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Gratísima impresión de Dementia, la ópera nueva estrenada en el Colón

Gratísima impresión de Dementia, la ópera nueva estrenada en el Colón

La aparición de una nueva ópera en el escenario del Teatro Colón debería ser siempre motivo de celebración. No sólo porque un teatro de su tradición asume el riesgo de encargar obras nuevas, como ocurre en los grandes coliseos del mundo, sino porque ninguna institución lírica puede aspirar a renovar su público únicamente a través de nuevas puestas de los títulos consagrados. La continuidad del género depende también de la creación de repertorio. Pero, además, hay que demostrar que el género sigue siendo capaz de pensar el presente y enfrentarse a una pregunta tan vieja como urgente: ¿cómo escribir ópera en el siglo XXI?

Dementia, la obra de Oscar Strasnoy con libreto de Ariana Harwicz y puesta en escena de Marcelo Pensotti, consigue precisamente eso.

Strasnoy es acaso el compositor argentino de ópera más importante de las últimas décadas. Lo notable de Dementia es que, aun cuando se mueve en territorios fantásticos, mantiene siempre un horizonte de verosimilitud. Todo resulta extraño, incluso absurdo, pero nunca arbitrario. La lógica interna de la obra se impone con una naturalidad inquietante.

Decía el gran crítico Federico Monjeau que las buenas óperas, antes que ideas o palabras, poseen clima. Dementia lo tiene desde su preludio: una atmósfera de espera cargada de amenaza, una pesadilla doméstica con ecos de film noir.

La historia transcurre en espacios interiores en un tiempo indeterminado. Una joven escritora y su pareja, un traductor, se instalan en una residencia artística rural buscando inspiración. La llegada de unos visitantes que resultan ser ellos mismos 25 años después desencadena una inquietante convivencia entre distintos tiempos de una misma existencia. Más tarde se sumará una tercera pareja: ellos mismos 50 años después, sumidos en la senilidad. Lo que se derrumba no es sólo una vocación artística, sino una idea de pareja, de destino.

Un prólogo y un epílogo -articulados por una voz en off- enmarcan los tres cuadros de la obra. Sin solución de continuidad, cada uno de ellos se abre con el giro de una plataforma que desplaza a los personajes hacia el exterior, donde se produce el encuentro perturbador con sus propias versiones futuras. El resultado es una atmósfera donde la frontera entre vigilia y alucinación se vuelve incierta.

Pensotti organizó muy bien este universo mediante dos niveles, con una escenografía muy eficaz de Mariana Tirantte, también a cargo del ingenioso vestuario. Hay un living donde se desarrolla la acción principal y abajo un sótano; un espacio vecino -atrás- que funciona como espejo deformado de la realidad -que se desarrolla adelante- y aparece cuando se corren unas cortinas. Allí está la figura del pianista, presencia fantasmática que opera como una interferencia constante.

En una pequeña pantalla se ve la imagen de un teclado fijo y se insinúan figuras fragmentadas (diseños de Martín Borini), muñecos de plastilina que se ensamblan hasta completarse al final de la obra, como si la identidad misma fuera un rompecabezas imposible.

El diseño lumínico de Matías Sendón acompaña con precisión esa deriva. Las luces cálidas se transforman en tonalidades frías. La frase que cierra la ópera resume todo el dispositivo dramático: “Somos malas traducciones de nosotros mismos”. La traducción aparece como metáfora central, los dobles proliferan con figurantes. Nada permanece idéntico al original. La música avanza en esa misma dirección en su permanente variación y atmósfera de extrañeza constante.

Musicalmente, Strasnoy vuelve a demostrar un dominio excepcional de la escena. La partitura evita cualquier tentación arqueológica respecto de la tradición operística. La escritura instrumental no solo acompaña la acción: la comenta o la contradice, y a veces la anticipa.

Al menos en un comienzo, las líneas vocales se sitúan en un registro contenido, las inflexiones recuerdan la conversación cotidiana que surge de esa materia aparentemente prosaica. Aunque el libreto de Harwicz asume un riesgo considerable cuando adopta registros deliberadamente coloquiales -“yo no bajo ni en pedo” o“cerrá el orto”y cambios de idioma (francés), la potencia dramática de su lógica interna absorbe esos contrastes y los integra naturalmente al tejido de extrañeza que propone la obra.

Por momentos, el libreto se corre de la prosa de la conversación y surge una veta poética que se traduce en breves arias y conjuntos de singular intensidad expresiva. La obra encuentra poesía en esa fricción entre lo banal y lo inquietante.

La realización musical fue impecable. El director Tito Ceccherini condujo a la Orquesta Estable del Colón con notable claridad. El elenco respondió con igual compromiso y afrontó con notable solvencia una partitura vocal compleja.

La aparición del coro de cazadores (Cintia Velázquez, María Castillo de Lima, Gabriel Vacas, Marcelo Reynes y Leonardo Fontana) aportó al clima inquietante de la obra una dimensión colectiva que amplificó su carácter enigmático.

En tiempos en que la ópera se debate entre la repetición del canon y la búsqueda ansiosa de actualidad, Dementia ofrece una tercera vía. No pretende modernizar artificialmente el género ni reverenciarlo. Lo habita desde adentro.

Laura Novoa/Especial para Clarín

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