El notable guitarrista Al Di Meola se presenta este fin de semana en La Trastienda

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A los 72 años, Al Di Meola es una institución de la guitarra en cualquiera de sus formas. Su nombre evoca enseguida una época para muchos dorada, en la que el jazz, el rock, el flamenco y las rítmicas latinas cruzaron sus fronteras en busca de un más allá original. Tenía 19 años cuando Chick Corea lo invitó a ser parte de Return to Forever, la banda en la que conoció a Stanley Clarke y a Lenny White, y 26 cuando llegó a la consagración absoluta en aquel mítico Friday Night in San Francisco (1980) junto a Paco de Lucía y John McLaughlin. A esa altura Di Meola ya había plantado las bases de un lenguaje propio basado en un virtuosismo deslumbrante, una precisión rítmica implacable y una incansable curiosidad estilística.

Desde ahí, una extensa discografía traza un mapa sonoro de continuas transformaciones, que entre el vuelo eléctrico de Land of the Midnight Sun (1976) y Elegant Gypsy (1977) y la arriesgada austeridad de Cielo e Terra (1985) incluye oportunas incursiones en la música acústica y rioplatense junto a figuras como el gran Dino Saluzzi y Mario Parmisano en los proyectos de World Sinfonia. En esa cartografía, el tango y la figura de Astor Piazzolla ocupan un espacio de devoción especial, plasmado en obras fundamentales como Di Meola Plays Piazzolla (1996).

Tras haber superado un grave problema cardíaco –ocurrido a finales de 2023 durante un concierto en Bucarest–, luego de una intensa gira veraniega por Europa y en medio de un tour americano que después de Bogotá y Santiago continuará por Estados Unidos, Di Meola regresa a la Argentina para reencontrarse con lo que no duda en definir “uno de los públicos más apasionados que conocí”. Este sábado y el domingo a las 21 en La Trastienda (Balcarce 460) el guitarrista presentará un show en el que intentará resumir cinco décadas de trayectoria. Antes, dialogó con Página/12 sobre el paso del tiempo, el peso de la memoria y la llama sagrada de la música en vivo. “No es una tarea sencilla resumir más de cincuenta años de música”, asegura Di Meola en el inicio de la charla.

“Obviamente hay ciertos temas como ‘Mediterranean Sundance’ que la gente espera escuchar siempre, y lo entiendo perfectamente. Después viene lo de Return to Forever, el trío con Paco de Lucía y John McLaughlin, la etapa de Piazzolla, World Sinfonia y cosas más recientes, pero ya dejé de pensar la música en jazz por aquí, flamenco por allá o música latina en el otro extremo. Todo eso se convirtió en mi propio lenguaje musical y así va evolucionando a medida que tocamos”, continua el guitarrista, que en esta oportunidad estará al frente de un trío acústico que se completa con el guitarrista Isaac Romagosa y el percusionista Sergio Martínez.

“Por eso me entusiasma la idea de tocar en La Trastienda. Ahí estás muy cerca de la gente, ves los rostros, sientes de inmediato qué pasa en la sala. Para mí es mucho más interesante eso que intentar reproducir exactamente el mismo concierto todas las noches. Tampoco lo planteo como una retrospectiva estática; sigo componiendo y tocando, así que la música del pasado tiene que habitar y latir en el presente”, asegura Di Meola.

“Siempre tuve un sentimiento muy especial por la Argentina. Obviamente, Astor Piazzolla es una parte enorme de eso. Conocerlo y descubrir su obra cambió mi rumbo musical de una manera trascendental. Cada vez que vuelvo a Buenos Aires siento un lazo emocional que no me pasa en casi ningún otro lugar del mundo. No puedes tocar ‘Café 1930’ en Buenos Aires y olvidarte de dónde estás parado; sientes el peso y la historia de esa música en el aire. Además, el público argentino escucha con un nivel de atención único: conocen los discos de Return to Forever, conocen Elegant Gypsy, el trío con Paco y John, World Sinfonia, todo. Están escuchando cada detalle”, continua.

En los comienzos de tu carrera deslumbraste al mundo por una velocidad y precisión técnica abrumadoras. ¿Sentís que hoy la madurez le resta urgencia al virtuosismo para darle más espacio al silencio y al lirismo?

– Sin duda. Yo tenía 19 años cuando me llamó Chick Corea. A esa edad tienes una cantidad inagotable de energía y quieres empujar tus límites lo más lejos posible. Practicaba de forma compulsiva. La técnica era extremadamente importante para mí y, para ser franco, lo sigue siendo. No creo que haya nada de malo en el virtuosismo, que vaya a saber por qué razón se convirtió en una palabra casi negativa en ciertos círculos, algo que nunca entendí. Necesitas dominio absoluto de tu instrumento. Ahora bien, dominar el instrumento no es lo mismo que tener algo para decir. Eso es algo que comprendes con los años. Hoy escucho la melodía de otra manera: el tono, las dinámicas, el fraseo, el espacio entre las notas. A veces sostener una nota un poco más o directamente no tocar la siguiente se vuelve fundamental. Piazzolla fue una influencia enorme para mí en ese aspecto. Su música podía ser sumamente compleja en lo armónico y rítmico, pero al mismo tiempo era increíblemente emotiva. Tocar rápido todavía forma parte de mí, pero ya no siento la necesidad de probarlo a cada minuto. Hoy busco el equilibrio: quiero conservar el fuego, pero priorizando la emoción.

Tu vínculo con la obra de Astor Piazzolla fue un hito en tu carrera. ¿De qué manera se filtra su recuerdo cuando componés o improvisás?

Astor me cambió la vida. Lo curioso cuando lo conocí fue que él conocía mi música mucho mejor de lo que yo conocía la suya, algo que me sorprendió muchísimo. Comenzamos a escribirnos, nos hicimos amigos y teníamos el proyecto de grabar un disco juntos. Lamentablemente no pudo concretarse porque Astor sufrió el accidente cerebrovascular antes de que lo hiciéramos. Todavía lo pienso y lamento no haber tenido esa oportunidad. Cuando en septiembre de 2023 sufrí un infarto masivo durante un concierto en Bucarest y me llevaron de urgencia al hospital, un momento en el que no sabía qué podía a pasar, en lo único que pensaba era en Astor.

¿En Piazzolla?

– Es difícil explicar por qué la mente va hacia una persona en un trance tan límite. Quizás por lo que a él le pasó con su salud o por cuánto su música me transformó. Pero recuerdo haber pensado en él intensamente. Tuve una suerte enorme, los médicos en Rumania fueron fantásticos y pude recuperarme por completo para volver a las giras con total fuerza. Por eso, tocar la música de Astor hoy significa algo completamente distinto para mí. Lo que aprendí de él no fue simplemente tango, sino la certeza de que se puede escribir música extremadamente sofisticada sin perder la capacidad de conmover hasta las lágrimas. Hubo una época en la fusión donde todo parecía tratarse de la destreza física: más rápido, más duro, más complicado. La música de Astor podía ser complejísima y, aun así, hacerte llorar. Ese fue mi gran aprendizaje. Volver a Buenos Aires después de todo lo que atravesé y tocar su música allí va a ser una experiencia profundamente personal.

Acústico y eléctrico

Fuiste pionero de la fusión eléctrica con Return to Forever y referente absoluto del sonido acústico con Friday Night in San Francisco. ¿Qué necesidades expresivas te llevan hoy a elegir entre una guitarra eléctrica y una acústica?

– Amo ambas por razones completamente distintas. La guitarra eléctrica te da potencia, impacto y sustain; puedes empujar el sonido de una forma imposible en lo acústico. Cuando toco el material de Return to Forever o de mis primeros discos solistas, el sonido eléctrico me sale de manera natural. La guitarra acústica es otro mundo: todo queda al desnudo. El ataque, el ritmo, cada pequeño movimiento de tus manos. No hay dónde esconderse. En Friday Night in San Francisco éramos tres tipos sentados con guitarras acústicas y logramos generar la energía que la gente asociaba a un concierto de rock. No pienso en términos de elegir una sobre otra, hay música que pide la furia de la eléctrica y otra que exige la intimidad de la madera. Simplemente tomas la guitarra que mejor cuente la historia.

–En una época donde la música industrial tiende a simplificar todo, ¿por qué sigue siendo vital defender la complejidad rítmica?

– El ritmo siempre estuvo en el centro de todo para mí. Mi primer instrumento fue el acordeón, pero mi primera pasión real fue la batería y la percusión. De niño estaba obsesionado con el ritmo; en la escuela marcaba un pulso constante con el pie debajo del banco mientras con las manos hacía ritmos distintos arriba. Creciendo cerca de Nueva York iba a los clubes latinos solo para escuchar la percusión, la clave y ese groove único. Todo eso pasó a mi forma de tocar la guitarra. La gente suele fijarse en la velocidad o el púa-contra-púa, pero el corazón de mi estilo es el ritmo. Hay una tendencia actual a pensar que todo tiene que ser más corto y simple porque la gente ya no presta atención. No compro esa idea. Si le das al público algo que realmente lo conmueva, se va a quedar contigo.

Mirando el panorama actual, ¿qué lugar sentís que ocupa tu obra en la historia de la guitarra?

– Crecí en un período increíble, porque todo el mundo estaba experimentando. Tenías a la Mahavishnu Orchestra, Return to Forever, Weather Report… No había paredes dividiendo los géneros. Cuando empecé con mis discos —Land of the Midnight Sun, Elegant Gypsy, Casino— mezclé ritmos latinos, flamenco, rock y jazz sin pensar en qué categoría encajaba. En cuanto a mi lugar en la historia, es algo que deben juzgar los demás. Sé que he influenciado a muchos guitarristas porque me cruzo constantemente con músicos que me dicen qué significaron esos discos para ellos o qué solo específico hizo que quisieran colgarse una guitarra. Eso es algo hermoso. Me siento muy orgulloso de lo que hice, pero sobre todo siento que todavía no he terminado.

En esta era dominada por la inmediatez, con música generada por IA e hiperdigitalización, ¿cuál es el valor hoy del virtuosismo artesanal y la imperfección orgánica de un músico en vivo?

–Siempre me ha gustado la tecnología y la he usado toda mi carrera, no voy a decir que es el enemigo. Pero es solo una herramienta. Una IA puede analizar miles de grabaciones, aprender estilos y generar algo que suene bastante convincente. Pero jamás podrá reemplazar la conexión humana ni la vivencia de un concierto. Hay algo irreemplazable que ocurre cuando estoy en el escenario y hago contacto visual con alguien del público: veo cómo la música lo atraviesa, siento lo que me devuelve y eso, a veces, cambia la nota siguiente que voy a tocar. ¿Cómo reemplazas eso? Una Inteligencia Artificial no estuvo al lado de Chick Corea a los 19 años. No conoció a Paco de Lucía. No conoció a Astor Piazzolla. No sabe lo que se siente perder a la gente que amaste y tocar una música que te traiga todos esos recuerdos de golpe. Y después de lo que me pasó en Bucarest, valoro estar en el escenario de otra manera. Sufrí un infarto en pleno show, sobreviví, me recuperé y volví a pisar un escenario. Créeme que no das nada por sentado. La música no es solo una sucesión de notas: es comunicación entre seres humanos. Puedes imitar un sonido o un estilo, pero no puedes imitar una vida. Por eso la música en vivo jamás perderá su sentido.

Santiago Giordano/Página 12-Espectáculos

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