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Federico Andahazi presenta Psicódromo, su nueva novela

El argumento del libro de Andahazi se desarrolla en la calle como singular consultorio.

La pregunta es si usted realmente quiere saber quién es. El hombre dejó la copa sobre el banco, agachó la cabeza y se cruzó de brazos en una actitud defensiva. Se quedó callado, miró para uno y otro lado y por fin dijo: No lo sé”.

El diálogo es entre Equis, un hombre que perdió la memoria y vive en la calle, y Eliseo, un psicoanalista que perdió otras cosas y atiende a sus pacientes en la calle. Los dos son personajes de Psicódromo, la nueva novela de Federico Andahazi.

“Todas las tardes, cuando baja el sol, antes de sentarme a escribir, suelo salir a caminar al menos una hora”, cuenta el autor en el epílogo, acerca de cómo surgió la idea original de este libro. Una mujer con la que solía cruzarse durante las caminatas se acercó a él y le dijo conocer sus dos profesiones: escritor y psicólogo, aunque sabía que en ese momento no se encontraba ejerciendo esta última. Le propuso: “¿Por qué no me analiza mientras caminamos?”.

“Nosotros tenemos genes nómades, esencialmente somos una especie nómade, que está hecha para caminar grandes distancias”, dice Andahazi a Clarín. “Cuando el ser humano se queda quieto entre otras cosas se vuelve neurótico, empezamos a pensar, este modo patológico de la reflexión que tiene que ver con pensar sobre uno mismo, una reflexión especular, con lo que uno ve de uno de manera mórbida, patológica”.

En contraposición a esta quietud, entonces, el autor de El anatomista propone “el acto de la caminata”, en referencia a los paseos peripatéticos, que era la forma en que los integrantes de un círculo filosófico de la Grecia antigua seguían las lecciones de Aristóteles: caminando por los jardines cercanos al liceo en el que el maestro impartía enseñanzas, mientras reflexionaban sobre la vida.

“Un maravilloso foro ambulante en el que no existían los límites de las paredes ni el escollo de las puertas”, describe el autor a la escuela peripatética en el primer capítulo de Psicódromo. Uno de los personajes de ese primer capítulo es Diógenes de Sínope, filósofo griego que caminaba descalzo, dormía en los pórticos de los templos y vivía como un vagabundo en las calles de Atenas, donde convirtió la pobreza material extrema en una virtud.

“Diógenes se despojó de todo, no era solo un gran caminante”, dice Andahazi. “El hecho de despojarse de los bienes materiales era precisamente la herramienta que él tenía para reflexionar, para filosofar. De manera que esa pregunta de la mujer, acerca del psicoanálisis durante la caminata, vino a reactivar esa otra pregunta que yo me venía haciendo desde hacía tiempo. Entonces le dije: ‘Sí, ok, vamos a caminar’”.

El escritor cuenta que ya en aquella primera caminata automáticamente psicoanalista y paciente emprendieron un recorrido por “el psicódromo”, trayecto comprendido por la estación Coghlan y las avenidas Melián, Rómulo Naón y Los Incas. “Ese es el verdadero psicódromo y es fabuloso para caminar con mis pacientes, porque hay cuestiones que en el consultorio no se ven, o tardan mucho tiempo en verse. Durante las caminatas uno ve al paciente funcionando en el universo, ve cómo reacciona ante cuestiones muy concretas: cuando se cruza con otras personas o con un animal; cuando un pájaro hace un vuelo rasante; cuando pasa por una ventana; si sube, si baja. En fin, se lo ve al tipo funcionando”.

-¿Los lectores preguntan si los personajes están basados en pacientes reales?

-Quieren saber cuánto hay de mis pacientes en los personajes de la novela. Yo jamás revelaría la identidad, ni hablaría de mis pacientes, ni los pondría como ejemplo. Lo que sucede es esto que digo en el epílogo: no es que las patologías se parecen a tal o cual paciente, sino que los pacientes siempre se parecen a una patología. Es notable como pasan las décadas y los nuevos pacientes se acomodan a las viejas patologías. Muchos pacientes tienen que ver con cuadros que vi en mis prácticas, en mi paso por hospitales, una experiencia fabulosa. Es muy difícil encontrarse en otras circunstancias con los casos clínicos que se ven en las instituciones. En la novela hay un paciente amnésico. Son muy curiosos los cuadros de amnesia: en los hospitales son personas que recuerdan el lenguaje, hablan de manera muy particular, tienen sus principios éticos, sus principios morales, en muchos casos su religión y saben ubicarse en una ciudad, conocen los nombres de las calles. Lo único que ignoran es quiénes son. Es impactante ver por qué vías y por qué circunstancias alguien puede llegar a olvidarse de quién es. Pero esto sí es interpretable, es fantástico cuando se puede conducir al paciente a reencontrarse con la identidad. Es casi conmovedor. Estos casos de amnesia, que fueron tan maltratados por las narrativas de las telenovelas –cuando se quedan sin argumentos aparecen las amnesias– son cuadros fantásticos, como el que se ve en este paciente, que es tal vez con el que yo más me encariñé: esta persona que vive en la calle y se cree Diógenes.

Acerca de las patologías de los personajes, gran cantidad de lectores le consultan si fueron utilizadas como metáforas sociales vinculadas a la política del país. “Hay dos aspectos que puedo reconocer claramente en mis lectores. Primero, los argentinos tenemos una disposición natural a hacer una lectura social de todas las cosas, eso es algo muy de nosotros. La política está presente en los argentinos de una manera patológica. Tenemos una relación con la política que no se produce en otros lugares del mundo. Aunque ahora el mundo está politizado también. Por otra parte, creo además que puede tener que ver con cierta exposición, con mi participación política. Puede ser que esto lleve al lector a encontrar ahí otra cuestión. Pero no es algo que yo haya buscado sino que está, y me resulta una lectura interesante”.

-Los pacientes en un momento adoptan la forma de grupo, y se usa la metáfora de un pequeño pueblo. ¿A qué alude esta imagen?

-A veces también en el tema del psicoanálisis se nos pierde una referencia que es muy freudiana, que tiene que ver con este fenómeno, para decirlo en términos que no me gustan, aplicados al psicoanálisis: no se puede entender a un paciente, a una persona si no es en relación con su entorno. En este caso, estos caminantes funcionaban exactamente como un pequeño pueblo. A veces salgo a caminar con mis pacientes en grupo y es muy notable cómo se van configurando las viejas formaciones de los caminantes nómades: adelante van quienes conocen el camino; los más vulnerables quedan en el medio y los más fuertes van detrás cuidándose en grupo. Esto se produce de manera automática: cuando el ser humano socializa -casi todo el tiempo- inmediatamente se producen estas jerarquías. Esto se ve en todas partes. Siempre funcionamos como pequeños pueblos. Ese espíritu nómade está presente todo el tiempo en la forma en que vivimos.

–¿Qué podés comentar acerca de la fuerte presencia de la ciudad de Buenos Aires en los recorridos?

–Hay una visión muy emotiva de la ciudad, tengo un vínculo muy fuerte con Buenos Aires. Soy muy porteño, me crié en el Centro. Mis ámbitos fueron Callao y Corrientes, las librerías de esa zona. Salir a caminar fue la lógica de mis primeras aventuras, siendo un adolescente descubrí autores de libros que compraba en oferta: Kafka o Dostoievski, por ejemplo. Mi secundaria fue muy traumática, pasé de la primaria en democracia a la secundaria en dictadura. Decidía hacerme la rata y no ir al colegio: iba con mi grupo de amigos a la calle Corrientes a buscar libros. Para mí la literatura está muy unida a las caminatas. Además, cuando leía a Borges o Cortázar, por ejemplo, iba a los lugares que mencionaban en sus obras. Hoy los lectores me mandan fotos del circuito que se recorre en Psicódromo, fotografían los lugares. Es exactamente lo que a mí me pasaba cuando empecé a leer. Otra cosa que me sucede es cruzarme con personajes conocidos por la calle que me preguntan: “¿Puedo caminar con vos?”. Pero bueno, el tema del libro no es caminar por caminar, sino un psicoanálisis tomado muy en serio. No se trata solamente de caminar.

Dalia Ber/Especial para Clarín

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