Javier Daulte presenta su obra El Movimiento en el Teatro Cervantes

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Todas las vidas podrían contarse a través de una cronología de posibles muertes. El dramaturgo y director Javier Daulte registra tres a lo largo de la suya y así las enumera: “Siento que sobreviví tres veces: a la dictadura, a Malvinas y al sida. No estuve enfermo ni nada, pero hablo de tres sentencias de muerte; las balas pasaron muy cerca. Cada quien podrá contar sus propias muertes”. Daulte asegura que le resulta imposible hablar de Malvinas hasta el día de hoy, pero pudo escribir (no es poco). El resultado de ese proceso es El movimiento, pieza que escribió y dirige. Puede verse de jueves a domingos a las 21 en la sala Orestes Caviglia del Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815).

“Malvinas es algo de lo que no puedo hablar. Me acuerdo de todas las cosas que viví y que vivieron otros. Yo tuve la suerte de no haber ido pero es muy difícil. No puedo hablar sobre algunas cosas, no porque no las pueda narrar sino porque no puedo hablar, se me corta la voz. Pero pude escribir. Creo que tenía cierta deuda conmigo mismo. Hemos sobrevivido muchas veces. Cada país y cada persona tiene sus propias muertes”, apunta el director, que decidió trabajar por tercera vez (después de Luz testigo y El sonido) con los actores y las actrices que hoy forman parte de la Compañía Callejón: Vale Camino, Ramiro Delgado, Julia Gárriz, Jorge Gentile, Luciana Grasso, Silvina Katz, Paula Manzone, Agustín Meneses, William Prociuk y María Villar.

Para Daulte tener una compañía teatral supone “un entendimiento profundo a partir de la gran confianza que genera estar contenido por una agrupación”. Hay tres pilares que sostienen este proyecto: las ganas de hacer un nuevo espectáculo con estos actores, la necesidad de explorar el lenguaje teatral en torno a la idea de juego, y un reportaje a Claudia Sánchez que funcionó como punto de partida. Ahí ella contaba algo que le había ocurrido respecto de Malvinas y Daulte sintió un impacto. “Así apareció la idea argumental”, dice. Una agencia de publicidad prepara una campaña sin saber qué producto debe vender y una clienta irrumpe con una historia que conecta el presente con la guerra de Malvinas: lo que se creía lejano de pronto se vuelve familiar y lo familiar se vuelve extrañísimo.

Cuando se le pregunta cómo organizó la dramaturgia alrededor de ese vacío –un producto desconocido– el director explica que “primero está el vacío y luego nosotros ponemos algo ahí, lo que podemos; es un vacío de la existencia”. El artista define la obra como “un espectáculo juguetón, muy lúdico, muy divertido en algunos momentos y muy conmovedor en otros”, pero advierte que también “mantiene cierto misterio asociado a lo colectivo”. El espacio va mutando para contar distintos aspectos de esta historia. La acción transcurre en una agencia de publicidad, pero luego ese espacio deviene otros y lo mismo ocurre con los personajes. Para el dramaturgo la obra “se fue cocinando, se fue tejiendo”.

–Acá se problematiza la traición en dos mundos muy diferentes: el de la publicidad, a partir del robo de ideas o el espionaje a la competencia, y en la guerra a partir de la deserción. ¿Cómo pensás ese diálogo?

–La obra habla de la responsabilidad, del compromiso y del tabú. El movimiento no intenta hablar de la guerra; habla de un soldado. Un día le pregunté al grupo si sabía el nombre de algún excombatiente y nadie sabía. Es tan anónimo que ponerle nombre y apellido a uno es todo un gesto. La pienso como una obra piadosa, de salvación a pesar de todo. Con la idea de movimiento aparece la idea de rebote, una onda expansiva que no se detiene. Se atenúa pero no se detiene; algo parecido pasaba en El sonido. Eso que empezó en un momento te va a alcanzar tarde o temprano, la reverberación llega y ahí no te podés hacer el boludo.

Cuando Javier empezó a escribir este texto la cuestión Malvinas no estaba en el lugar donde hoy se encuentra: todavía no había ocurrido la escena de los jugadores de la Selección Argentina luego del partido con Inglaterra en el Mundial 2026, no se había pintado aún la célebre bandera a las corridas en un cuarto de hotel y, lamentablemente, no era un tema prioritario en la agenda pública. “Yo pensaba: ¿a quién le va a importar este tema? Era una cuestión perimida, olvidada. Y de pronto volvió”. Hay escenas que replicó casi textualmente de su propia biografía y la escritura fue la manera que encontró para exorcizar ese trauma personal y colectivo (sobre todo para alguien que nació en 1963).

Cuando en la obra se dice “desertor” se habla de alguien que se pasó a la competencia pero también resuena otro sentido: quien se retira de una guerra. Daulte habla del miedo y del desacuerdo, porque quien deserta se niega a aceptar los términos y condiciones que se le imponen: “No hay una manera correcta de actuar porque las circunstancias son muy tremendas. En una guerra no gana nadie”.

–La cuestión Malvinas y el mundo publicitario podrían pensarse como dos extremos. El sentido común indicaría que uno tiende a la solemnidad y el otro a cierta frivolidad. Vos cuestionás un poco esos lugares comunes y hacés otra cosa. En tu manera de hacer teatro aparece el juego pero también el compromiso: un juego comprometido.

–Sí, ese juego fue consciente en algún momento con esta obra. Quise tomar estos dos universos que podrían caer allí perfectamente. Creo que las cosas se dirimen en términos emocionales: lo lúdico, que en principio podría acercarnos a lo frívolo, no puede prescindir de lo emocional; los contenidos más pesados, como podría ser una guerra, tienden a lo solemne pero no tenemos que extirparle el juego. Siempre tiene que haber un compromiso lúdico: el compromiso es con el juego. Todo forma parte de este lenguaje mutante que juega con el espectador porque de repente se encuentra con una realidad que no es la que percibía antes, cambian los escenarios y los personajes.

El movimiento es también la cristalización de un diálogo entre circuitos: una compañía del circuito alternativo que tiene su sede en el Teatro Callejón pero monta una obra en el Cervantes. “En Argentina hay un vigor teatral único. Ese vigor y esa sobreabundancia de espacios, salas y propuestas generan una gimnasia muy interesante. Uno de los mayores beneficios es romper prejuicios. Cuando pasé de hacer una obra desde el Teatro Sarmiento al Broadway decían que me había vendido al mercado, pero para mí el teatro son paredes y adentro hay personas. Yo fui el primero en hacer ese pasaje y hoy ya es una práctica habitual. Esa flexibilidad en el teatro argentino es maravillosa”, asegura.

Daulte fue pionero en varios aspectos: perteneció a la camada de dramaturgos de los 90 que discutió con sus antecesores (Tito Cossa a la cabeza de esa otra generación), fue el primero en hacer ese pasaje osado del circuito oficial al comercial con Nunca estuviste tan adorable y marcó el regreso a la escena en la postpandemia con el estreno de Luz testigo. Hay dos frases que para él definen el modo de hacer teatro en Argentina y dice que deberían estar en la Constitución: “lo atamos con alambre” y “ya le vamos a encontrar la vuelta”. “El trabajo de los artistas es lidiar con las limitaciones y encontrar alternativas, somos quienes ejercemos la imaginación y la ponemos en valor. Sería importante que eso aparezca también en otras áreas”, concluye.

  • El movimiento puede verse de jueves a domingos a las 21 en el Teatro Cervantes (Libertad 815). Las entradas están disponibles en la web.

Laura Gómez/Página 12-Espectáculos

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