
Siempre resilientes, las artes escénicas de Buenos Aires superaron la prueba una vez más, y cierran un año con una multiplicidad de propuestas y con un panorama más auspicioso que el que dejó 2024 en los circuitos comercial y oficial. El teatro independiente, por su lado, hizo frente a las políticas culturales regresivas, y salió a escena con proyectos de calidad y temáticas variadas. Frente a la combinación de una ficción televisiva en crisis y una avanzada de las pantallas y las plataformas de contenido, la actividad teatral se convirtió en un refugio para los artistas y en una alternativa que el público agradece.
Teatro comercial
“La temporada superó las expectativas creciendo en cantidad de espectadores un 2% respecto a 2024 y terminando por debajo de un 9% respecto de 2023, que había sido un gran año. Hubo récord de estrenos y propuestas y, ante la merma del audiovisual, el teatro fue un espacio en el cual la actividad artística creció, lo que hizo que muchos se volcaran al espectáculo en vivo”, sintetiza Sebastián Blutrach, dueño de El Picadero y presidente de la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales (AADET).
Un informe publicado por AADET, que abarca el período de enero a noviembre, da cuenta de una recuperación de los espectadores. En noviembre se registró un crecimiento notable del 40% en la cantidad de público respecto del mismo mes de 2024, revirtiendo la caída anual. Y ese gran diferencial, según se advierte, responde a que la mayoría de los espectáculos extendieron sus temporadas con respecto al año anterior.
En relación a la cantidad de funciones, la actividad también repuntó. El volumen de funciones de noviembre creció un 13% respecto del mismo mes del año anterior, aunque el acumulado interanual se ubicó en un 6% por debajo del 2024. A su vez, el relevamiento habla de un récord histórico de títulos programados, dado que se registraron 628 producciones (entre estrenos y reestrenos), el nivel más alto de los últimos siete años y un crecimiento del 11% frente a 2024.
“La temporada teatral en Buenos Aires termina en un empate técnico de espectadores en relación al 2024. Y ese dato podríamos tomarlo como positivo, teniendo en cuenta que otras actividades, que tienen que ver con el consumo, disminuyeron”, analiza por su lado el productor teatral Carlos Rottemberg. “Buscando explicaciones, creo que la falta de ficción en televisión hizo que, sin duda, las primeras figuras que tienen cierto arraigo popular hayan decidido hacer teatro”, agrega.
Con un 2025 atravesado por la recesión económica y la caída del poder adquisitivo de la clase media, el teatro comercial se mantuvo a flote. “En términos económicos, la sociedad se va partiendo. Hay un grupo que mantiene sus consumos culturales y eso nos permite sostenernos. Porque, a pesar de que es pequeño, ese grupo es muy activo y valora muchísimo la experiencia del espectáculo en vivo, sobre todo desde la salida de la pandemia”, aporta Blutrach.
Otra tendencia que se sostuvo fue la concentración del público en un porcentaje reducido de obras, tal como evalúa Rottemberg. “Hubo una polarización muy fuerte. Sobre 218 títulos estrenados en el circuito comercial, solamente diez se llevaron el 54% de la asistencia. El otro 46% se repartió entre 208”.
En este punto, sin duda, el suceso teatral del año surgió del rubro musical. Con la revelación actoral de Albana Fuentes, La Sirenita se estrenó en el Gran Rex y batió un récord con casi 200.000 espectadores en sólo dos meses. Y en esa línea, otro título taquillero fue Rocky, la adaptación teatral del éxito cinematográfico de Sylvester Stallone que conquistó al mundo y que pudo verse en el Lola Membrives con el protagónico de Nicolás Vázquez.
Como siempre, la calle Corrientes se llenó de novedades con actores y actrices de renombre. En el Paseo La Plaza, subieron a escena Diego Peretti y Federico D’Elía, dirigidos por Javier Daulte, para protagonizar El jefe del jefe, comedia escrita por el danés Lars Von Trier en la cual el dueño de una empresa tecnológica contrata a un actor para no hacerse cargo de decisiones incómodas. Y en el mismo complejo, se lució Julio Chávez con La ballena, con dirección de Ricky Pashkus. Allí, el actor encarnó a un profesor de literatura que lucha con su obesidad y su aislamiento, mientras intenta reconectar con su hija.
En el Teatro Metropolitan, a su vez, hubo variedad de platos fuertes, con el foco puesto en la comedia. Allí se presentaron Moria Casán y Jorge Marrale con dirección de Nelson Valente para interpretar Cuestión de género, obra de Jade-Rose Parker donde un matrimonio de 30 años se revoluciona cuando ella confiesa que es una mujer trans. Y poniendo el acento en la amistad, se pudo ver Druk, versión teatral de la exitosa película danesa Otra ronda. Con la dirección de Javier Daulte, el elenco estuvo integrado por Pablo Echarri, Juan Gil Navarro, Osqui Guzmán y Carlos Portaluppi, quienes interpretaron a un grupo de amigos dispuestos a someterse a un experimento arriesgado.
La cartelera del Metropolitan también se destacó por el regreso a las tablas de Diego Capusotto de la mano de Tirria, comedia negra en la que encarnó al criado de una familia en bancarrota empeñada en sostener las apariencias. Y otra vuelta esperada fue la del dramaturgo y director Mariano Tenconi Blanco, que presentó su nuevo material Madre ficción, una pieza que exploró la compleja relación entre la creación artística, los lazos familiares y la identidad rioplatense, protagonizada por Diego Velázquez, Camila Peralta, Marcos Ferrante y Valeria Lois.
Las duplas actorales tuvieron su centralidad en esta temporada. En El Picadero, Gabriela Toscano y Luis Machín se pusieron al frente de Relatividad, que planteó un diálogo ficcional entre Albert Einstein y una misteriosa mujer que busca indagar sobre un enigmático hecho del pasado. Mientras que, en el Teatro Maipo, Germán Palacios e Inés Estévez asumieron el doble rol de dirección y actuación en El hombre inesperado, obra de Yasmina Reza que cuenta la historia del encuentro fortuito entre una mujer y el escritor que ella lee habitualmente.
Teatro oficial
En el circuito oficial, hubo lugar para piezas célebres, pero también para creaciones contemporáneas. “En medio de un país que tiene problemas, fue un año excepcional, con muchísimas producciones. Se hicieron más obras que nunca y, además, hubo una cantidad de público inusual”, sostiene Alberto Ligaluppi, director del Complejo Teatral de Buenos Aires (CTBA).
En el marco de una extensa programación, Ligaluppi hace su propio balance. “Hubo muchos eventos destacados, empezando por La verdadera historia de Ricardo III, que fue a España, o Sanzón de las islas y el ballet, que se ha convertido en un estandarte de nuestra casa porque donde va de gira es aplaudido de una forma increíble”.
El Teatro San Martín fue el epicentro del estreno de grandes clásicos. En este marco, se pudo disfrutar de La verdadera historia de Ricardo III, versión que reinterpretó al tirano shakesperiano, dirigida por Calixto Bieito y protagonizada por Joaquín Furriel, y de La Gaviota, pieza de Chéjov en la que se destacaron las actuaciones de Muriel Santa Ana y Diego Cremonesi bajo la dirección de Rubén Szuchmacher.
Los Macocos, el grupo integrado por Gabriel Wolf, Daniel Casablanca, Marcelo Xicarts y Martín Salazar, también tuvieron su momento para celebrar sus cuarenta años de actividad con ¡Chau, Macoco! Con la dirección de Mariana Chaud, los actores se pusieron, por primera vez, en la piel de roles femeninos para interpretar a sus propias viudas en una puesta desopilante. Además, otro de los títulos convocantes fue Sansón de las islas, escrita por Gonzalo Demaría, dirigida por Emiliano Dionisi y protagonizada por Luciano Castro, que puso el foco en la Guerra de Malvinas desde un costado singular. A su vez, en el Teatro Sarmiento, se vivió uno de los estrenos más esperados: Baco polaco, la nueva creación de Mauricio Kartun, quien retomó un proyecto que traslada “Las bacantes” de Eurípides a un pueblo de la pampa profunda en los años ’30.
El Teatro Nacional Cervantes, por su parte, apostó por una cartelera original y diversa en contenidos y formatos. Entre las producciones más destacadas, sobresalió La revista del Cervantes, un tributo al teatro de revista de la década del ’20, interpretado por un notable elenco integrado por Marco Antonio Caponi, Sebastián Suñé, Alejandra Radano, Carlos Casella, Iride Mockert y Mónica Antonópulos, entre otros. Con una puesta impactante, y dos grandes homenajes a Tato Bores y Enrique Pinti, la obra cosechó grandes elogios.
Siguiendo la línea de reivindicar géneros y estilos, la directora Natalia Villamil montó Flores muertas, una especial evocación al cine de Pedro Almodóvar a través de un espectáculo que combinó drama y humor. Y en otro tono, pero también con múltiples personajes, se presentó Luciérnagas (sueño bastardo), del dramaturgo y director Horacio Nin Uría, con una historia de corrupción enmarcada en tiempos del virreinato.
Tampoco faltaron los unipersonales. Con este formato, se presentaron La diabla o cómo destruir el mundo, con dirección de Emiliano Dionisi y actuación de Monina Bonelli, acerca de una mujer con poderes sobrenaturales, y La viva voz, protagonizado por María Merlino y dedicado a Estrellita del Regil, una admiradora de Carlos Gardel que llegó a extra en sus películas.
Teatro independiente
Siempre a la vanguardia, el circuito off continuó con su política constante de ofrecer al público una programación diversa con propuestas comprometidas con la coyuntura. “Más allá de los vaivenes, las crisis y los ataques a la cultura, el teatro independiente siempre se las arregla para demostrar toda su potencia creativa, con proyectos innovadores y experimentales con mucha trayectoria”, asegura Gonzalo Pérez, presidente de la Asociación Argentina del Teatro Independiente (ARTEI), que nuclea 110 salas de la ciudad de Buenos Aires.
Como suele ocurrir en cada temporada, la actividad de las salas independientes es la que más sufre los embates de una economía en crisis. “La situación económica y, sobre todo, la caída del poder adquisitivo hizo que el público se concentrara en pocas obras. Antes, muchos veían tres, cuatro o hasta cinco obras por mes, pero eso se puede hacer cada vez menos, entonces ahora el espectador quizá tiene una salida al teatro y la elige muy bien, lo que hace que el consumo se concentre en determinadas producciones y teatros”.
El 2025 fue, por otra parte, un año que puso en alerta a las distintas organizaciones de artistas ante los intentos del gobierno de avanzar en la implementación de políticas de desguace y desfinanciamiento de la cultura. “Durante todo el año tuvimos que resistir a los intentos de cierre del Instituto Nacional de Teatro (INT), y al intento de derogación de la Ley Nacional de Teatro, a través de un decreto inconstitucional que la lucha del sector impidió”, resalta Pérez, que agrega: “Con toda esta pelea fue casi un año perdido porque el INT se paralizó, pero tenemos que volver a ponernos de pie porque en la reforma laboral que busca el gobierno se incorporaron artículos que desfinancian también a la cultura”.
En este contexto, y como es habitual en el teatro independiente, las propuestas escénicas abrieron el juego y el debate sobre temáticas hoy en disputa como la diversidad y el género. Así, en El Extranjero se presentó ¿Dónde está Mónica?, obra escrita por Sonia Novello y dirigida por Maruja Bustamante que, inspirada en hechos reales, reconstruyó la historia de una joven desaparecida en 1997. Por otro lado, en Dumont 4040, se vio Sexista, material de Matías Sendón y Cecilia Bassano que contó con la actuación de Thelma Fardin para reflexionar acerca del patriarcado, el consumo y el abuso de poder. Y en esa dirección de generar conciencia, intervino también el director Emilio García Wehbi con Fritzl agonista, pieza que pudo verse en el teatro Silencio de Negras y que abordó la problemática del abuso infantil a partir de dos casos reales.
En otro orden, hubo puestas donde predominó la mirada política sobre el pasado y el presente. Con foco en la memoria, en Timbre 4 se presentó Villa, obra que reúne a tres mujeres en un excentro de detención clandestino para decidir sobre la mejor forma de preservar ese espacio. Bajo la dirección y adaptación de Adriana Roffi, la puesta estuvo protagonizada por Ana Celentano, Tamara Kiper y Magdalena Grondona.
Con una búsqueda similar de no olvidar el horror, en Espacio Callejón se vio Incidente en Vichy, obra de Arthur Miller, con dirección de Pablo Gorlero, que invitó a una reflexión acerca del fascismo, el negacionismo y el avance del individualismo. Y en el Estudio Los Vidrios se presentó una de las obras más explícitamente políticas de la cartelera: Venado asesino. Con la dirección de Maruja Bustamante, y las actuaciones de Lisandro Rodríguez y Max Suen, la pieza indagó en temáticas como la violencia, el ascenso de las nuevas derechas y la desconexión generacional, entre otros tópicos de gran actualidad.
En un segmento dedicado a las biografías de figuras históricas, también se destacaron unipersonales que plasmaron sobre tablas las vidas de mujeres importantes. Con la dirección de Julia Morgado y la actuación de una fenomenal Laura Azcurra, en El Picadero se presentó Frida ¡Viva la vida!, la pieza mexicana más representada fuera de su país escrita por el dramaturgo Humberto Robles que revela los aspectos más íntimos de Frida Kahlo. Y en este terreno, otros de los títulos más resonantes fueron El grito sagrado. La historia de María Remedios del Valle -que se presentó en Ítaca Complejo Teatral, con dirección y puesta en escena de Lorena Romanin, para reconstruir la vida de una mujer invisibilizada por la historia oficial- y Leonora – proyecto que se exhibió en el Celcit, escrito por Alberto Conejero, con la actuación de Teresita Galimany y dirección de Carlos Ianni, y que recorrió buena parte de la vida de la artista plástica surrealista Leonora Carrington.
Candela Gomes Diez/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón