos la misma edad, porque si no se armaba un vínculo con algo de la compasión, de ir a cuidar a alguien; una cosa que no está en la novela. Después empezamos a charlar sobre quiénes serían Ruth y Luisa. A mí no se me hubiera ocurrido Ana María porque no estaba tanto en el mundo de actrices y actores que siempre veo. La sugirió Maite. La fui a ver y me pareció fascinante, hipnótica. A Elvira la conozco, la dirigí en Budín inglés, soy muy fan de ella, la propuse yo. Es una buena combinación. Son muy distintas las dos.

-¿Qué desafíos afrontaron en la puesta? ¿Hubo mucho trabajo desde la palabra, pensando que se trata de un texto escrito para ser leído?

-La versión no es mía, pero siempre como directora una tiene que tener un margen para acomodar al decir de las actrices y hay cosas que funcionan en el papel que dichas no funcionan de la misma manera. Hay que cortar, acomodar, romper, intercalar o editar. Obviamente hubo de eso. También las actrices son muy fans de la novela y entonces empezó a pasar que decían “esto no está en la obra y me pareció que tenía que estar”. Traían cosas que no estaban incluidas. Algunas las sumamos, otras era imposible. Por otro lado, hay algo del ejercicio de la no representación que también fue un trabajo en conjunto, sobre todo con Mariana Tirante (la escenógrafa) y Mariana Seropian (la vestuarista). Tomamos la decisión de no hacer la cocina, la casa de Ruth, sino un espacio que es como una obra de arte en sí mismo. Es como si Ruth estuviera en el museo y después el museo también contuviera la cocina. Eso nos liberó de un montón de caminos errados; es bastante abstracta la obra en ese sentido. Ruth no está en camisón ni en la cocina, pero se habla de eso. Están en un espacio que es como una instalación, con una superficie de proyección.

-En el público se ve mucha gente grande. ¿Cómo es que se da eso?

-Es hermoso y la verdad que no tenemos mucha idea. Por un lado está el público del libro, y por otro me parece que es como un boca en boca. También hay amigas que traen a las madres, eso se arma mucho. Cada obra va encontrando su público. Es un misterio. En este caso no hablamos con grupos para que vinieran, aunque alguna cosa se armó, espontánea, de los grupos que van a ver teatro, que muchas veces son en su mayoría de mujeres y mayores. Es un público muy agradecido.

  • Ruth se presenta los jueves y domingos, con fechas salteadas, a las 20 y 20.30 respectivamente, en Santos Dumont 4040.

María Daniela Yaccar/Página 12-Espectáculos

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